Conversos contra ERC

Una imagen del presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, en el Debate de Política General en el Parlament.

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El debate de política general en el Parlament de Catalunya es un buen retrato del extraño momento que vive la política catalana: un presidente de la Generalitat de Esquerra Republicana (ERC), Pere Aragonès, a la defensiva y en ocasiones acorralado como si fuera un botifler cualquiera por sus socios de Junts per Catalunya, que le exigen con vehemencia un plan urgente más radical y de desafío inmediato al Estado.

De súbito, a tantos políticos formados en el paciente gradualismo pujolista les ha entrado una prisa descomunal. Y señalan con el dedo acusador a los tibios desde la nueva fe del converso.

Hace más de 20 años, cuando el pujolismo agonizaba con el único apoyo de José María Aznar y del PP, que sellaron en el Pacto del Majestic una entente cordiale que duró entre 1996 y 2003, me tomé un café en el Parlament con Josep Huguet. Yo era entonces un periodista novato de la sección de Política de El País, y el diputado republicano ejercía de ideólogo de la nueva ERC, que acababa de recuperar la consideración de partido serio tras liberarse de las continuas performances de Àngel Colom y Pilar Rahola.

Huguet dibujó en una servilleta las sucesivas fases que, según me contó, iban a llevar a su partido a la presidencia de la Generalitat y, en última instancia, a la independencia de Cataluña: recuperación de la cohesión interna de ERC; adopción de un discurso práctico y útil para la vida cotidiana que extendiera su influencia más allá de los grupos nacionalistas y catalanohablantes de siempre; impulso de campañas muy concretas que, como sugirió luego Ernesto Laclau en La razón populista, pudieran ser entendidas y compartidas por amplios sectores populares —ya sea la abolición de los peajes, la mejora de los trenes de Cercanías o el “escándalo” del déficit fiscal—; pacto con la izquierda para desplazar del poder a Convergència, el partido de Pujol, y reemplazarlo como principal “partido nacional”; reforma del Estatut para ampliar el poder político y económico de la Generalitat; sustitución del PSC como primera formación de izquierdas en Cataluña, y, finalmente, con toda la acumulación de fuerzas conseguida en este largo proceso, lanzamiento del gran pulso al Estado.

En aquel momento, ERC contaba con apenas 13 de los 135 diputados de la Cámara catalana, por lo que yo le escuchaba con cierta condescendencia, sin ocultar mi escepticismo. Pero mientras la izquierda tradicional competía entre sí para ver quién se desprendía antes de las herramientas analíticas del marxismo, Huguet y la cúpula de entonces en ERC, procedente en buena medida del PSAN y otros grupos marxistas independentistas, siguieron empleando las que aún les resultaban útiles, especialmente todas las que tenían que ver con la visión gramsciana de construcción de hegemonía.

Para mi pasmo, todas y cada una de las fases apuntadas en la servilleta se han ido cumpliendo con precisión casi milimétrica. Y a un ritmo mucho más rápido incluso de lo que los mismos impulsores soñaban. Tras la sucesión de avances, el proceso se encuentra ahora, según el esquema esbozado en la servilleta, en la típica fase de acumulación de fuerzas, a la espera de que se den las condiciones para intentar una nueva ofensiva, que se daría ya muy cerca del final del camino trazado.

Y sin embargo, sectores nada desdeñables del independentismo se ensañan contra ERC, a la que acusan nada menos que de traidora y timorata. En algunos casos, la crítica es coherente con la propia trayectoria maximalista, como la que procede de la llamada “izquierda independentista”, de la que forma parte la CUP, que toda la vida ha apostado por una vía rupturista y de confrontación radical con el Estado. Pero el grueso más numeroso y ruidoso de los críticos se mueve alrededor de Junts per Catalunya, el partido impulsado por exmilitantes de Convergència: son los que se indignan con la fe del converso.

Mientras Huguet escribía en la servilleta, cuando ERC llevaba casi en solitario la antorcha independentista en la periferia de la política catalana, la mayoría de los que ahora dicen tener tantísima prisa prosperaban plácidamente en la pax romana que había establecido el pacto del Majestic suscrito por José María Aznar y Jordi Pujol en 1996.

Laura Borràs, ahora lideresa de los más puros, vivía alegremente la vida completamente ajena a la política: a ella misma le gusta explicar que es “hija política del 1 de octubre”. Uno de sus más destacados lugartenientes, el abogado Jaume Alonso Cuevillas, aún no se había quitado la pulsera con la bandera rojigualda que le gustaba exhibir ante sus colegas. El secretario general de Junts, Jordi Turull, lograba tras el pacto entre CiU y el PP su primer cargo en la Generalitat —director del Incavol, el instituto del voluntariado— tras años como concejal de Convergència, mientras que la actual presidenta de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), Dolors Feliu, fue aupada a la dirección jurídica de la Generalitat en 2011, justo coincidiendo con la segunda luna de miel entre CiU y el PP, protagonizada por Artur Mas y Alicia Sánchez-Camacho.

Por su parte, uno de los periodistas de referencia de este espacio de nacionalistas puros —José Antich, ahora propietario y director de El Nacional— llegó a director de La Vanguardia por designio personal de Aznar y con la misión, que inicialmente cumplió a rajatabla, de fortificar la Santa Alianza entre CiU y el PP, ensañarse con los independentistas y enaltecer a los Borbones. Fue mucho después, cuando los vientos ya soplaban en otra dirección, que fichó para el periódico del conde de Godó a Pilar Rahola, quien tras cosechar apenas el 0,9% de los votos en las últimas elecciones en las que se ha presentado, las municipales de 1999, había encontrado acomodo en las páginas de El País pese al estigma de simbolizar “el régimen del 78”.

Hasta Carles Puigdemont vio llegada la hora de dar el salto en plena luna de miel entre CiU y el PP: en 1999 se convirtió, siempre con el carné de Convergència, que ha tenido en el bolsillo durante cuatro décadas, en el primer director de la ACN, la agencia de noticias impulsada por la Generalitat.

La vida de los que se caen del caballo parece empezar siempre en ese mismo instante de la conversión. Y todavía cegados por la luz de la epifanía, empiezan a buscar traidores.

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