Lágrimas contenidas, turistas despistados y una hora de tregua política en el funeral de Ayuso por Adamuz: “Reina el silencio”
Después de una hora y quince minutos de absoluto silencio, Amparo y Lucía comparten sus primeras impresiones nada más salir de la catedral de La Almudena. Son dos mujeres de 55 y 58 años nacidas en Madrid y sin ningún vínculo directo con la tragedia ferroviaria en Adamuz (Córdoba), el accidente más grave de la alta velocidad española que acabó con la vida de 45 personas y dejó a su paso cientos de heridos. No tienen familiares ni conocidos que viajaran en aquellos trenes el pasado 18 de enero, pero han decidido asistir a la misa funeral que este jueves por la tarde se celebraba en el gran templo de la archidiócesis madrileña.
“No sé si habrá servido de algo, honestamente. Tal vez sea una ayuda demasiado pequeña o un intento de los políticos por venir a hacerse la foto, pero sentíamos que había que estar aquí y llenar La Almudena para que a toda esa gente pueda llegarle nuestro apoyo. Si eso ha ocurrido, me doy por satisfecha”, reflexiona Amparo, que a diferencia de Lucía –mucho más convencida– duda de la reparación que ofrecen estas ceremonias. La de esta tarde la solicitó la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quien pidió al Arzobispado un homenaje religioso a las víctimas desde la famosa catedral.
Este empezó a las siete, contraprogramando al funeral de Estado que había convocado una hora antes en la provincia de Huelva, hacia la que viajaba el Alvia accidentado y a la que pertenecen buena parte de las víctimas. Mientras que en el sur se reunían el presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, amparado por el líder nacional del PP y junto a representantes del Gobierno nacional, los reyes de España o familiares de los fallecidos, desde la capital rendían su propio tributo.
Sobre el altar se dedicaron palabras a las víctimas mortales de los trenes y se recordó, especialmente, a aquellas que residían tanto en Madrid como en Alcalá de Henares o Getafe. “La Iglesia hoy no viene a ofrecer respuestas rápidas, sino a compartir el peso del duelo”, mencionaron frente al público que asistía a la misa. “Esta noche queremos estar con quienes han perdido un hijo, una esposa, una hermana o a un vecino. Queremos estar incluso cuando no sabemos que decir”, fue el deseo colectivo que se lanzó al aire.
Un amplio plantel de políticos para homenajear a las víctimas
Fuera de la inmensa catedral, con casi 5.000 metros cuadrados de superficie, un grupo de chicas jóvenes que ha viajado desde Bélgica se sorprende de la presencia policial a las afueras del recinto. Marie, una de ellas, es la única de las cuatro que había oído hablar de Adamuz. “Cogí el avión a España ese domingo horas antes del accidente. Estando aún en tierra vi por la televisión belga que habían chocado dos trenes y, la verdad, me asusté”, cuenta ante la mirada atenta de Adele, una de sus acompañantes. Al final deciden no entrar a la basílica, tal vez para abrir espacio al duelo.
Que se haya conseguido algún tipo de reparación con la ceremonia, tal y como se preguntaba Amparo, es algo difícil de medir. Lo que sí quedó claro es que, al menos durante la hora en la que se prolongaron los rezos y la eucaristía, hubo una breve tregua entre políticos muy dispares. En la primera fila se sentaban el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida; el presidente de la Asamblea regional, Enrique Ossorio; el del Senado, Pedro Rollán, o la propia Ayuso, compartiendo banco con el delegado del Gobierno, Francisco Martín, también presente en la zona delantera.
Otros políticos municipales de Vox (Javier Ortega Smith), el PSOE (Reyes Maroto e Ignacio Benito) o Carlos Izquierdo (PP) y consejeros como Miguel Ángel García o Borja Carabante ocuparon los asientos posteriores. La vicealcaldesa de Madrid, Inmaculada Sanz, también hizo acto de presencia. Pero cualquier posible cruce de represalias había quedado reducido ese día a un tenso silencio sepulcral donde no cabía la trifulca. “What is this?”, preguntaba en inglés un turista que salía en ese momento de su visita a la basílica, ajeno a la tragedia que se conmemoraba en el interior. “Es difícil de explicar”, le respondía otro hombre en un idioma entre el español y el inglés.
“Hoy reina el silencio”, susurraba Marisa, una de las asistentes a la misa mientras buscaba hueco de pie junto a las filas delanteras de la iglesia. Media hora antes de comenzar la misa ya era casi imposible encontrar asiento libre. De las primeras bancadas colgaban carteles de “reservado” para abrir espacio a políticos o allegados y, aunque no sobró ni uno, no se oyeron las réplicas habituales o duras palabras entre administraciones, ni tampoco hubo interrupciones que paralizaran el transcurso de la ceremonia.
O al menos, no mientras duró. Nada más salir se oyeron los primeros gritos o insultos proferidos a las puertas de la catedral. Dos mujeres comenzaron a discutir a viva voz por cuestiones políticas y otro hombre insultaba al presidente del Gobierno elevando una pancarta. La tregua temporal había terminado.
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