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Migraciones: perder nuestro 'American way of life' o perder nuestra alma

Todos estos conflictos no son sino diversos síntomas de un proceso global que está afectado a todos los países y podemos llamar la Tercera Guerra Mundial: la guerra por los recursos

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Rescatadas 223 personas que navegaban en cuatro pateras por el mar de Alborán rumbo a la costa andaluza

Las palabras de Chema Monreal, el técnico de Salvamento que hace unas semanas describió su experiencia rescatando migrantes en el Mediterráneo, han recorrido las redes sociales conmocionando a miles de personas con su demoledora contundencia: “¿Sabéis a qué velocidad se traga el Mar un cuerpo, cuando 10 segundos antes te miraba pidiendo ayuda? ¿Sabéis como retumban los gritos de socorro en mitad del Mar cuando no divisas a la persona? ¿Sabéis cómo es un cuerpo flotando boca abajo, por el que ya nada se puede hacer?”.

¿Quién puede permanecer impasible ante estas palabras? Por muy sorda y anestesiada que esté nuestra sociedad, esto no nos puede dejar indiferentes. Hacerlo conlleva un serio riesgo para la salud de todo eso que llamamos nuestra alma. Los valores más importantes de Europa se desmoronan si permanecemos indiferentes ante el drama del Mediterráneo: desde la tradición cristiana que nos obliga a dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento y dar posada al peregrino, hasta los Derechos Humanos consagrados en nuestras constituciones.

La única manera de reprimir la marea de migraciones consiste en convertir el Mediterráneo en el muro de un inmenso campo de concentración. Pero, no nos engañemos, esto tiene un precio. Europa sólo puede blindarse a base de renunciar a algo muy importante: todo eso que nos define como democracias. Sólo podemos convertir Europa en una fortaleza si hacemos virar nuestras sociedades hacia el autoritarismo y el fascismo (cosa que estamos ya haciendo).

Pero también es preciso ser realistas y reconocer que Europa no puede acoger a todas las personas que en estos momentos quieren huir de África, Asia y Oriente Medio, porque son millones. Europa es un continente ya muy superpoblado, dotado de escasos recursos naturales y, a mayores, acostumbrado a un estilo de vida consumista. Incluso las personas más pobres de nuestros países consumen involuntariamente gran cantidad de combustibles fósiles, agua, plásticos y contaminantes químicos que, en nuestra cultura, son “necesarios” para cubrir las necesidades más básicas. A mayores, gran parte de estos recursos se extraen de todos esos países del Sur global de donde huyen las personas, esto hace que se acentúe todavía más el expolio y el problema se realimente. El planeta no soporta muchos más millones de europeos con nuestro ineficaz American way of life, en realidad lo que deberíamos hacer es migrar en el otro sentido: hacia sociedades con menores consumos de recursos y que, a pesar de ello, consigan altos niveles de bienestar (por fortuna, existen algunos ejemplos en el mundo).

“Nadie abandona su hogar a menos que su hogar sea la boca de un tiburón”, escribía la poetisa somalí  Warsan Shire. Por eso es preciso que empecemos a preguntarnos la cuestión más importante, que, sorprendentemente, está fuera del debate político: ¿por qué África y Oriente Medio se han convertido en horribles bocas de tiburón que fuerzan a miles de personas a exponerse a la muerte por huir de ellas? ¿Por qué en esta década las migraciones son mucho más desesperadas de lo que fueron en décadas pasadas?

Las razones son varias y bien conocidas. Tenemos las guerras de Siria, Yemen, Sudan del Sur, Somalia, la República Centroafricana o el Congo; las hambrunas causadas por el cambio climático en Kenia, Chad o Etiopía; los regímenes autoritarios y sangrientos de Eritrea o Guinea; los estados fallidos de Libia, Somalia, Irak o Afganistán. Además, como advirtió el año pasado la ONU, el hambre ha vuelto a crecer en el mundo después del descenso (que ya era muy insuficiente) de décadas pasadas.

Todos estos conflictos no son sino diversos síntomas de un proceso global que está afectado a todos los países y podemos llamar la Tercera Guerra Mundial: la guerra por los recursos. Es una guerra lenta y silenciosa, de bandos cambiantes e inestables, pero no por ello menos violenta y mortal. Es la guerra de rapiña de todos contra todos por conseguir el control de los recursos naturales que cada vez son más escasos: los pozos de petróleo, el uranio, los gasoductos, las tierras fértiles, los acuíferos… Sus escenarios van desde las minas de coltán del Congo a los pozos de petróleo de Irak; desde los acuíferos contaminados por la minería del oro y las tierras acaparadas para el cultivo de biocombustibles a las calles de Londres o Barcelona amenazadas por el terrorismo.

El australiano Ted Trainer en su libro  La via de la simplicidad hacia un mundo sostenible y justo, hace una dura crítica a los movimientos pacifistas y solidarios que se quedan en la denuncia de la injusticia sin querer ver las causas profundas de ésta. Si nuestro modo de vida requiere los minerales, la energía y las tierras que se tienen que conseguir a través de la guerra, nosotros mismos estamos alimentando eso contra lo que decimos luchar. Sólo un estilo de vida simple, de baja energía y que renuncie al consumismo, puede ser coherente con el discurso pacifista. En ello, Trainer es buen maestro, pues lleva décadas practicando este modo de vida en su aldea de Pigface Point, cerca de Sydney.

El mundo ha cambiado en los últimos 10 años. En esta década se ha hecho evidente algo que en décadas anteriores todavía dudábamos: mantener la sociedad de consumo requiere pagar un precio muy alto, el precio del expolio, la contaminación, el autoritarismo y el cambio climático. Es el momento de revisar esa frase que pronunció George Bush padre durante la Cumbre de la Tierra en 1992: "El estilo de vida americano no es negociable”. Desde esta Cumbre de Rio, numerosos gobiernos, investigadores e instituciones internacionales han dedicado enormes esfuerzos a buscar la forma de contaminar menos y a la vez conservar el crecimiento y el estilo de vida americano. Esto es lo que se ha dado en llamar “desarrollo sostenible”, pero, después de casi 30 años, es bastante evidente que ha fracasado porque era un empeño tan imposible como la cuadratura del círculo.

En estos momentos debemos plantearnos de nuevo si el estilo de vida americano es o no es negociable, porque ahora viene acompañado de muchas cosas que no nos gustan nada. Los que hemos vivido los años 70 y 80 creo que podemos llegar fácilmente a la conclusión de que ni el automóvil particular, ni la cultura del usar y tirar, ni las manufacturas baratas de Asia, ni la comida global del supermercado nos han aportado tanto como para renunciar a la libertad y la democracia por ellos. Quizá no sea utópico pensar que la sociedad europea va a ser capaz de reaccionar y darse cuenta de que el 'American way of life' no merece la pena si el precio que tenemos que pagar por él es vender nuestra alma al fascismo.

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