Esta curiosa estructura de piedra fue construida en Ávila en el siglo XVI para almacenar hielo y nieve
La ciudad de Ávila alberga un elemento singular de su historia urbana. Una estructura de piedra rehabilitada en 2014 pero construida en el siglo XVI que servía para almacenar hielo y nieve. Se trata del conocido como pozo de nieve, una estructura protoindustrial que servía como la antigua “nevera” de la capital de la provincia. Situado estratégicamente en el lienzo norte de la muralla de la ciudad, este espacio es puesto en valor como atractivo turístico y cultural, permitiendo a los visitantes comprender cómo se gestionaba el frío antes de la llegada de la tecnología moderna. El emplazamiento del pozo no fue fruto del azar, sino de un profundo conocimiento del entorno, ya que se encuentra adosado al cubo número 38, en el punto de mayor altitud del recinto amurallado, a unos 1.100 metros sobre el nivel del mar.
La ubicación del pozo de nieve coincide con la zona de mayor umbría de la muralla, lo que garantizaba las condiciones térmicas necesarias para la conservación prolongada de la nieve y del hielo durante los meses de mayor calor. Los trabajos de recuperación arqueológica permitieron excavar aproximadamente tres metros y medio de profundidad hasta dejar al descubierto la estructura original de planta rectangular realizada en piedra. Aunque los cimientos son de granito, las paredes muestran también el uso de ladrillos, probablemente debido a intervenciones realizadas en el siglo XVIII en la caseta que protegía la boca del pozo y cuya huella aún es visible en los sillares de la propia muralla.
El proceso de funcionamiento de este depósito era tan rudimentario como efectivo, basándose en el acopio de nieve durante el invierno, la cual era prensada para convertirla en hielo sólido y reducir su volumen. Para asegurar su aislamiento térmico, se disponían capas alternas de paja, hojas y arena, creando un sistema que permitía mantener el hielo en condiciones óptimas hasta la llegada del verano. Una vez que llegaba el calor, el pozo se abría para extraer el hielo, al cual se le daba forma mediante moldes antes de ser distribuido por la ciudad. Este transporte se realizaba obligatoriamente durante la noche para evitar el deshielo por las temperaturas diurnas, empleando recuas de burros y mulos o incluso el esfuerzo físico de hombres que cargaban los cestos sobre sus espaldas.
La importancia social de esta infraestructura era tan elevada que el Ayuntamiento de Ávila contaba con la figura del “concejal de la nieve”, responsable de supervisar el almacenamiento y controlar una distribución por la que los usuarios debían pagar tasas. El uso sanitario era la prioridad absoluta del municipio, reservando el hielo para aplicaciones terapéuticas, como bajar fiebres o tratar inflamaciones, antes de permitir su uso recreativo o alimentario. A partir del siglo XVI, el consumo de nieve dejó de ser un lujo exclusivo de nobles y clérigos para generalizarse entre la población, impulsando el gusto por las bebidas frías, sorbetes y helados. Esta demanda creciente transformó la recolección de nieve en una actividad económica rentable que mezclaba oficios tradicionales con técnicas industriales tempranas, operando bajo un régimen que evolucionó de la propiedad pública a la privada.
Otros ejemplos en la provincia
En la historia reciente de este pozo destaca la figura de José Álvarez Portal, conocido como ‘Pepillo’, dueño del café ‘La Amistad’, quien fue su último usuario destacado a finales del siglo XIX. No obstante, el pozo de nieve de la muralla no fue el único enclave dedicado al frío en la zona, ya que existen testimonios documentados de pozos en El Episcopio y el monasterio de Santo Tomás. En la provincia de Ávila se conservan también magníficos ejemplos de pozos similares en localidades como Candeleda, Casillas, Mombeltrán, Piedralaves o Villanueva del Campillo, destacando especialmente el pozo del Valle de Iruelas en El Tiemblo por su excelente estado de conservación tras ser rehabilitado.
Más allá de los límites de Castilla y León, destaca por su envergadura el pozo de nieve del Monasterio de El Escorial, una edificación del siglo XVII proyectada por Francisco de Mora. Situado en la Huerta de los Frailes, este gran foso almacenaba y prensaba las nieves de la sierra de Guadarrama para servir como fresquera del monasterio, formando parte de un complejo sistema hidráulico real que incluía aljibes y presas. Toda esta cultura del frío ha sido objeto de estudio en la obra “Los pozos de nieve. Patrimonio el frío”, del profesor Dámaso Barranco, donde se documenta la lucha histórica por “atrapar la espuma del cielo” y convertirla en recurso económico. La investigación subraya cómo estas estructuras, hoy consideradas joyas de la arqueología, fueron fundamentales para la supervivencia y el progreso social durante siglos de historia abulense.
Finalmente, la introducción del frío industrial y las máquinas de fabricación de hielo artificial a principios del siglo XX marcaron el abandono definitivo de estos pozos, que dejaron de usarse para quedar como piezas del legado de la provincia abulense. Pero, hoy en día, el pozo de la majestuosa muralla de la ciudad de Ávila, al igual que los otros ejemplos de ‘neveras’ reseñadas y situadas en otros puntos geográficos, no solo permanecen como vestigios del pasado, sino como piezas de incalculable valor para el patrimonio cultural de la península ibérica, joyas de la historia que invitan a conocer de cerca y a reflexionar sobre la gestión de los recursos naturales y la evolución de las necesidades cotidianas.
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