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¿Adiós al dinero en metálico? En Suecia, billetes y monedas pueden pasar a la historia

En uno de los países donde menos se utiliza el dinero en metálico, hasta los lavabos públicos se pueden pagar de forma digital

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Suecia es uno de los países del mundo donde se utiliza menos dinero en metálico

En un lavabo público en un centro comercial en Gotemburgo, se está llevando a cabo una batalla entre la Suecia moderna y la antigua. El año pasado, el centro comercial instaló lavabos donde no se acepta el dinero en metálico para poder entrar, obligando a los clientes a pagar con sus teléfonos móviles, un proceso que es nuevo para muchas personas.

"Tenía mucha prisa, realmente necesitaba utilizar el lavabo," relata Freda, de 28 años, tras una visita. "Todo era un poco confuso, pero como nunca llevo dinero en efectivo conmigo, me alegré de poder entrar".

Sin embargo, muchos visitantes de mayor edad no pueden entrar y se marchan sorprendidos o espantados. "Esto está mal", afirmó Tilda, de 69 años.

Suecia es uno de los países del mundo donde se utiliza menos dinero en metálico. La proporción de pagos en efectivo en tiendas cayó del 40% en 2010 al 15% en 2016, según el Banco Central de Suecia. Dos tercios de los consumidores afirman poder manejarse completamente sin dinero en metálico, y la misma proporción de personas asegura utilizar la tarjeta incluso para pagos menores de 10 euros.

Más de la mitad de las oficinas bancarias del país ya no acepta ni da dinero en metálico. La mayoría de las tiendas recibe a sus clientes con un cartel que advierte de que ya no aceptan efectivo.

Como resultado, el valor total de los pagos en metálico ha caído a menos del 2% del PIB. "En un futuro no muy lejano, Suecia podría convertirse en un país en el que ya no se acepte dinero en metálico", ha señalado el Banco Central de Suecia.

Y ahora, incluso para entrar a un lavabo público hay que pagar digitalmente. Podría decirse que el futuro del metálico está escrito… sobre la pared del lavabo. CoinCode es una startup tecnológica con base de operaciones en Uppsala que está redefiniendo el concepto de "gastar un duro".

El dispositivo que funciona con una batería se engancha a los cerrojos de las puertas. Con el móvil se escanea un código pegado sobre la puerta del lavabo o se puede enviar un mensaje de texto a la empresa y, en cualquier caso, se obtiene una combinación única que se ingresa en el cerrojo para abrirlo.

"Los lavabos son una gran parte de nuestro negocio", dice Christer Granath, de CoinCode. "Las monedas implican un coste, hay que tener a alguien que las recoja, hay que guardarlas y cambiarlas en el banco, y siempre existe el riesgo de que alguien las robe".

Recientemente, Suecia cambió la acuñación de dinero en metálico, incentivando a los espacios públicos a que dejen de utilizar lavabos donde se pagaba con monedas. En algunas de sus sucursales en Suecia, McDonald’s también ha instalado lavabos donde se paga digitalmente.

La tendencia a evitar el dinero en metálico ha llevado al Banco Central a investigar si Suecia podría convertirse en la primera economía en utilizar una criptomoneda, la e-corona. Su preocupación es que las transferencias podrían eludir la seguridad del Banco Central, socavando el sistema de pagos del país y dejando a la gente en una situación vulnerable frente a una crisis financiera.

Hasta los fieles donan vía móvil

Dar la espalda al dinero en metálico ha tenido consecuencias inesperadas. Los vendedores de la revista Faktum, equivalente a The Big Issue, ahora aceptan pagos digitales utilizando lectores de tarjetas que les suministró la empresa sueca iZettle. Tras las misas de los domingos,  los fieles levantan sus móviles para mostrar que ya han donado a la colecta.

Sin embargo, el fenómeno más impactante probablemente sea el crecimiento explosivo de Swish, una aplicación que permite a los suecos hacer o recibir pagos vinculando su número de móvil a su cuenta del banco.

Lanzada a fines del 2012, Swish ha ido creciendo ininterrumpidamente, con más de 100.000 nuevos usuarios cada mes. Hoy tiene 6,2 millones de usuarios, lo cual representa a más del 60% de la población del país. En diciembre, se realizaron 24 millones de pagos a través de Swish y otros seis millones a través de tiendas que pagan por utilizar el servicio. La empresa dice que el monto más común es de 100 coronas (10 euros).

Swish viene muy bien a la hora de dividir la cuenta de un restaurante: una persona paga la cuenta y las demás le envían su parte a través de Swish. El proceso lleva solo segundos. Pero la aplicación también tiene efectos más sutiles en la sociedad, dice la empresa.

"Vemos que Swish ha cambiado la forma en que la gente se comporta", explica Per Ekwall, portavoz de la empresa. "Por ejemplo, la noche tras el día de pago, un minuto después de la medianoche, registramos un pico increíble de pagos con Swish, porque la gente quiere pagar deudas a sus amigos, colegas y familiares rápidamente".

"Además, ahora una persona puede ayudar a un desconocido. Puede darle dinero a través de Swish en un segundo. Incluso vemos a cajeras que pagan así cosas a los clientes".

Ekwall asegura que es una "leyenda urbana" eso de que la gente mayor no utiliza Swish, afirmando que más del 50% de la población mayor de 60 años utiliza la aplicación, aunque su uso cae en los mayores de 80 años, así como el uso del móvil.

Sin embargo, las dificultades de manejarse sin dinero en metálico han generado una campaña llamada Kontantupproret ("la insurgencia en efectivo"), que exige que el futuro del dinero sea una decisión democrática, y no algo que decidan los bancos y las empresas.

Volviendo a los lavabos de Gotemburgo, parece que no hace falta ser mayor de 80 años para tener problemas con el futuro digital.

Tofi, de 39 años, ya ha probado dos veces. La primera vez lo intentó con Swish y se marchó decepcionado. Quince minutos más tarde, ya con una necesidad urgente, lo intentó a través de un mensaje de texto, pero el sistema le respondió que su red no era aceptada. "Tanto problema por tan poca cosa", se quejó, sosteniendo unas monedas en la mano. "Debería poder pagar y entrar al lavabo".

Traducido por Lucía Balducci

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