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Día Internacional del Croissant: la curiosa historia de su origen, que no es francés

Imagen de recurso donde aparecen varios croissant horneados.

Andrea Blez

29 de enero de 2026 20:30 h

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Cada 30 de enero se celebra el Día Internacional del Croissant, una excusa perfecta para rendir homenaje a uno de los productos de bollería más reconocibles del mundo. Dorado, crujiente y aparentemente sencillo, el croissant es mucho más que un desayuno: es un símbolo cultural, una pieza de historia europea y un ejemplo de cómo la gastronomía viaja, se transforma y acaba apropiándose de una identidad nacional.

¿Y por qué se celebra el Día del Croissant el 30 de enero? No existe un decreto oficial ni un acontecimiento histórico concreto que lo explique. Como ocurre con muchas celebraciones gastronómicas, el origen parece estar ligado a iniciativas populares y culturales, especialmente en este caso dadas en Francia y Estados Unidos, destinadas a poner en valor productos icónicos y fomentar su consumo. Con el tiempo, la fecha se ha consolidado en calendarios gastronómicos y redes sociales.

La leyenda del origen del croissant en Austria

Aunque hoy en día se asocia de forma casi automática con Francia, el origen del croissant no es estrictamente francés. La teoría más extendida sitúa su nacimiento en Viena, en el siglo XVII, con una pieza de bollería llamada kipferl, de forma semicircular. Este dulce austrohúngaro ya existía desde la Edad Media y se consumía tanto en versiones dulces como saladas, mucho antes de que París lo adoptara como propio.

Grabado que representa la Batalla de Viena, durante el llamado segundo asedio, en 1683.

La leyenda más popular y más aceptada, aunque de la que no se tienen pruebas históricas, vincula el kipferl al asedio de Viena por el Imperio Otomano en 1683. Según el relato, los panaderos, que trabajaban de madrugada, habrían alertado a las autoridades al escuchar a los soldados turcos cavando túneles bajo la ciudad. Tras la victoria, se habría creado un bollo con forma de media luna (símbolo del islam) para celebrar simbólicamente la derrota del enemigo.

¿Por qué asociamos el croissant a Francia?

El salto a Francia se produciría en el siglo XVIII, cuando el kipferl llega a la corte francesa, en teoría de la mano de María Antonieta, archiduquesa de Austria y esposa de Luis XVI. Aunque esta conexión también tiene más de mito que de realidad, lo cierto es que la bollería vienesa comenzó a popularizarse en París, especialmente a partir del siglo XIX, con la apertura de panaderías especializadas en productos “a la vienesa”.

El croissant tal y como lo conocemos actualmente no se consolida hasta finales del siglo XIX y principios del XX. Y es precisamente en Francia donde la receta se refina, sustituyendo masas más compactas por la técnica del hojaldre, que exige tiempo, precisión y abundante mantequilla, siendo en 1920 cuando el croissant fue reconocido oficialmente como producto de panadería francesa, sellando su nueva identidad.

Desde entonces, el croissant se convirtió en un emblema del desayuno francés y, poco a poco, en un fenómeno global. Su éxito reside en esa combinación de sencillez aparente y complejidad técnica: pocos ingredientes como son harina, mantequilla, levadura, azúcar y sal, y un proceso que requiere paciencia y saber hacer.

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