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Feminización no es maternización

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El debate sobre la feminización de la política se extiende en España, en parte, de la mano de Pablo Iglesias y sus recientes declaraciones en un coloquio organizado por este diario. Dichas declaraciones fueron presentadas recortadas en un programa matinal de radio, lo cual las tergiversó y le hizo decir lo que en realidad no decía. Solo con haber escuchado la continuación de la frase hubiera bastado para acceder al sentido real de sus declaraciones. El coro de denuncias ante el supuesto machismo de Iglesias no se hizo esperar abarcando a los dos grandes partidos históricos en un ejercicio de cinismo demasiadas veces vivido. Sin embargo, esta polémica sirve para volver a pensar de qué hablamos cuando nos referimos a la llamada feminización de la política.

Bien dice Iglesias que no se trata exclusivamente de la presencia de las mujeres en los puestos directivos de los partidos políticos o en los consejos de administración de las grandes empresas, cuestión que remarca, y esto es lo que se cercenó, como algo que estaba muy bien.

El problema es que ahí no está el debate pues hay un amplio consenso social y político en facilitar la inclusión de las mujeres en todos los órdenes de la cultura. De ahí la idea de cuotas o de listas que incluyan alternativamente mujeres y hombres y respeten el fifty-fifty en el reparto de los hipotéticos cargos.

El debate está en lo que Iglesias señala a continuación: la feminización tiene que ver con la forma de “construcción de lo político”, construcción que tiene que tomar en cuenta el conflicto inherente a lo político ya que se trata de la conquista de derechos. Este es el punto candente en el que conviene entrar.

En esta propuesta de feminización Iglesias es insistente. En un acto de la campaña electoral en la Facultad de Economía de La Coruña, realizado el 16 de diciembre de 2015, propuso llevar a la política el estilo femenino de hacer en el mundo, dejando abierta la respuesta sobre cuál sería ese estilo que se promueve.

En ese momento escribí un artículo en este mismo espacio donde decía que estábamos ante una propuesta subversiva que apostaba por “otra relación con la palabra, con las identificaciones y con el goce, distinta según se esté del lado mujer o del lado hombre de los seres parlantes, sexuados y mortales.” A su vez, afirmaba que “si del lado masculino hay un "sé" inicial que cierra el mundo, del lado femenino se instala desde el principio un "no sé" radical. Es este "no sé" el que, entre otras cosas, puede hacer abandonar a la política cualquier idea teleológica y cualquier convicción de que existiría una clase predestinada en la tarea de la emancipación. Lo femenino instala la falta de certezas y la posibilidad de lo verdaderamente nuevo en la política: incluir la singularidad subjetiva oponiéndose a los fenómenos de masas.”

Esta feminización que hace un año quedaba abierta, hoy se va definiendo de una manera que es preciso analizar. Hay una tendencia del pensamiento actual a sostener que feminizar la política es centralmente “construir comunidad” por la vía de los “cuidados” de la cual son modelo las madres ya que son ellas las que los han ejercido desde el inicio de los tiempos sobre los hijos y el hogar. Este noble hacer de las madres, sin el cual cada uno no estaría en este mundo, es tomado como la referencia principal para conseguir salir del modelo falocéntrico y patriarcal que domina el accionar político. Así también lo señala María Eugenia R. Palop, participante en el susodicho coloquio, en un artículo publicado en este diario el 30 de diciembre: “La política feminizada es la que se apoya en una ética del cuidado entendida como ética femenina.” Aclarando inmediatamente que no todas las mujeres se inscriben en esto y que algunos hombres también la practican. Y agrega: “(...) que se entienda la urgencia por hacer visible y conferir valor público tanto a las actividades de cuidado como a las mujeres que las protagonizan, así como redistribuir tales actividades entre los diferentes miembros que componen la sociedad, sean hombres o mujeres.”

Todo esto está dicho claramente en numerosos artículos y debates como, por ejemplo, en el publicado en la revista La Circular sobre la feminización de la política donde Clara Serra afirma que “feminizar la política es, para mí, incorporar a la política cosas que han sido ajenas a ella, cosas que tienen que ver con lo que las mujeres somos capaces de traer e incorporar –los cuidados–, cosas que feminizan la política”.

Esta deriva es el punto donde, para mí, se confunde la feminización con la maternización, cuestión que hace perder el valor subversivo que la presencia de las mujeres podría tener en el seno de la política y la cultura. Sin darse cuenta, al proponer que la feminidad tiene que ver con los cuidados, se vuelve a meter por la ventana el diablo patriarcal que con mucho ahínco se expulsó por la puerta.

Esta confusión entre la mujer y la madre, maternizando a la mujer,  es la posición clásica que ha defendido la lógica masculina como un modo de hacer ante el enigma de lo femenino. Es conocida la distinción descrita en la estructura masculina donde la esposa es transformada en una mujer amada -como una madre- pero no deseada y la amante es la mujer deseada -pero no amada- y con la cual no se quiere convivir.

La madre y sus cuidados no alcanzan a recubrir lo femenino, más bien son términos antinómicos. Madre y mujer se oponen, aunque la cultura haga un gran esfuerzo por velar esta diferencia. Tranquiliza enormemente ubicar a la mujer en el lugar de la madre que cuida, pero no resuelve el debate sobre la feminización. Más bien lo vela.

Podemos pensar que esta dificultad en separar a la mujer de la madre está relacionada con el rechazo de lo femenino que habita a los hombres y a las propias mujeres, más allá de lo que conscientemente se sostenga. Este rechazo es consustancial a los seres hablantes a pesar de la mejor voluntad y de todas las buenas intenciones. Rechazo que tiene que ver con que hay en lo femenino algo intolerable para todos. ¿Y qué es eso que es intolerable? Es el que no haya una palabra que permita nombrar a la mujer de una vez y para siempre y hacer una clase con ellas, como se hace con los hombres, junto con la existencia de un goce femenino que escapa a la posibilidad de ser explicado, goce misterioso que la sitúa en un lugar de enigma, provocador de hostilidad, desprecio y envidia.

Sin embargo, es de este goce de donde surge lo que interesa a la política ya que brinda la posibilidad de entrar en una lógica de funcionamiento que rechaza a la lógica masculina del para-todos y la excepción, la lógica de la excepcionalidad del Soberano que describió Carl Schmitt.

Las mujeres están concernidas por una lógica del no-todo que apuesta por la singularidad y que las hace menos proclives a los fenómenos de masas y a quedar fascinadas por proyectos dominados por un ideal finalista: no todo puede ser dicho, no todo es atrapado por el sentido, no todo se puede conseguir. Esta diferencia es la que ellas introducen, aunque no lo quieran, en el accionar cotidiano, conmoviendo las estructuras masculinas que se resisten ante este avance.

Es de ellas, de las mujeres y no de las madres, de donde se puede esperar algo nuevo. Por eso, confundir la feminización, transformándola en una maternización por la vía de los cuidados, mataría la buena nueva que lo femenino nos hace avizorar.

Es necesario abrir la reflexión sobre lo que las mujeres pueden aportar al mundo y hacerlo yendo un poco más allá de la idea del cuidar ya que de esta apertura se pueden derivar consecuencias aún hoy insospechadas.

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