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"Vamos a hacer la paz también con la naturaleza"

El ex presidente de Colombia Ernesto Samper, figura clave en el proceso de paz, visitó Suiza para formalizar acuerdos de colaboración entre la Fundación Franz Weber, el Gobierno colombiano y organizaciones civiles colombianas, que garanticen también la “paz medioambiental”

Samper ha querido dar a conocer el proceso de paz, así como los proyectos que la Fundación Franz Weber lleva a cabo en territorio colombiano para que el proceso de paz no afecte al patrimonio natural, incluyendo a los animales

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Ernesto Samper, expresidente de Colombia.

Ernesto Samper, expresidente de Colombia. Ruth Toledano

Dentro del marco, complejo, difícil y esperanzador, del proceso de paz colombiano, y tras más 50 años de enfrentamientos armados, una de las grandes preocupaciones de ambientalistas y animalistas es la protección de la naturaleza en medio de los mecanismos del desarme.

Tras la firma definitiva del acuerdo de paz con las guerrillas de las FARC, y en el proceso de diálogo para la paz con el ELN, uno de los grandes retos del postconflicto es encontrar herramientas económicas y políticas para garantizar que Colombia pueda seguir siendo una de las zonas de mayor biodiversidad del planeta, pues la naturaleza colombiana ha permanecido intacta o menos explotada que en otros países de la región por los riesgos que el conflicto armado han representado para las empresas extractivas, petroleras y mineras, que no podían garantizar su seguridad en los territorios del país controlados por la guerrilla. 

Los animales también han sido víctimas de la violencia de la guerra, de los bombardeos, los desplazamientos y el conflicto con los desplazados humanos a sus hábitats, y no deben quedar fuera de la cultura de la paz. Ahora, su principal amenaza son esas empresas, que tienen puestos sus ojos en el patrimonio natural colombiano.

El abogado, economista y político Ernesto Samper fue presidente de Colombia entre 1994 y 1998, y desde 2014 hasta el mes de enero pasado fue secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). Partipó en las negociaciones que desembocaron en los Acuerdos de La Habana, firmados en septiembre de 2016 entre el Gobierno y las FARC. Él mismo sufrió las consecuencias directas de la violencia, cuando en 1989 fue víctima de un atentado perpetrado por un sicario paramilitar, que le dejó en estado de extrema gravedad. Samper fue ministro de Desarrollo en el gobierno de César Gaviria y embajador de Colombia en España.

En la actualidad el ex presidente Samper forma parte de un comité de alto nivel de Naciones Unidas que trabaja sobre el acceso a los medicamentos esenciales en países en vías de desarrollo para "enfermedades olvidadas, como la malaria, el dengue, las enfermedades tropicales, la lepra, la leishmaniasis o la hepatitis C". Samper propone el establecimiento de "un principio humanitario general que acabe con el monopolio de los laboratorios, que obtienen beneficios de un 2.000% en la comercialización de drogas de impacto humanitario". Asímismo, está inmerso "en la tarea de buscar los temas globales que permiten conocer que esto sigue dividido entre el sur y el norte, como la titularización financiera de los alimentos: convertir los títulos de los alimentos en activos financieros ha encarecido los alimentos en un 30% y hace que el mundo tenga más hambre teniendo más alimentos".

Desde estas perspectivas y en este punto del proceso de paz en Colombia, hablamos con Ernesto Samper sobre su colaboración con la Fundación Franz Weber (FFW).

¿Cuál es su vinculación con la FFW?

Se tiende a pensar que los procesos de paz acaban cuando se firma la paz. Al contrario: ese es el momento en el que comienzan los procesos. El año pasado se firmó la paz negativa en La Habana, en el sentido de que se pactó el cese bilateral y definitivo del enfrentamiento armado. Pero ahí es cuando comienza el proceso de construcción de una nueva sociedad, de un país con otros valores, con un abanico de alternativas políticas distintas sobre la forma de resolver las diferencias sin recurrir a la violencia, basado en el diálogo. Un grupo importante de ciudadanos (académicos, empresarios, políticos) lanzamos una iniciativa para vincular a la gente que quiera sostener la paz de los Acuerdos de La Habana y apoyar las negociaciones que se están produciendo en Quito con el ELN.

Un tema que nos parecía particularmente relevante es el del medioambiente. No solo porque la guerra ha ocasionado daños profundos, ha destruído especies y espacios naturales, ha eliminado más de siete millones de hectáreas de bosque, ha contaminado fuentes hídricas y ha sembrado minas antipersona, que afectan a todos los seres vivos, sino porque además hay unos compromisos que nos van a permitir recomponer el mapa medioambiental del país y vivir en un país más sostenible: protección de parques naturales, no destrucción por fumigación aérea de cultivos ilícitos, definición de la frontera agrícola, protección de las fuentes hídricas, protección de la biodiversidad.

