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DESALAMBRE

Desnudos de rabia frente al muro de Marruecos en el Sáhara Occidental

Activistas y artistas invitados al FiSáhara protestaron contra la ocupación marroquí en territorio minado frente al segundo muro más largo del mundo

"Apetece saltar el muro con los zancos, pero nos limitamos a una acción poética para reforzar la lucha de los pueblos y poner en tensión a los opresores", dice Iván Prado de Pallasos en Rebeldía

Hafdala, saharaui de 24 años, recuerda la primera vez que vio el muro que le impide regresar a su país: "Solo sentía rabia"

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Iván Prado, portavoz de Pallasos en Rebeldía, frente al muro de Marruecos en el Sáhara Occidental/ Gabriela Sánchez

Iván Prado, portavoz de Pallasos en Rebeldía, frente al muro de Marruecos en el Sáhara Occidental/ Gabriela Sánchez

Hafdala recuerda el primer día que vio la razón por la que nació luchando. Aquella mañana observó la materialización de la invasión de su país: la montaña de arena de cerca de 2.700 kilómetros de largo y ridículas dimensiones de alto levantada para marcar los territorios ocupados del Sáhara Occidental. "Solo veía a los militares marroquíes. Nada más". Ignoró el verdadero muro, las  miles de minas antipersonas esparcidas por la zona, y corrió hacia ellos. Corrió sin consciencia, hasta que sus amigos se abalanzaron sobre él. Tuvo suerte, no pisó artefacto alguno. El azar no quiso arrebatarle una pierna, una mano o una vida, como sí ha ocurrido con otros muchos compatriotas. Gritó, se enrabió, y regresó al campamento de refugiados. A esperar de nuevo.

"Solo sentía rabia", reitera. Cerca de 2.500 personas han sufrido los ataques de los millones de minas desperdigadas en los alrededores del segundo muro más grande del mundo, según la Organización Acción contra la Violencia Armada. Pero a Hafdala, en ese momento, nada le importaba. Toda su vida, levantada en un secarral cedido por Argelia —enemigo histórico de Marruecos—, gira en torno a la recuperación de la zona trasera de ese maldito muro. No ha pisado el origen de su ira. Nunca llegó a disfrutar su país. Tiene 24 años y nació cuando todo o nada estaba decidido: el Sáhara Occidental no pertenece a Marruecos, según la ONU, pero lo controla Marruecos. Los saharauis deberían haber celebrado en 1991 un referendum por su autodeterminación pero aún esperan. En noviembre se cumplen 40 años de exilio.

Pero Hafdala sí ha vivido la escasez de agua mientras su padre rememoraba el mar que corona la ciudad ocupada de Dajla. Ha soportado el calor asfixiante de agosto mientras sus mayores recuerdan un clima más llevadero. Sus dientes empiezan a enegrecerse porque el agua a la que acceden los refugiados saharauis está compuesta por una serie de componentes que destrozan poco a poco el esmalte de quien bebe. Sabe que no tendrían por qué soportar estas condiciones, pero las suyas les fueron arrebatadas.

Este tipo de estallidos inconscientes de ira se repiten en algunas de las manifestaciones organizadas cada mes por los jóvenes integrantes del movimiento Gritos contra el Muro, quienes dicen defender el retorno a las armas para alcanzar una solución al conflicto que les mantiene en el exilio. El pasado domingo, activistas, artistas y cineastas convirtieron la rabia encorsetada transmitida por los refugiados durante el Festival Internacional de Cine FiSahara en varios actos simbólicos a los pies del muro de Marruecos para exigir la autodeterminación del pueblo saharaui.

Unos grandes zapatos amarillos caminan directos hacia el muro. Los militares observan con sus prismáticos desde el otro lado: narices rojas, sombreros, un trapecio improvisado... Han vuelto, son ellos: los Pallasos en Rebeldía regresaron al llamado muro de la vergüenza para denunciar la ocupación marroquí a través de la risa.

