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ARAGÓN

Tod ist ein Meister aus Deutschland

Tras las negociaciones entre el gobierno griego y el Eurogrupo, y la posterior aceptación por parte de Tsipras y del parlamento heleno de un nuevo bloque de deuda y de condiciones aún más asfixiantes para los ciudadanos de su país, la sentencia de Paul Celan, “la muerte es un Maestro alemán”, vuelve a cobrar actualidad

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Revocando la hipótesis con que, en 1949, el filósofo judío Theodor Adorno concluyese un texto sobre crítica cultural, hipótesis según la cual “escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie”, Paul Celan, ya un año antes, había redactado aquellos versos que, bajo el título de Fuga de muerte, se hacían eco del horror. El propio Adorno, en 1952, exoneraría a Celan de su interdicción. Posteriormente, Adorno irá precisando el sentido de su prohibición. Todo poema, toda escritura y, en definitiva, todo documento de cultura, es, como diría Benjamin, un documento de barbarie.

Lo imposible no es escribir después de Auschwitz, lo imposible es hacerlo como si Auschwitz no hubiera tenido lugar. El exterminio nazi, los protocolos de muerte sistemática y deshumanización desplegados por el estado alemán en su proyecto de hegemonía sobre el continente europeo a lo largo de la década de los cuarenta del pasado siglo XX, imponen una herida en la historia que no puede ser eludida. Infieren una herida que, en la medida en que es olvidada, hace de toda expresión artística —y, más allá, de toda expresión humana— un gesto de complicidad con la barbarie. Pero Celan no olvida: “la muerte es un Maestro alemán su ojo azul es / te alcanza con bala de plomo certera a la vez / un hombre vive en la casa tus cabellos de oro Margarete / azuza a sus mastines contra nosotros nos ofrece una tumba en el aire / juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro alemán / tus cabellos de oro Margarete / tus cabellos de ceniza Sulamith”.

Conviene, hoy que Alemania escribe con letras de deuda su hegemonía sobre el resto de los habitantes del continente europeo, y, muy especialmente, sobre quienes vivimos en eso que se ha dado en llamar Sur de Europa —aunque incluya a Irlanda—, en los países que forman el grupo de los PIIGS —cerdos—, conviene, decía, retornar sobre las reflexiones descarnadas de Jean Améry, antifascista y judío superviviente de los campos de concentración, acerca de la culpa colectiva de los alemanes. Recordar que fue el pueblo alemán —no Hitler ni el SS, sino el hombre cualquiera de la calle, el funcionario, el comerciante, el ama de casa, el académico y el agricultor—, quien contempló sin una mínima mueca de horror cómo se descargaban en los andenes las pilas de cadáveres de los vagones de ganado en que eran llevados los deportados. Que fue el pueblo alemán el que retiró con sentimiento de asco su mirada ante el paso de las caravanas de hombres-esqueleto cuando la solución final ya no consistía sino en hacer morir de hambre y cansancio, y un tiro de gracia, en las cunetas.

Jean Améry recuerda cómo, no sólo el nacionalsocialismo, sino Alemania misma fue objeto de un sentimiento universal que, empezando como odio, cuajó en desprecio. Recuerda cómo fue traicionada la promesa de convertir a ese país, responsable colectivamente del horror, en una región agrícola que nunca más pudiera erigirse contra la paz mundial. Recuerda cómo la Alemania patatal fue la ilusión de muchos, de todos casi. Una ilusión luego abandonada por “los perdonadores”, por quienes defendieron el proyecto de la reconciliación europea y, algo más tarde, de la reunificación alemana. “Un pueblo orgulloso”, recuerda Améry cuando habla de los rostros de los alemanes al ver pasar los trenes de la muerte. “Un pueblo orgulloso, también hoy”, añade, para, a continuación, precisar: “El orgullo, no cabe dudarlo, ha engordado un poco. Ya no se manifiesta más en el movimiento triturador de las mandíbulas, sino que resplandece en la satisfacción de la buena conciencia y de la alegría comprensible por haber salido con éxito una vez más. Ya no invoca más a los hechos de armas heroicos, sino a la productividad sin par en el mundo. Pero es el mismo orgullo de antaño, y por nuestra parte es la impotencia de entonces”.

Como ha apuntado el filósofo Jürgen Habermas, al forzar a Grecia a un acuerdo que no conlleva sino mayores privaciones para los más desfavorecidos y la humillación del gobierno democráticamente elegido, Alemania ha dilapidado todo el capital simbólico que había acumulado tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y las políticas de exterminio. Se podría hilar más fino y apuntar que, efectivamente, la culpa colectiva de Alemania no recae sobre todos y cada uno de los alemanes. Que algunos, una minoría admirable y combativa, trata de organizarse, sale a la calle e, incluso, se enfrenta con la policía en las calles de Berlín o Hamburgo. También hubo alemanes que se enfrentaron al auge del nazismo. La mayoría de ellos eran jóvenes desempleados que murieron tratando de defender en  la capital los barrios obreros. La culpa colectiva no es un universal, como es obvio. Pero eso no resta un ápice de responsabilidad a esa mayoría que permanece impertérrita ante las políticas de construcción de miseria y sumisión que lleva adelante su gobierno.   

Ahora, conforme Alemania se ha erigido, de nuevo, en potencia mundial y en el poder hegemónico en Europa, ciertamente ya no militar, pero sí, a través de su alianza con los capitales financieros internacionales, económico; ahora que Alemania ha vuelto a ser el promotor de la devastación, ciertamente aún no con tanques ni campos de exterminio, pero sí con deuda y planes de ajuste estructural; ahora que Alemania se ha demostrado el gran enemigo de una democracia a escala europea; conviene recordar, nosotros, y recordarles, a ellos —a los alemanes, no a Merkel, ni al Dr. Schäuble, sino al cualquiera—, que la culpa del sufrimiento es una culpa colectiva, y que siempre habrá alguien que no esté dispuesto a olvidar —que algunos, antes que perdonadores, preferimos ser, como Améry, hombres del resentimiento.    

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