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ARAGÓN

El sida y nosotros

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Cuando en la década de los ochenta nos enfrentamos a las primeras noticias relacionadas con personas portadoras del VIH, personas con sida, lo primero que se instaló en la sociedad fue el miedo, pero se trataba de un miedo parcial, porque pronto esta enfermedad se relacionó casi de forma exclusiva con homosexuales y con personas adictas a la heroína, así que la enfermedad fue entendida por una parte amplia de la sociedad como un castigo casi divino con el que se perseguía a los maleantes -así han sido considerados los homosexuales en nuestro país durante décadas y décadas- y se castigaba a los adictos, a los débiles, a los que cabalgaban por las arterias de la ciudad buscando ese polvo que les hace reyes de una vida imposible.

El sida llegaba para matar y pronto lo vimos en amigos a los que dijimos adiós en noches heladas donde las lágrimas tapaban la vergüenza, porque ese amigo no había muerto de sida, no podíamos pronunciar la palabra sida por respeto a esa madre y a ese padre que sabían que su hijo vagaría por el infierno, mientras ellos soportaban la mirada de vecinos, de amigos que les acusaban por dejar que su hijo fuera homosexual o heroinómano. Entonces nadie hablaba de la serofobia, nadie le había puesto nombre a la forma en que la sociedad trataba y maltrataba a las personas que tenían sida. No había que besarlos, ni hablarles y si algunos hubieran podido les habrían escupido, arañado. Luego, casi al tiempo, supimos que el sida también afectaba a los heterosexuales, pero aún así seguía la constante de que quien se acuesta con un drogadicto sabe a lo que se expone y eso lo tuvimos que escuchar en tantas ocasiones que acabamos tapándonos de tantas palabras que nos escondimos en las cunetas de nuestra propia y silenciosa revolución.

El sida ha tenido a su alrededor componentes claramente ideológicos y religiosos y por eso ha sido una enfermedad tan maltratada; son muy pocas las personas que admiten en su entorno tener el virus por miedo al rechazo y se quedan viviendo en la ansiedad, la angustia y la depresión de saberse aisladas. Parece mentira que después de tantos años se tenga que insistir en que las vías de transmisión del virus son tres: a través de la sangre, la vía sexual o la materno infantil (durante el embarazo, parto o lactancia). Y si todos conocemos las vías de transmisión ¿por qué ese miedo irracional a estar con una persona seropositiva? ¿Por qué rechazamos a una pareja por su estado serológico? ¿Por qué asumimos que la persona seropositiva debe llevar la carga de contar su estado a todo el mundo? La serofobia es discriminación, genera dolor e incomprensión para quien la padece, que en ocasiones son niños. No deberíamos apartar a alguien de nuestro lado por su seroestatus, como tampoco podemos exigir que la persona con el virus tenga que contárnoslo. Y si no lo hace es porque el sida sigue siendo tabú: la cultura popular así lo ha concebido y muy pocos quieren atender y escuchar las verdades científicas.

El pasado 1 de diciembre se celebraba el Día Mundial del Sida y en algún lugar leí que una vez más España retrasa la implantación de la pastilla que previene el VIH y que ya se usa en otros países europeos. Una vez más nuestro país castiga la libertad sexual, castiga a los portadores del sida porque siempre los consideró una lacra y no pone medidas para evitar que el contagio siga creciendo. En España la tasa de sida supera en cuatro puntos la media europea.

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