Una voz saharaui se apresura a avisarles: "¡Cuidado! No podéis acercaros más! No sabemos dónde están". Las lluvias del pasado diciembre provocaron el desplazamiento de las minas por esta zona y, aunque las ONG que trabajan para desactivarlas habían logrado establecer un camino libre de explosivos hasta las proximidades de la alambrada de espino, el trabajo se perdió. Podrían estar, podrían explotar. Los Pallasos quieren hacer el payaso más cerca, pero se contienen.

Una mina antipersona señalizada en los territorios liberados del Sáhara Occidental próximos al muro de Marruecos/ gabriela Sánchez

Una mina antipersona señalizada en los territorios liberados del Sáhara Occidental próximos al muro de Marruecos/ gabriela Sánchez

"Siempre tienes la sensación de querer hacer mucho más. Lanzas tartas de nata, te pones narices rojas, te desnudas y sientes libertad, pero siempre queda cierta frustración de no hacer algo más", explicó Iván Prado a eldiario.es, portavoz del colectivo. Después de actuar frente a diferentes muros del mundo, como el de Cisjordania o la valla de Melilla, y convivir durante días con sus poblaciones afectadas, la rabia descrita por Hafdala parece haber calado también en el grupo de artistas.

"Apetece saltar el muro con los zancos, pero nos limitamos a una acción poética para reforzar la lucha de los pueblos y poner en tensión a los opresores. El payaso siempre quiere más, más risas, menos límites.... No vamos a ir más allá, por respeto a la generosidad de los saharauis", añadió Prado.

Cuando el pintor saharaui Mould Yeslem posó sus pies un año más frente al muro comenzó a ver restos de algunas de las flores 'sembradas' un año atrás. Están desteñidas por el paso del tiempo, rociadas de arena, desaliñadas, o tiradas, pero están. El artista regresó con una caja a rebosar de originales rosas de papel fabricadas por alumnos de un colegio de Manresa (Barcelona), y abandono la zona con una larga hilera de flores de colores colocadas como grito contra la manta de artefactos antipersonas esparcida entre los territorios ocupados y los liberados. Los mensajes de ánimo y empatía hacia la población saharaui quedaron sembrados frente a la mirada impasible de los militares marroquíes que custodian la zona alauí.

La foto de su hijo desaparecido durante la dictadura argentina, Carlos Gustavo Cortiñas, la acompaña allá donde va. Con su imagen colgada del cuello, Nora de Cortiñas, presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo también caminó por los alrededores de la zona minada para apoyar la libertad del pueblo saharaui. Sus 85 años de edad no le impidieron observar durante una hora y media las acciones realizadas frente al muro de Marruecos.

Pallasos en Rebeldía realizan una acción frente al muro de Marruecos en el marco del FiSahara/ G. S.

Pallasos en Rebeldía realizan una acción frente al muro de Marruecos en el marco del FiSahara/ G. S.

Siempre enérgica, Nora acudió al festival para compartir su experiencia de persistencia en la búsqueda de su hijo junto a otras expertas en el arte de la lucha y la paciencia: las víctimas del genocidio saharaui durante la invasión marroquí del Sáhara Occidental. "No perdemos. No olvidamos y no nos reconciliamos con los genocidas", reiteró una y otra vez durante su estancia en los campamentos de refugiados saharauis.

"Este pañuelito -símbolo de las Madres de la Plaza de Mayo- perturba a muchos jueces policías, militares, torturadores...", reflexionó días antes en un encuentro con supervivientes de los bombardeos de fósforo blanco y napalm lanzados por Marruecos en febrero de 1996. Frente al muro, Nora señalaba a los militares marroquíes, y repitió: "Nuestra presencia les pone nerviosos. ¡Venceremos!"

Nora de Cortiñas, presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo, lee algunos de los mensajes dejaron en las flores que colocaron frente al muro. Detrás, militares marroquíes custodian la zona desde el lado ocupado/ Gabriela Sánchez

Nora de Cortiñas, presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo, lee algunos de los mensajes dejaron en las flores que colocaron frente al muro. Detrás, militares marroquíes custodian la zona desde el lado ocupado/ Gabriela Sánchez

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Nota: Esta cobertura se realiza en el marco de la celebración del Festival de Cine Internacional FiSahara. Los gastos del viaje corren a cargo de la organización del festival.

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