Tres cosas (II) en las que pienso cuando el mundo se va al carajo
No tengo nada en contra de Mediaset más allá de que la mayor parte de su contenido siempre me ha parecido telebasura. No es que esté en contra de la telebasura, porque tiene que haber de todo, pero a mí de pequeño me gustaba ver los dibujos animados y mi abuela siempre tenía puesto el Aquí hay tomate y sucedáneos. En una familia más pudiente, yo me habría ido a ver la tele a otro sitio, pero solo había una tele, así que tocaba comerse el tomate. Han pasado veinticinco años de aquello y siempre que voy a ver a mi abuela tiene puesta Telecinco; siempre le digo, de broma, que cómo es que le gusta tanto el cotilleo y mi abuela, que es una señorona madrileña con más clase que vergüenza, me dice que a ella no le gusta el cotilleo, que qué cosas tengo, que ella no ve esas cosas. Pero el caso es que siempre lo tiene puesto. Tres décadas ha tardado en ceder unos centímetros y admitirme que es que le entretienen.
Otro de sus argumentos estrella es el de que para ver las noticias, mejor no ver nada. Obviemos lo de que informarse de las cosas a través de la tele es como informarte del tiempo que hace asomándote al hueco del ascensor. Siempre le digo: pero hay que informarse, yaya, y ella insiste en que no, en que enciendes la tele y no ves más que desgracias y miseria. Está el mundo peor que nunca, hijo mío. Peor que nunca. Me parece que mi abuela tiende a dramatizar demasiado, dado que cuando ella hizo la comunión, Hitler se estaba paseando por Praga y todavía quedaba un poco para aquella puta fiesta de las bombas atómicas, pero ella sabrá.
Siempre le insisto en que esa percepción está muy sesgada por lo que ve en la tele; le expliqué que de haber habido internet en su época, la cantidad de aberraciones insoportablemente inhumanas de las que habrían sido testigos le harían replantearse bastante su argumento. Pero tiene más años que un gnomo, mi pobre yaya, y no insisto demasiado en tratar de alterar su percepción del mundo, porque pa' qué. A mi abuelo Juan la crisis de los misiles de Cuba le pilló durmiendo la siesta debajo de un limonero. Se enteró de aquel conato de cataclismo unos años después. Mi sobrino Álvaro, en cambio, me preguntó quién era Netanyahu este verano, y tiene nueve años. La tecnología y el exceso de información -y el cine- han ampliado nuestra imaginación y le han dado munición a miedos que no sabíamos que existían. Mi abuelo ya no está, y a mi yaya Manolita no creo que le quede demasiada cuerda que darse, pero pienso en lo poco que nos esforzamos en hacer este mundo un poco más amable, cuando a todas luces y aunque parezca contraintuitivo, es mucho, muchísimo mejor de lo que era cuando nuestros abuelos eran jóvenes. El mundo es mejor pero más hostil.
Las cosas van mejor que antes, pero todo es tan mezquino. Si los contenedores de donación de ropa usada que hay en la calle fuesen de verdad para los más necesitados, no los cerrarían con un candado, creo yo. Hay menos pobres que antes, pero ahora a los pobres se les trata peor; y no por parte de los ricos, sino por otros que no son tan pobres. No sé si esto ha pasado siempre, supongo que sí. Supongo que la maldad es una cosa perpendicular en vertical y en horizontal y que la misma proporción de cabrones que había entonces los habrá ahora. Pero la gente mala me hace pensar inmediatamente en la gente buena, y esa es la segunda cosa en la que pienso mientras el mundo, presuntamente, se va a tomar por culo. En lo complicado que es ser bueno en tanto ser mala persona tiene tantas ventajas. No lo he sabido hasta hace pocos meses, pero resulta que es una de las cualidades humanas que más admiro: el bien como voluntad, como decisión consciente, y no como algo que sale por la inercia de la bondad inherente a las buenas personas. La mala gente también hace cosas buenas porque hasta un reloj estropeado acierta la hora dos veces al día, y hay gente muy buena a la que no le salen las cosas bien aunque las haya meditado mil veces antes de actuar. El resultado es solo una casualidad.
Y son las casualidades, precisamente, la otra gran cuestión que ocupa mi mente en estos tiempos en los que, parece ser, nos vamos todos a la mierda. El azar tiene la crueldad elegante de no equivocarse nunca y limitarse a llegar cuando le toca; el azar es una forma de determinismo dispensado de responsabilidades. Y es el azar el que a veces hace un ajuste fino entre dos biografías y lo trastoca todo, deforma el futuro, da sentido al pasado y pasa de largo sin molestarse a definir el presente. A veces pasa que se da una casualidad y te acabas enamorando; que miras unos ojos y te tropiezas dentro de ellos; que te sumerges en alguien y aprendes a respirar bajo sus aguas y entiendes que el enamoramiento es la forma más refinada en la que se presenta la literatura, que no revela nada nuevo del mundo más que una disposición diferente del sujeto; el azar hace visible el vínculo, cumple su función y se retira; la casualidad queda. Se produce un hecho insólito imposible de repetir en las mismas condiciones; dos trayectorias independientes que se entrecruzan en un punto y durante un instante adquieren sentido recíproco. Y pienso en lo optimista que suena enamorarse con la que tenemos encima, pero con el exceso de información que manejamos, es lo más parecido que nos queda a dormir bajo un limonero mientras arriba crujen las ramas.
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