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De lo que no hablan los taxistas

El riesgo para el ciudadano, del que sorprendentemente nadie habla, es que el goloso negocio de transportarnos en coche ajeno, que es hoy un servicio regulado aunque sea con fallos, se concentre en unas pocas manos

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Un policía, entre un taxi y una VTC

EFE

Los taxistas de Madrid están hablando de su dinero, de su jubilación, de sus familias, de los cientos de miles de euros que invirtieron en comprar una licencia a la que quieren sacar rendimiento. Hablan de bloquear la ciudad, de guerra y de cortar carreteras, de perdigones, de batallas y batallitas. Una campaña que puede pasar a la historia como la mejor manera de empeorar la imagen de un colectivo.

De lo que no hablan los taxistas es de que la movilidad de las grandes ciudades es un nuevo tablero que está quedando despejado conforme se saca a los coches particulares de los centros de las capitales. Ese folio en blanco es un botín -como ya ha demostrado el desembarco de empresas de patines, patinetes, bicicletas- para grandes fortunas y empresarios, que han empezado a coger posiciones.

La gran mayoría de los taxistas de Madrid son dueños de una única licencia (el 83% son licencia unipersonal), como contaba Analía Plaza en este artículo. Han sido casi el único modo de transporte de coche con conductor para los ciudadanos durante décadas pero, teniendo en cuenta los datos, son lo contrario a un monopolio. Detrás de ellos hay un interés corporativo por defender su puesto de trabajo y poder revender o realquilar su licencia, una posibilidad que les dio el Estado y que es una fuente de conflicto ahora. Pero no hay un gran empresario, ni varios, ni grandes capitales manejando los hilos. Una prueba de que no hay un lobby organizado es la campaña que están haciendo, basada en su fuerza y amenaza, usando como tapón sus vehículos, sin conectar con la opinión pública. No hay un plan de medios ni de marketing.

En esta historia de desencuentros, el capital ha entrado justamente por la vía de las VTC, que se ha comido de golpe un cuarto del pastel del transporte urbano. Al contrario de lo que pasa con los taxis, un puñado de nombres ha aglutinado miles de licencias. El expresidente de la Asociación Gremial del Taxi, José Antonio Parrondo, Félix Rodríguez (Tuenti y Jobandtalent), Zaryn Dentzel (Tuenti), Bernardo Hernández (fue inversor en Tuenti e Idealista), Rosauro Varo (Pepephone) o el propio Juan de Antonio, fundador de Cabify, acumulan más de 10.000 licencias de las 13.125 que hay, como contaba El Confidencial. Seguramente anhelan el pastel entero de todo lo que se mueva, lo que da capacidad de presión y negociación en las ordenanzas y leyes del futuro próximo. Puede que las VTC sean el medio, no el fin.

La nefasta campaña del taxi se ha enfocado en el riesgo para el taxista, que es perder dinero al traspasar la licencia, quedarse sin clientes, ganar menos. Y su antagonista ha aprovechado para hacer símiles que han colado pero que no se sustentan: se compara con asuntos tecnológicos como el revelado de fotos, donde el taxi es el rollo de negativos y las VTC la cámara digital. Lástima que el material fotográfico no sea un servicio esencial para las personas como sí lo es la movilidad en un futuro con restricciones a los coches particulares.

El riesgo para el ciudadano, del que sorprendentemente nadie habla, es que el goloso negocio de transportarnos en coche ajeno, que es hoy un servicio regulado aunque sea con fallos, se concentre en unas pocas manos. El peligro es que el servicio público urbano se desdibuje en manos de un oligopolio y se privatice (después de liberalizarse), se concentre y sea atravesado por un capital codicioso que sepa enseñar los dientes -ellos sí, organizados y bien financiados- a nuestros gobernantes.

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