El domingo de Ramos del PP
En un escenario realista, la derecha debería volver a gobernar tarde o temprano. No confundan esto con un deseo, nada más lejos, pero la alternancia de los ciclos políticos es lo que tiene y, si las reglas democráticas se siguiesen al pie de la letra -más o menos-, no debería preocuparnos demasiado. En los años posteriores al 15M, cuando irrumpió Podemos en la escena política, uno de los mantras más repetidos, y uno de los mantras más ciertos, era la equiparación entre PP y PSOE como partidos del sistema y la crítica al bipartidismo. Esto nacía de la querencia de que una tercera vía se abriese paso en la maraña parlamentaria y legitimaba la aparición de un partido como el que Pablo Iglesias acababa de fundar junto a un grupo de profesores de la Complutense. Poco después aparecería Ciudadanos con un discurso simétricamente opuesto y la tercera vía acabó descartada, apareciendo de nuevo una política de dos bloques, esta vez en un formato cuatripartidista. La pugna entonces se centró en cuánto podrían, los potenciales socios de gobierno, moldear y redirigir la orientación de los dos partidos principales para escorar, a izquierda o derecha, algunos de los principios inamovibles que siempre han regido el bipartidismo.
Si bien Ciudadanos no era más de derechas que el PP, tenían la mirada puesta en los aspectos económicos más neoliberales que los populares no habían asumido todavía, sea por conservadores, sea por haber entendido esa política de equilibrios que la población -o sea, los votantes- no aceptarían de buen grado, al menos todavía. El problema de Ciudadanos fue el histrionismo, y aquel adoquín que se sacó Albert Rivera de la manga el 4 de noviembre de 2019 en pleno debate electoral fue el clímax de todo aquello. Podemos no estaba exento de estas excentricidades: si aspiras a “asaltar los cielos” y no arrasas con ellos como hicieron los otomanos con Constantinopla, acabas convirtiéndote en un inquilino más de palacio, aceptando las normas de la corte que prometías demoler. Lo histriónico, lo exagerado, lo eficaz, el populismo, en conclusión, trajo a Vox consigo, y eso lo ha cambiado todo por completo.
Como decía al principio, en un escenario realista, la derecha debería volver a gobernar tarde o temprano. El problema es que cada vez nos preocupa más porque los conservadores han sido depredados por los reaccionarios y porque, ateniéndonos al más estricto sentido de la palabra el mundo, ha cambiado de forma tan vertiginosa que los conservadores han perdido la brújula de lo que pretenden preservar, dejando que esa pulsión política mute en una simple nostalgia regresiva. Hablo del caso de España, claro, porque en otros países, los conservadores sí han ido aceptando algunos de los nuevos paradigmas y sí tienen claro, más o menos, a qué atenerse. O sea, que, en un escenario realista, la derecha debería volver a gobernar tarde o temprano. El problema es el PP.
El Partido Popular ha errado por completo en su estrategia desde la irrupción de Vox: les aterraba tanto perder a su electorado más derechista que solo les quedaban dos opciones: mantener posiciones y anclar a Vox en una postura marginal y extremista o tratar de derechizar al electorado más centrista; evidentemente, hicieron lo segundo, abriendo una brecha por la que el PSOE ha escapado hacia un centrismo pragmático que conecta con la mayoría, mientras el PP se desgasta en una competición de estridencias con Vox, una batalla perdida de antemano contra quien ha hecho de la radicalización su única razón de ser.
Prueba de ello está en lo fácil que habría sido cerrar filas con el Gobierno en la guerra arancelaria de Trump -qué lejos y qué deseable queda ahora-, con la guerra en Oriente Medio y, si nos acercamos a estos días, con el flagrante veto israelí al cardenal Pizzaballa en el Santo Sepulcro este Domingo de Ramos. Sin entrar, porque no hace falta, en el correcto comunicado del PSOE al respecto, ni tampoco en el patético y servil agasajo tuitero que Vox ha hecho hacia los sionistas, he buscado en las redes sociales de Feijóo y del PP y no he visto ni el más mínimo comentario. Y ese silencio, que aspira a ser prudencia, acaba teniendo el peso de una rendición. Es el mutismo de quien ha decidido que no vale la pena defender ni a sus propios santos si eso supone que el vecino de la derecha le llame tibio por la mañana. Al final, de tanto miedo a que Vox les quite el sitio, el PP ha terminado por quedarse en un rincón donde no molesta a nadie, pero donde tampoco le escucha nadie; una derecha que de puro conservadora ha terminado por no conservar ni la voz.
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