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Huir de una guerra para acabar en una cárcel

"Tras atravesar Oriente Medio, Egipto, Libia, Argelia y Marruecos en medio de grandes penalidades y franquear las fronteras de Ceuta camuflados como marroquíes (otros muchos hicieron lo propio en Melilla), creían haber llegado a la Europa de las libertades, de la solidaridad y de la acogida".

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Huir de una guerra para acabar en una cárcel

Hala ha visto poco mundo. Buena parte de sus apenas 30 días de vida han transcurrido en una tienda de campaña en la Plaza de los Reyes de Ceuta. Aún no se da cuenta de que ella y su madre, Fátima, permanecen acampadas ante la Delegación del Gobierno con otras 87 personas para exigir que se les permita trasladarse a la península.

Fátima sí ha visto mundo, contra su voluntad. Hace ya muchos meses que salió de Siria huyendo de la guerra. Vivía en Alepo, ciudad bombardeada sin piedad por las fuerzas del ejército sirio. Sabía que allí no podría sobrevivir; peligraba su vida y también la de la niña que acababa de saber que llevaba en su vientre.

Fátima y su marido Mohamad, acompañados de su suegra, reunieron cuanto tenían de valor y partieron a la búsqueda de una vida en paz, de un futuro para su hija. Como ellos, otros muchos huyeron del acoso del Estado islamista o de cualquiera de las fuerzas en conflicto, en una guerra que está haciendo que Siria llore sangre.

Aquellas revueltas pacíficas que se iniciaron en 2011 exigiendo la democratización del régimen de Bashar el Asad desembocaron en una cruenta guerra civil que ya se ha cobrado unas 100.000 vidas, 10.000 de ellas niños. Para Anthony Lake, Director ejecutivo de UNICEF, Siria es en "uno de los lugares más peligrosos del mundo para ser un niño".

De los más de 2,6 millones de personas que han salido del país tan solo un pequeño número, comparativamente hablando, han intentado llegar a diferentes países de la Unión Europea, entre ellos España ( 725 sirios solicitaron asilo en España en 2013).

Lo intentaron Mohamed y Fátima embarazada, que ha dado luz en Ceuta. También Ali con su familia, o Khaled, que viaja junto a su mujer, sus hijos y su madre anciana, Ghada, de 84 años. Tras atravesar Oriente Medio, Egipto, Libia, Argelia y Marruecos en medio de grandes penalidades y franquear las fronteras de Ceuta camuflados como marroquíes (otros muchos hicieron lo propio en Melilla), creían haber llegado a la Europa de las libertades, de la solidaridad y de la acogida.

"Entre el rechazo y la indiferencia"

Pero Europa mira hacia otro lado, entre lágrimas de cocodrilo por las masacres en Siria y la hipocresía más rampante e inhumana. Porque esa Europa de la acogida y del respeto de los derechos humanos les está cerrando las puertas.

Al llegar a Ceuta y Melilla fueron enviados a los CETI, centros saturados que no reúnen las mínimas condiciones para que vivan estas familias, limbos en los que se eternizan los trámites burocráticos de sus solicitudes de asilo, lo cual les impide salir de Ceuta.

Alí explica por qué hace ya casi tres meses que acamparon ante la Delegación del Gobierno de Ceuta: ¡No hemos huido de una guerra para acabar en una cárcel! Querían visibilizar su situación y exigir que se les permitiera circular libremente y buscarse la vida, como establece Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, ratificada por España en 1978.

Tres meses de acampada que han transcurrido entre el rechazo y la indiferencia de la población o las presiones y amenazas por parte de la Delegación del Gobierno y la Ciudad Autónoma. Los niños más mayorcitos acuden al colegio, pero la Ciudad les amenaza con retirarles a los más pequeñines, entre ellos al bebé de Fátima, Hala.

Sobreviven casi sin ayudas y recursos, apenas con los alimentos que les hacen llegar la comunidad islámica de Ceuta y otras asociaciones y particulares. Cruz Roja, en cambio, se ha negado a proporcionarles ayuda mientras permanezcan en la plaza, convirtiéndose así, en otro instrumento de presión del Gobierno.

En una nueva vuelta de tuerca represiva, el Gobierno (o la Ciudad Autónoma, que tanto da) ha hecho llegar un expediente sancionador a todos los acampados, uno a cada uno de ellos y ellas, niños incluidos, en el que, además de multarles, les amenaza con la intervención policial si no desalojan el campamento en diez días. ¿Qué harán? ¿Arrastrarán a los bebés de 30 días? ¿Y a las ancianas de 84 años? ¿A las madres con niños pequeños?

Afortunadamente no están solos y poco a poco su causa y su reivindicación empiezan a conocerse. Asociaciones ceutíes como Digmun o Elin están apoyándoles; la Asociación Pedagogía Ciudadana, ha llevado a cabo una importante campaña de sensibilización, "No le des la espalda"; desde la APDHA hemos intentado entrevistarnos con el Delegado del Gobierno, hasta ahora infructuosamente, y el pasado día 3 les acompañamos para entregar las alegaciones al expediente sancionador.

No podemos darles la espalda, como tampoco podemos ignorar que tanta prepotencia y desdén, toda esta crueldad institucional, se está ejerciendo sobre unas familias como podrían ser las nuestras, que hace apenas tres años no tenían otras preocupaciones que las comunes de la clase media o trabajadora; familias que vivían su día a día ocupadas en los quehaceres cotidianos, en los oficios de la paz; familias que jamás pensaron que el mundo se les vendría encima tomando forma en el monstruo de la guerra y obligándoles a buscar un lugar en el mundo, y que el mundo les cerraría las puertas.

Ojalá que toda la presión y la actitud firme de estas personas de su fruto en breve.

Nota: Todos los nombres son figurados, pero pertenecen a historias reales.

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