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“Las Autoridades Sanitarias advierten de que el Capitalismo perjudica gravemente a la salud”

Fotomontaje de Grete Stern, 1949

Economistas Sin Fronteras

Francisco Cervera —

Hace años que dejé de fumar, pero aún recuerdo la advertencia que aparecía en las cajetillas que decía: “Las Autoridades Sanitarias advierten que el tabaco perjudica seriamente la salud” (sic). No sé si todavía aparece, ni si ha cambiado por otra advertencia. Si bien, se debería plantear la posibilidad de que ésta, mejorada gramaticalmente y reformulada, pudiera repetirse cada hora en cualquier medio de comunicación: “Las Autoridades Sanitarias advierten de que el Capitalismo perjudica gravemente a la salud”.

El sistema capitalista se caracteriza por su inestabilidad cíclica, esto es, las fases de expansión económica son seguidas, inexorablemente, por crisis. Si en las primeras el aumento de la actividad económica se plasma en una disminución de la tasa de paro y un incremento en los ingresos de los hogares, las crisis provocan los efectos contrarios. La intuición nos dice que el crecimiento económico mejora el bienestar social y, en consecuencia, también, la salud. Pero los datos parecen demostrar lo contrario, al menos, a partir de cierto nivel de riqueza del país.

Ya en 1922, William Ogbum y Dorothy Thomas observaron que en épocas de expansión económica se producían un incremento relativo de los nacimientos, matrimonios y divorcios, pero a la vez, también, aumentaban las tasas de mortalidad en comparación con las fases de recesión económica. Pero ya sabemos cómo funciona el mainstream económico, si algo parece contradecir al sistema hegemónico, desaparece. Al estilo Guadiana, diferentes estudios han ido apareciendo a lo largo del tiempo, hasta el 2000, con el trabajo de Christopher J. Rhum, ¿Are Recessions Good for Your Health?, y tras la Gran Recesión para intentar verificar los efectos que haya podido tener sobre la población.

Estos estudios lo que hacen es medir que tipo de relación existe entre alguna medida de la actividad económica, bien el crecimiento económico o bien la tasa de desempleo, con alguna medida de la salud de la sociedad, esperanza de vida, tasas de morbilidad o de mortalidad. Las expansiones de la economía (crecimiento económico y/o disminución de la tasa de paro) afectan negativamente a la esperanza de vida y positivamente a la tasa bruta de mortalidad. En un estudio de Rhum del 2005, Healthy living in hard times, un incremento del 1% en la tasa de paro en Estados Unidos se relacionaba a un descenso del 0.5% de la tasa bruta de mortalidad. La explicación que subyace a estos hechos parece ser que el aumento de la actividad económica, con su aumento de renta, conlleva un cambio en los hábitos de vida que empeoran nuestra salud al incrementarse la ingesta de comida basura, el consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias. A su vez, disminuye el tiempo disponible para hacer deporte como consecuencia del incremento de horas en el trabajo. Todo esto acaba provocando un aumento en las causas de muerte relacionadas con dolencias cardiovasculares, así como las enfermedades relacionadas con el incremento de la contaminación. Más personas trabajando y más tiempo resulta, también, en un aumento de los accidentes laborales y los de tráfico, relacionados con el trabajo, pero no sólo, por ejemplo, más desplazamientos de ocio.

En el caso de las recesiones, y al disminuir el ingreso de gran parte de la población, los efectos anteriores se diluyen en el conjunto de la sociedad y las tasas brutas de mortalidad disminuyen, o se incrementa la esperanza de vida al nacer. Si bien es cierto que la única causa de mortalidad que tiene un comportamiento negativo en períodos de crisis económicas es la tasa de suicidios que acostumbra a aumentar en el caso de los hombres, la importancia relativa de esta causa no afecta a la tasa global.

Estos datos no deben empujarnos a afirmar que las recesiones son beneficiosas para la salud. Hasta el momento, hemos hablado de impactos sobre el conjunto de la sociedad, aunque los efectos de las crisis se hacen sentir de manera notable sobre el propio individuo o su familia. El desempleo, así como la falta de renta inherente, provoca una serie de situaciones que acaban repercutiendo en la salud de quien lo sufre. Una disminución de ingresos provoca un cambio en la dieta, lo que a medio y largo plazo acabará afectando a la salud (obesidad, con los problemas derivados de cardiopatías, diabetes, entre otros). También, la pobreza acaba derivando en una desinversión en educación lo que se relaciona, también, con problemas de salud a medio-largo plazo. Los efectos más inmediatos del desempleo son el aumento del tiempo ocioso que, en algunos casos, deriva en problemas de alcoholismo u otras adicciones (véase caso USA), aunque los problemas más preocupantes se registran en cuanto a la salud mental (lean este artículo) que pueden acabar en caso de suicidio. La vertebración social y un estado de bienestar sólidos son garantías para que los efectos mencionados no sean muy fuertes. Lo hemos visto a lo largo de esta crisis reconvertida en nuevo modelo de crecimiento, la familia y los movimientos sociales han actuado como colchón para aquellos que lo habían perdido (casi) todo.

En resumen, tenemos que cuando la economía crece la salud pública se ve afectada negativamente, tanto a consecuencia del modelo de producción como de consumo capitalistas. Pero en épocas de recesión, el menor impacto de estos modelos acaba teniendo un efecto positivo sobre el conjunto de la sociedad, salvo si eres clase trabajadora. Si lo eres, y muchos lo somos, el riesgo de perder el empleo está presente con todo lo que eso supone. Lo que parece es que el sistema ha alcanzado un punto en el que vaya bien o mal acaba perjudicándonos. Crecer económicamente sólo parece servir para colmar las ansias acumulativas de una clase privilegiada que ha escapado de estos efectos perniciosos. Si las crisis deben servir para algo positivo es para cambiar aquello que nos ha llevado a ella. Diez años después del colapso de Lehman Brothers, no sólo no hemos cambiado nada, sino que hemos profundizado en lo peor del sistema. Los estragos sobre la vertebración social y nuestro pequeño estado de bienestar son visibles en el día a día. ¿Nos dará tiempo a reconstruirlo antes de la próxima crisis?

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

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