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ARAGÓN

Zaragoza, más allá de la hegemonía

El año en curso, 2015, ha dibujado una extraña curva en la vida de mucha gente. El tiempo se ha hecho más denso, acelerado por las expectativas de cambio. Las fechas se agolpan, se aprietan las unas contra las otras. Tuvieron lugar las elecciones europeas e incluso los más optimistas de entre quienes habían puesto sus esperanzas en ese partido entonces recién nacido que era Podemos se vieron sorprendidos por los resultados. Ahora parece una cosa lejana. Mucho ha sucedido desde entonces.

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Unos meses antes del primer éxito de Podemos se había empezado a barruntar una apuesta que en breve se resolverá. En diversas ciudades de nuestra geografía se comenzaron a configurar grupos de trabajo con la mirada puesta en las elecciones que van a tener lugar este 24 de mayo. Se trataba de lanzar la entonces llamada apuesta municipalista, cuyo primario objetivo no consistía sino en organizar el asalto ciudadano a las instituciones locales, a esas instancias de gobierno que, de algún modo, más cerca se encuentran de la gente. Se trataba de llevar las luchas sociales al interior de las instituciones de gobierno local. Si bien esta apuesta se encontraba ya parcialmente articulada entre diversas ciudades antes incluso de la irrupción de Podemos en las europeas, lo cierto es que los procesos a través de los cuales se ha hecho efectiva han distado mucho de ser homogéneos entre unos lugares y otros.

Cada ciudad y cada pueblo en que ha llegado a constituirse una candidatura ciudadana de ruptura ha tenido que vérselas con la realidad social y política que le era propia y componer a partir de ahí. Se partía de puntos diferentes y, por lo tanto, las dinámicas de construcción han tenido que ser diferentes. Cada cual ha recorrido un camino, pero, además, no todo el mundo ha llegado al mismo sitio. Ni el principio, ni el proceso, ni el final han sido idénticos. No se trata de que en unos sitios se haya hecho mejor que en otros. Las relaciones políticas y sociales estaban dispuestas de diferente forma, y los agentes que han desplegado la iniciativa de asalto a lo local han, obviamente, hecho tanto como han podido para el éxito del proyecto. Pero las fuerzas se componen siempre en concreto, nunca en abstracto, y esto hace que en cada territorio los procesos de articulación se hayan realizado de un modo.

Si echamos un vistazo a los procesos acaecidos en las grandes ciudades, Zaragoza es la anomalía. Al margen de los resultados electorales que obtenga, la candidatura ciudadana denominada Zaragoza en Común ha transitado un proceso radicalmente democrático que ha sido capaz de hacer confluir no sólo a siete partidos políticos, sino a amplios sectores de la ciudadanía y de los movimientos sociales. Mientras en muchos de los debates se discutía sobre la hipótesis populista de construcción de hegemonía, Zaragoza en Común se ha desplegado como un proyecto que podemos calificar, a partir del concepto utilizando por teóricos como Jon Beasley-Murray o Alberto Moreiras, como poshegemónico.

La apuesta municipalista se había asentado en la consideración de la necesaria ruptura de la distancia entre gobernantes y gobernados que había sedimentado durante los últimos 30 años hasta esclerotizarse. Sin duda, los ejemplos de Barcelona en Comú y de Ahora Madrid, en lo que se refiere a sus resultados, muestran tan bien como Zaragoza en Común que, a pesar de las limitaciones inevitables, este objetivo se ha logrado. Las cabezas de lista, Manuela Carmena, Ada Colaú o Pedro Santisteve, provenientes en todos los casos de movimientos ciudadanos ajenos a la partitocracia impuesta en la Transición, expresan adecuadamente la tendencia a cerrar la brecha entre ciudadanos y representantes políticos. Sin embargo, más acá de los resultados, Zaragoza en Común ha mostrado esa tendencia en el proceso mismo de su constitución.

Lo que hace de la apuesta municipalista zaragozana algo anómalo probablemente no sea otra cosa que las condiciones mismas de su emergencia. Fragua definitivamente en la capital aragonesa en paralelo al fracaso de múltiples intentos de convergencia llevados adelante por los distintos partidos políticos de izquierda. Las posiciones más ciudadanistas parten, así, con cierta ventaja que, si bien no aseguraba nada, finalmente se ha mostrado capaz de bloquear todo a lo largo del proceso cualquier pretensión por parte de las fuerzas constituida de hegemonizar el proyecto. La hipótesis es sencilla: ninguno de los partidos que, de una forma u otra, han participado en la conformación del proyecto de Zaragoza en Común ha tenido suficiente fuerza como para imponerse sobre el resto, para crear su “pueblo”, dejando con ello un espacio de indecisión que ha sido aprovechado por quienes venían de los movimientos sociales no asociados a la forma-partido ni pretendían alcanzar la hegemonía, así como para liberar la acción de quienes, sí perteneciendo a partidos, han podido implicarse al margen de las lógicas populistas de invención ex nihilo de un pueblo.

El contexto zaragozano ha dotado a las tendencias más autónomas y ciudadanistas de una fuerza que se ha concretado en toda una serie de hitos que tiñen al proceso mismo de construcción de Zaragoza en Común de una pátina poshegemónica. La, a veces, difícil articulación en un proyecto compartido de una conjunto heterogéneo de perspectivas sin anular la potencia de esa misma diversidad pero dotándola de procedimientos de profundización democrática ha sido su mayor logro. Quizá donde mejor se haya concretado haya sido en el debate en torno a las metodologías de selección de la lista de candidatos y candidatas al Ayuntamiento. Desde que se abren los debates aparecen propuestas de radicalidad democrática que incluyen procedimientos como el sorteo o mecanismos de elección fuertemente proporcionales, sin pactos previos ni listas cerradas. Si bien las propuestas más atrevidas no salieron adelante, la finalmente escogida adolecía de un vector intensamente democrático que, entre otras cosas, permitía a cualquier ciudadano o ciudadana  presentarse a las primarias.

Pero, quizá, lo que más sorprende a quienes participan en estas elecciones internas no sea otra cosa que los resultados. Los dos primeros puestos irán a ser ocupados por personas a las que no se les conoce afiliación partidaria, si bien sí una duradera y eficaz implicación en los movimientos sociales de la ciudad. Frente a las dinámicas de construcción de hegemonía, que van asociadas a líderes que parecen no venir de ningún lado, que parecen surgir como de la nada y, por ello mismo, significar una ruptura radical con el pasado, los rostros que representan a Zaragoza en Común extraen su legitimidad de un pasado de luchas, de un largo quehacer colectivo en pos de la transformación. Aquí no hay significantes vacíos, sino un cuerpo colectivo pleno cargado de historia. Pedro Santisteve, abogado penalista, con una extensísima trayectoria en la defensa de los derechos humanos y contra la gestión penal de la pobreza; y Luisa Broto, uno de los referentes en la defensa de los derechos sociales y solvente activista por la diversidad sexual y afectiva, son, respectivamente, número 1 y 2 en la lista que Zaragoza en Común presenta a las elecciones municipales del 24 de mayo. Tanto el uno como la otra son expresión de unos procesos que, eludiendo la lógica populista, permiten comenzar a entrever el nuevo horizonte de una política poshegemónica.

*Pablo Lópiz Cantó es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza.

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