Abrazos pornográficos y brazos retorcidos

A Mariano Rajoy se le echó a los brazos en Murcia eso que los medios llaman un simpatizante. Rajoy asistía a la Convención Anual del PP, que se celebraba en el Auditorio Víctor Villegas, en cuyas inmediaciones fueron detenidas dos personas que participaban en una protesta de las diferentes “Mareas”. La foto del señorín que se abalanzó sobre Rajoy y el vídeo de los detenidos por la protesta representan la cara A y el pago en B de los muy distintos afectos que recibe quien viene siendo el presidente de este desgobierno. Ambos documentos ofrecen una inestimable imagen de “lo que sea” que viene siendo España. Veamos.

Si se observa con detenimiento la foto (lo cual, advierto, llega a convertirse en un vicio) el señorín que se le cuelga al cuello a Rajoy parece, como simpatizante, de muy alto perfil: más bien, un ciego enamorado que al fin alcanza el objeto de sus desvelos. El problema es que el enamorado llega a tan ansiado cuerpo a cuerpo en un estado que se diría terminal. Exhausto tras esa travesía del desierto que supone todo amor que se sabe imposible, el señorín se lanza contra su pieza a la desesperada, como un amante que ya no tiene nada que perder: entregado, sí, pero desriñonado, derrengado, agónico. Ama por pura fe, sin querer ver que lo único que recibirá, a cambio de su desmesurada y espinosa pasión, será un piquito con los labios pegados. Por eso, como cualquier amante que se derrite, cierra los ojos: para no ver que el otro lo está besando con los suyos abiertos, acaso pensando en algún recado pendiente, probablemente esperando a escabullirse cuanto antes de tal fuego.

El señorín enamorado de Rajoy es la España simpatizante del PP que no quiere ver lo que su amor representa. La que abraza ciegamente, con el último aliento; la que se frota el jersey lleno de bolas contra el blazer de tweed. La España jubilada sin pensión. La España recortada. La escopeta nacional. Tiene delito. Porque es la España que abraza sus desastres, la España miserable que agasaja al señorito ladrón, la que cierra los ojos ante los desmanes del mercenario por el que suspira, ante los escándalos con los que la salpica, ante las mentiras que le cuenta una y otra vez, ante sus elocuentes silencios, ante la desgraciada vida que le ofrece. Eso es el señorín que se le crucifica en los brazos a Rajoy. Eso es el jovenzuelo repeinado que extiende hacia ellos su mano, un pelín abrumado aunque dispuesto a sostener lo insostenible. Eso es la rubia de las perlas que los contempla, con esa sonrisa-alcázar que delata una defensa de lo indefendible. La España de bigotes de arriba a la derecha, que vigila la escena.

La otra España es la del vídeo. Una España acordonada a doscientos metros de la escena porno anterior, no fuera a distraer el fingido orgasmo de Mariano Rajoy. La España contra la pared porque lucha por sus derechos y profesa su libertad. La España con el brazo retorcido por unos tipos de uniforme legitimados para ejercer el abuso de fuerza mientras ponen cara de que la cosa no va con ellos. Unos mierdas: así les llama esa España que ya no puede más, la España ciudadana que va a plantarle cara al malhechor y es reducida por las botas de siempre, la España obligada a gritarse, a señalar a los cómplices, a manifestar una vergüenza que cada día hacen ellos mayor, la España pacífica a la que violentan los obscenos de la foto.

El sábado fueron desplegados en Madrid 1.500 policías para reprimir la protesta “Rodea el Congreso”. Acabaron cargando y deteniendo. Se sabía de antemano, aunque dicen los medios que todo empezó porque unos manifestantes lanzaron botellas y quemaron papeleras. Conociendo la estrategia policial, no tenemos la más mínima garantía de que los de las botellas y las papeleras no fueran sus propios infiltrados. Tiendo a pensar que sí. Por si no lo fueran, me remito a las palabras del Gran Wyoming: “Es antisistema el que desmonta el Estado del Bienestar, no el que rompe una papelera”. En estas estamos ya. La España del vídeo ha tenido, sigue teniendo, mucha paciencia. Aunque les diga mierdas. Porque la provocación, la de la España de la foto, es extrema. Lo advierte El Roto, muy poco sospechoso de quemar papeleras, y puede tener, como alerta su viñeta, mayores consecuencias. ¿No será lo que buscan para justificar lo injustificable?

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