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Análisis

El procés y el juego de la gallina

Con la lista única, Esquerra pierde y Mas empieza a contar los días para su retirada. Sin lista única, Junqueras se verá apurado para justificar su decisión y CiU debe dirigir el Govern por un callejón sin salida. Como posibilidad, que el independentismo no sea capaz de sumar la mayoría absoluta

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Mas: "Sólo avanzaré elecciones si son para hacer la consulta"

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"Hey Toreador, she signals, we head for the edge, and the first man who jumps is a chicken"

La película ‘Rebelde sin causa’, de Nicholas Ray, popularizó el temerario juego de la gallina. En el film, dos jóvenes compiten por ver quién es el último que salta de su vehículo, que dirigen a toda velocidad hacia un acantilado. El primero que abandone el coche pierde el juego y da la victoria al otro. El objetivo es aguantar más que el contrincante ante el riesgo de caer despeñado a una muerte segura.

Se lo había propuesto por todos los medios, de todas las maneras posibles, en incontables ocasiones, y él siempre lo había rechazado. Pero Mas optó este martes por apostar el todo por el todo reclamando una lista conjunta delante de Junqueras y de otras 3.000 personas, en acto solemne y con una detallada propuesta para llegar a la independencia de Catalunya en 18 meses. “Si Junqueras dice sí, por mi está hecho”, fue el desafío que Mas no pronunció pero que dejó en el aire tras una esperada alocución de cerca de una hora.

El president de la Generalitat dio la vuelta a sus cartas –ese plan B que tantas veces había negado– en el Auditorio del Fòrum y desnudó una propuesta que no tiene tantos elementos de novedad. No es desconocida la intención de formar una candidatura conjunta, algo rumiado desde el batacazo electoral del que se celebraba el segundo aniversario precisamente el martes. Tampoco estrenaba la propuesta de incluir a miembros de la sociedad civil en la lista para rebajar la carga partidista. Pero Mas si mostraba dos aspectos tan importantes como inéditos: que está dispuesto a llevar a Convergència a unas elecciones constituyentes y que está en condiciones de inmolarse políticamene si es indispensable aceptando un último puesto en la lista unitaria.

Descubría Mas sus bazas y, al mismo tiempo, ponía en un aprieto a Junqueras, para quien una candidatura compartida con CiU nunca ha sido deseable. “ERC lo tiene ahora más difícil para no sumarse a una lista conjunta”, aseguraba al fin del acto una Carme Forcadell cada día más cercana a las posiciones de Mas. Y no le faltaba razón. El líder de CiU ha decidido que donde las dan las toman y que si en los últimos dos años ha sido Esquerra quien frecuentemente ha condicionado su Govern ya ha llegado la hora de que él condicione las decisiones de Esquerra. Junqueras necesita mucho músculo para decir no a una hoja de ruta para la independencia a un Govern que hace no tanto ni siquiera se declaraba independentista.

La propuesta de Mas tiene mucho de huida hacia adelante. El recuento de daños de Mas de estos últimos dos años es desastroso. Su segunda legislatura ha roto la coalición de CiU, ha hundido a su partido según los sondeos otro 30% después de una caída del 20% entre 2010 y 2012, ha quemado los puentes con el Estado y con la mayoría parlamentaria, bien sea por el proceso soberanista o por los recortes sociales, y para colmo el 9-N ha terminado por romper su pacto de estabilidad con ERC. La situación de debilidad de Mas es patente en la mayoría de zonas donde se meta el termómetro, pero sirve para ilustrarla su necesidad inminente de aprobar unos presupuestos contando con solo el 37% de los diputados de la cámara y sin nadie al otro de la mesa de negociación.

Un ‘no’ de Junqueras pondría a Mas en una situación imposible. Obligado a gobernar en minoría, necesitaría llegar a pactos puntuales con las fuerzas soberanista o cambiar radicalmente su discurso en lo nacional, algo que acabaría por quebrar la ya magullada federación nacionalista. Por lo tanto, las alternativas son lista conjunta o nada. Pero la opción “nada” traería probablemente también problemas para Junqueras, a quien se le acusaría de anteponer los intereses partidistas a la independencia, más aún cuando Mas ha suscrito en su declaración buena parte del proyecto político presentado por Junqueras tras el 9-N para llegar a una República catalana.

Más allá de los problemas que se presentan ante ambos partidos, la cuestión de fondo es si la lista conjunta obraría el milagro de obtener mayoría absoluta. El último sondeo del Gesop habla de que ni juntos ni por separado los partidos que se disputan el centro independentista alcanzarían los 68 escaños, una cifra que sí podrían rondar si suman tras las elecciones los escaños de la CUP. No hay datos de qué podría pasar si la candidatura, tal y como ha ofrecido Mas, está salpicada de caras conocidas de la sociedad civil.

Que el proceso soberanista está haciendo saltar por los aires el sistema de partidos catalán no es un secreto para quien ha sido testigo de la quiebra de los dos partidos que habían acaparado entre el 60 y el 80% de voto durante dos décadas. Lo que hasta ahora no ha probado es su capacidad para destruir líderes. Pero el martes Artur Mas se propuso voluntario a una operación kamikaze e hizo poner las barbas de Junqueras a remojar. Con la lista única, Esquerra pierde y Mas empieza a contar los días para su retirada. Sin lista única, Junqueras se verá apurado para justificar su decisión y CiU debe dirigir el Govern por un callejón sin salida. Como posibilidad, que el independentismo no sea capaz de sumar la mayoría absoluta. El futuro político de Catalunya se disputa en un juego de la gallina.

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