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Los últimos de Filipinas

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Aprovecharé el estreno de la última película protagonizada por Luis Tosar para hablar de un tema que poco tiene que ver con el sitio de Baler en 1898: los procesos de gentrificación y de destrucción creativa de la ciudad que afectan a  numerosos centros urbanos de todo el mundo, también en Valencia. Frente a los que hablan de “revitalización”, “dinamización”, “resurgimiento” de barrios como Russafa, celebrando la llegada de las anheladas clases creativas que contribuyen a posicionar un barrio otrora degradado, olvidado y feo entre los espacios urbanos cool del país, me sitúo entre los que defienden la teoría de la conspiración de la gentrificación. La gentrificación como consecuencia de la acción (e inacción) por parte de la administración local y autonómica en lo que se refiere a gestión de un espacio urbano en todas sus vertientes: vivienda, movilidad, servicios sociales, y especialmente espacio público.

La idea me vino a la cabeza cuando en una reunión de la comunidad de vecinos, sita al lado de la calle Filipinas de Valencia, en pleno barrio de Russafa, me sorprendió ver que ya solo quedamos dos vecinos en toda la finca de diez viviendas, por lo tanto ya ni comunidad, ni vecinos. El resto de viviendas han ido quedando vacías por la marcha de unos y el fallecimiento de otros. Ello no significa que el edificio haya quedado abandonado ni mucho menos, porque en los últimos años se observa la llegada de habitantes a tiempo parcial: básicamente jóvenes profesionales y turistas. ¿Qué tendrá que ver la gentrificación de un barrio con que un edificio pase a acoger a nuevos vecinos en régimen de alquiler? ¡Qué pesados con la gentrificación con lo bonito que ha quedado Russafa y sus nuevas aceras!.

Ser vecino y observador cotidiano de la realidad urbana que me rodea contribuye a alimentar mi mente calenturienta con matices y pequeños cambios que uno va observando en su entorno. En un estudio publicado hace un par de años documentamos de qué manera estaba cambiando a velocidad de vértigo el barrio desde el punto de vista comercial, de la tienda china a la galería de arte, del bar marroquí al gastrobar con tapas de autor, junto con la proliferación de todo tipo de espacios y propuestas culturales que por un lado dinamizan el barrio, pero por otro generan ciertas molestias por masificación y ruidos. Sin embargo las alarmas se encendieron cuando cierto día (y no era Fallas), empezaron a vagar por el barrio individuos de diversas edades, orígenes y atuendos exóticos con su LonelyPlanet bajo el brazo: por fin llegaba el turismo para descubrir el nuevo Soho valenciano, refugio de artistas, bohemios y eso que llaman emprendedores. Para añadir más leña al fuego diré que el proceso de gentrificación ha ido acompañado por un imparable proceso de turistificación del barrio y del espacio público. Con el turismo no llegaron las terrazas de bares, pero sí contribuyeron a su multiplicación. No obstante sí llegó la mal llamada economía colaborativa, las redes sociales para compartir u ofrecer alojamiento o todo tipo de servicios, lideradas por la plataforma Air BnB, y que están suponiendo todo un mecanismo de expulsión de población en espacios centrales y turísticos, hasta el punto de haber propuesto su prohibición o restricción en numerosas ciudades de California, que se movilizan contra la airbnbficación del parque de viviendas. Compre usted un edificio viejo por 500.000 euros y rehabilitación mediante, ponga en el mercado de Airbnb 10 viviendas a razón de 100 euros al día por vivienda. En un par de años con una ocupación media del 50% la inversión inicial la tiene recuperada, oiga.

Simples indicios, dirán, aunque solo en Russafa el número de viviendas de alquiler en esta popular red ya ronda el centenar, alguna de ellas ya son vecinos míos. Veamos otros: rutas de la tapa por el barrio patrocinadas por una importante empresa inmobiliaria, un interés inusitado de inmobiliarias de lujo por adquirir mi vivienda, sita junto al futuro flamante parque central, pero sobre todo el testimonio de gente mayor y familias que deciden marcharse, ya no solo por el aumento del precio medio del alquiler en el barrio, sino por el ruido, la invasión de terrazas, y en definitiva la conversión del barrio en un auténtico parque temático que dificulta la movilidad, la vida de barrio y la convivencia. ¿Zona ZAS entonces?. Frente a esto de ser barrio cool hay soluciones menos drásticas: la vuelta a la política PÚBLICA: vivienda pública, espacio público, colegio público y pequeño comercio público, esto es, protegido como servicio a la comunidad (la frutería, pescadería y el bar de barrio frente a la oleoteca y el restaurante de estrellas Michelín). ¿No hay dinero? Vía ordenanzas municipales y fiscalidad se puede también ser muy creativo para favorecer un barrio realmente multicultural y de diferentes clases sociales. De momento seguiremos informando desde el frente, los últimos de Filipinas.

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