Cartas al director como gesto de rebeldía
“¿Por qué escribes cartas al director?”, me pregunta un amigo mientras fotografía con su móvil el cielo crepuscular para compartir la imagen en el panóptico digital. Son varias mis razones.
En primer lugar, reivindicar un espacio dedicado a que opinemos quienes nunca seremos líderes de opinión: una sección humilde que proporciona mucha satisfacción a personas anónimas por el prestigio que aún conserva alguna prensa.
Una prensa que se ahoga en un océano de bulos y busca desesperada la mano salvadora de sus lectores para recuperar aliento y que también hay que reivindicar. Hablo de la buena prensa, claro.
Además, creo que estas cartas ofrecen un momento de descanso a quienes las escriben y a sus lectores frente a la avalancha de majaderías expresadas a gritos ante una cámara por “influencers” y propagandistas de distinto pelaje.
Por último, cultivar el género epistolar, la palabra escrita y leída incluso en papel, supone un gesto revolucionario en una época dominada por lo audiovisual, lo fugaz, lo inane. Más aún con el auge de la inteligencia artificial, un artefacto capaz de escribir y leer cartas sin saber ni lo que escribe ni lo que lee. El ciudadano perfecto para el poder.
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