A los jóvenes les interesa la protección de los animales y la FFW tiene una gran capacidad de movilización social, por lo que nos pareció positivo vincular estos temas con la paz.

¿Cómo reciben la sociedad colombiana y los distintos sectores vinculados con el proceso de paz esa idea de que la paz será incompleta si no incorpora el patrimonio natural y la protección de los otros animales?

Como bien sabemos, hay un sector que se opone a la paz, ya sea por razones ideológicas o porque está en contra del Gobierno. Eso explica el resultado del plebiscito sobre la paz que, lamentablemente, se perdió pero que yo no interpreto como un voto en contra de la paz sino como una sumatoria de votos negativos frente a un voto positivo y propositivo como era el de que el país viviera en paz. Para mí el 80% de los colombianos sigue apoyando la paz, aunque entiendo que una mayoría importante no quiera que se hagan concesiones de fondo, especialmente a las FARC, a cuenta de esa paz. Precisamente porque, a mi juicio, hubo una ausencia imperdonable de la sociedad civil durante los cuatro años del proceso de negociación de La Habana.

En este momento los colombianos sienten que la paz es de ellos, que tienen que hacer su contribución, y proyectos como este buscan desarrollar una pedagogía a favor de la paz. Vamos a crear un entorno de opinión favorable a la paz, y ese entorno hay que crearlo con nuevos instrumentos y con nuevos actores, como León Valencia, que preside la Fundación Paz y Reconciliación. Queremos que la gente joven se empodere. Como decía el presidente Mujica en una reciente conferencia en Colombia: que los jóvenes instalen la paz en sus corazones. Es una manera un poco poética pero muy cierta de decir que la paz es de ellos.

Hablaba usted de la destrucción medioambiental que ha conllevado la violencia. ¿La presencia de la guerrilla ha preservado también ciertos lugares del impacto de grandes multinacionales y empresas extractivas?

De hecho, salvo el caso de la minería a cielo abierto, ya las grandes centrales energéticas han entrado a territorios de violencia, especialmente las compañías petroleras. Es más, parte del daño ecológico que se ha causado es porque grupos como el ELN han estado volando los oleoductos para exigir apoyos monetarios y financieros a las grandes compañías petroleras transnacionales, a cambio de no llevar a cabo esas voladuras, no tumbarles las torres de energía, no afectar sus infraestructuras. Se han ocasionado derrames de petróleo en zonas que eran consideradas santuarios ecológicos. Ha sido muy duro de manejar. Digamos que, de alguna manera, el daño ya lo estaban haciendo compañías transnacionales en su relación conflictiva con estos grupos.

Es cierto que para otro tipo de proyectos, por ejemplo, de gran minería, podrían quedar ahora con las manos libres, pero el país los ha rechazado abiertamente, como en el Páramo de Santurbán. Allí una compañía iba a destruir prácticamente un páramo para extraer oro. La comunidad hizo un plebiscito y de 14.000 votos salieron 3 a favor de la compañía. Fue algo aplastante. Hay un rechazo de la gente. El problema que se puede presentar es el que tiene que ver con la minería informal. Hay muchos pequeños mineros que viven de una minería que no es sostenible, utilizan mercurio, trabajan sin protocolos preventivos, usan sustancias depredadoras y causan daño. No lo califico de minería ilegal, pues estaríamos criminalizando una actividad social, sino que en la minería informal también se tienen que discutir unos patrones de conducta y unos protocolos que son los que se estarían negociando con el ELN.

¿Cuáles son los acuerdos a los que ha llegado con la FFW y qué proyectos comparten?

Hemos identificado una áreas de común interés. Nos interesa la capacidad de movilización social de la FFW relacionando el tema de los animales con el tema del medioambiente. A la FFW le interesa el tema de juventud y paz y estamos programando una serie de actividades que hemos llamado ‘Café, Paz y Medioambiente’, que consiste en tomarse un café con los jóvenes para hablar de paz, e incluiría todos estos aspectos. Es una forma de socializar el mensaje de una paz de largo alcance.

