La única indemnización posible
Pagaría ahora mismo 200.000 euros para que me devolvieran al día anterior en el que aquel cura abusó de mí para siempre.
Abusó un solo día de mi cuerpo y desgració mi vida entera. Solo porque a un cura se le atribuye el derecho de quedarse al cuidado de cien niños durante un fin de semana. Nunca se despegará de mí el asco de su lengua recorriendo mi cuerpo. Nunca el olor y tacto nauseabundo de su barba frotando mi piel.
No hay dinero que me devuelva los placeres inalcanzables y la felicidad del contacto corporal. Pagaría todo lo que tengo por tener la oportunidad de experimentarlo. Tantísimo dinero gastado en tratamientos psicológicos. Y lo que menos me importa es el dinero gastado.
Ni siquiera estoy seguro de que quiera que la Iglesia Católica me indemnice. Nada restituirá lo que perdí para siempre aquella noche. Supongo que por ese motivo me molesta más que me pidan perdón. ¿Qué puede significar que nos pidan perdón a las víctimas de abuso? ¿De qué podríamos perdonarles? ¿Y cómo?
Lo más dañino para todos es que estos mismos curas que invaden nuestros cuerpos de forma ilegal, invaden nuestras mentes, desde pequeños, de forma legal, amparados por el marco de la escuela, la enseñanza y el aprendizaje. Les damos permiso legal para que nos inculquen creencias, “vudús verdaderos”, de forma legal en lo más tierno de nuestra capacidad cerebral. Los adultos les damos permiso para que realicen estos tocamientos de las neuronas de nuestros hijos porque tememos a un dios que nos han inculcado mediante abuso de nuestros cerebros, en beneficio de su partido.
Muchos años antes de que un cura invadiera mi cuerpo otro invadió mi cerebro y me hizo creer que existía un dios y que los curas eran sus embajadores en la tierra. Me hicieron creer. En el colegio. Me hicieron creer cuando mi cerebro era todavía más débil que ahora, en un lugar en el que solo nos debiera impregnar el sentido crítico, la ausencia de fe.
Me hicieron tener fe y confiar en los embajadores de ese ser supremo. Probablemente el peor daño que puedan causar a todos los niños. Un daño del que algunos individuos conseguimos librarnos, pero que sociedades enteras sufren en todo el mundo.
Separar la religión de la enseñanza, separar la religión del aprendizaje de los niños, terminar con este adoctrinamiento es tarea de todos. No reclamo que la iglesia me indemnice. No quiero otorgarle ese privilegio. Como sociedad, no debiéramos permitir que salden su deuda con una simple indemnización económica. Nuestro objetivo debe ser mucho más ambicioso. El objetivo debe ser separar la religión de todos los niños.
La única indemnización posible, la única recompensa aprovechable por todos los ciudadanos (no varios cientos de miles, sino millones y millones) sería separar a los curas y a las iglesias de su capacidad para abusar del cerebro de los pequeños. Y, de paso, de sus cuerpos
12