Lo que la ciudad deja fuera
Hay visiones que apuntan a la Ciudad como garantía de progreso y de mantenimiento de los valores de democracia y libertad, enfrentadas al bastante trasnochado concepto de naciones en nuestra aspirada y a la vez desasosegada Europa. Frente a esta visión optimista de la urbe, se encuentra su tensión segregadora por barrios, en muchos casos carentes de servicios, o lo fracasado de un modelo de movilidad que, en las ciudades más grandes, obliga a enormes desplazamientos consumidores de tiempo, despilfarro inútil de energía y crecimiento de nuestros niveles de contaminación, que, en definitiva, destruyen las aspiraciones de la ciudad como motor de cambios positivos. Ciudad que, en definitiva, cuenta con ciudadanos que pagan en su conjunto impuestos, y a cambio reciben una permanente desigualdad o incluso carencia de servicios.
Hoy me quiero detener en otra cosa, motivada en lo que leo estos días que ocurre en el aeropuerto de Barajas y los “habitantes” que se han sumado a los viajeros y transeúntes habituales. También reflexionando sobre lo que puedo apreciar en mi ciudad, en Madrid, acerca de estos sucesos, pero, sobre todo, circulando por calles y plazas en los que habitan muchas personas que no tienen otra solución habitacional que unos cartones que los protegen del frío en invierno y soportar la vergüenza de verse observados en su pobreza por una multitud que pasa a su lado, casi sin verlos o viéndolos con completo rechazo. En relación con ello no se me escapa la actuación de nuestra sociedad, en este caso a partir de sus representantes en el Ayuntamiento de Madrid, que dispone de un local de recogida que solo puede dar comida, cama y ducha, y luego los devuelve a la calle a pasar el día. También un servicio, denominado “Samur Social” que, temo, tiene más capacidad de tener vehículos y personal que de realizar actividad alguna, lo que parece debiera exigir lo que adjetiva como social.
Todo esto me hace recordar en muchas ocasiones las vacaciones de mi infancia, en el pueblo familiar, un pequeño núcleo rural, en el que pasaba el tiempo en verano jugando, al tiempo que aprendía cómo eran los que lo habitaban y cómo vivían. Y uno de esos recuerdos es que, en ese contexto, los que más tenían y los que menos, disponían de elementos para subsistir por sí mismos. Incluso aquellos con capacidades más limitadas, faltos, según la denominación con que coloquialmente los denominaban, tenían capacidad para hacer cosas, solos o colaborando con otros vecinos.
Echo de menos en nuestras ciudades, luz de progreso para algunos, propagandísticos espacios de libertad según los responsables políticos de la mía, algo que muestre esa esencia de respeto y libertad personal que había en el pueblo de mi familia y en cualquier pueblo pequeño. Parece que lo más que pueden ofrecer nuestras orgullosas y pomposas grandes urbes es algo más próximo a la caridad cristiana, de duración y efectos limitados; algo que palíe levemente, pero no que solucione. Políticas incapaces de reinsertar a los que más problemas tienen, a los que, por cualquier motivo, entre los que se incluye, la enfermedad o la mala situación económica, pero también el efecto depredador de la especulación sobre el suelo y la vivienda, han perdido su capacidad de seguir siendo ciudadanos. Políticas que se limitan a acoger por la noche, a tener una ducha mientras compiten con otros en su misma situación o se obligan a malvivir en la mugre, bajo cualquier soportal.
Las ciudades disponen del espacio en el que se pueden construir soluciones que sean más que acogida o refugio. Instituciones que recuperen para la sociedad a los que se han visto expulsada de ella, pero son tan ciudadanos como los que habitan sus barrios más o menos acomodados. No se trata de ser caritativo, se trata de poner en valor todos los recursos de los que disponemos, de modo que nuestra sociedad mejore.
No soy un iluso, la edad hace tiempo que me aleja de ello, pero sé perfectamente que hay alternativas a todas esas lacras que tienen nuestra ciudad, a la que consideramos, con el flaco y vanidoso pensamiento que habitualmente usamos, motor de futuro. Todas estas personas, entre otras, nos ponen los pies en el suelo.
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