También hemos hablado de proyectos específicos de postconflicto. Así como el conflicto es algo nacional, el postconflicto es local. La responsabilidad de pasar del conflicto al posconflicto es una responsabilidad de los alcaldes y de los dirigentes regionales, y por eso cada municipio tiene una especificidad diferente respecto a otro municipio en cuanto a concretar su proyecto posconflicto. Nosotros creemos que en principio hay tres tejidos que deben ser tenidos en cuenta para reconstruirlos. El tejido social, que tiene que ver con la presencia de una gran cantidad de víctimas y también de desmovilizados de la guerrilla. El tejido político tiene que ver con la presencia social del Estado, pues la que se conocía en las zonas que habían sido declaradas zonas de posconflicto era una presencia eminentemente disuasiva, represiva.

El  Plan Colombia fue una operación antiguerrilla disfrazada de operación antinarcóticos, que realmente no dejó nada en las regiones más que una mayor confrontación y una mayor polarización con los sectores sociales de esas regiones. Pensamos que ahí lo que se necesita es una presencia social mucho más activa del Estado: llevar educación, llevar salud, llevar posibilidades de desarrollo. Y eso supone que haya una presencia persuasiva y de pedagogía de paz, para lo cual se pretende crear Escuelas de Paz, retroalimentadores de paz en cada municipio.

Y finalmente está el tejido económico, donde también hemos encontrado un punto de contacto con la FFW. Porque a nosotros nos interesa que haya proyectos asociativos y que agreguen valor y encadenamientos productivos horizontales sobre la base de que sean sostenibles. Proyectos como el ecoturismo, la reforestación, la protección de aguas, los guardabosques. Son proyectos que tienen la virtud de que ocupan a la gente en actividades productivas, que por supuesto se necesitan, pero además permiten que hagamos lo que hemos denominado un ‘Nuevo Pacto con la Naturaleza’. Vamos a hacer la paz también con la naturaleza.

Todo ese proceso redundará en beneficio de los animales no humanos, que también han sufrido, directa e indirectamente, la violencia: siendo población desplazada de sus hábitats, sufriendo el impacto de poblaciones humanas desplazadas que ocupaban sus espacios, etc. ¿En que sentido favorecerán a los animales esos proyectos educativos y económicos?

Hay que tener en cuenta que Colombia, en proporción a su población, es el país más biodiverso del mundo. Tenemos una gran cantidad de especies animales, zonas tropicales, somos el primer país en mariposas, el segundo país en especies de pájaros, hay una variedad infinita de insectos en las zonas amazónicas. Creemos que va a haber una especie de efecto campana de protección de todo esto por el solo hecho de que se acabe la guerra. Hay testimonios de gente de las FARC que dicen que un bombardeo de una zona dejaba trescientos o cuatrocientos miquitos (monos) en el suelo, un cementerio de animales.

¿Hay algún proyecto con la FFW que ya esté implementando?

Hemos hablado de trabajar en tres líneas. Una de difusión y movilización, que se ha concretado en el proyecto ‘Café, Paz y Medioambiente’, con toda una metodología para poner a los jóvenes en una dinámica para socializar los acuerdos de paz e introducir el tema del medioambiente en las reflexiones sobre el país futuro.

En segundo lugar, ya está en marcha una Oficina de Seguimiento de los Acuerdos, que estamos haciendo de una manera muy técnica, con personas destacadas en las  zonas veredales y siguiendo muy al pie de la letra los Acuerdos para poner una especie de semáforo, en rojo, verde o en amarillo, a los temas que se van desarrollando. Nos interesa mucho que el tema ambiental también esté presente ahí. Y en tercer lugar, la puesta en marcha de proyectos productivos, como por ejemplo, el desarrollo de aldeas para el ecoturismo.

Hemos iniciado también conversaciones sobre la creación de un santuario de delfines en la costa del Caribe colombiano. Creo que estamos muy preparados para ello. Tener delfines en delfinarios en Barcelona es como tener tigres en París. Nos interesa porque tenemos 1.800 kilómetros de costa Caribe y es un proyecto muy bonito, aunque creo que necesita una alianza muy importante con el sector público, pues es un proyecto de por vida que requiere un soporte económico. Consistiría en abrirlos, organizarlos y entregarlos al Gobierno o a una entidad que tenga el músculo financiero para sostenerlos y aumentarlos. Pero el concepto es muy bonito y me parece la oportunidad para relacionar sistemas de valores que se conectan.

¿Será posible esa paz con la naturaleza?

Voy a decir algo sorprendente: es más fácil meter a los jóvenes en la paz a través del medioambiente que meterlos al medioambiente a través de la paz. Porque ellos están hablando de una paz futura, permanente, sostenible, están hablando de su entorno, del que les pertenece hacia el futuro, y para que ese entorno sea pacífico tiene que ser amigable con la naturaleza. Es muy bonita la reflexión.

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