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Rodrigo Rato, el presunto… gran gestor

Rato se comportó en el poder como un cleptócrata profesional, como el vicepresidente de una república bananera, con el descaro y la impunidad de quien se sabe por encima del bien y del mal

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Al fin sabemos cuál fue la verdadera razón que llevó a Rodrigo Rato a renunciar a mitad de mandato a uno de los sillones más importantes que jamás ha ocupado un español, la presidencia del Fondo Monetario Internacional. No fue nada personal, solo negocios. Sus negocios en paraísos fiscales, los negocios que hoy investiga la Justicia y que retratan a Rodrigo Rato, un delincuente ya condenado a cárcel por las Black, como un político que fue corrupto desde el primer día en que tuvo ocasión. Presuntamente. Presuntamente también trabajó.

Rodrigo Rato, el ‘milagro español’, nunca fue un buen ministro de Economía, por mucho que sus palmeros le hayan querido vender como tal. Tuvo la suerte de llegar al Gobierno cuando ya había arrancado un ciclo de crecimiento económico generalizado en todo el mundo y se fue antes de que explotase la burbuja inmobiliaria que él mismo hinchó. Logró entrar en el euro –visto el resultado, tal vez fuera nos habría ido mejor– gracias a trucos contables, como el del déficit de tarifa eléctrica con el que rebajó artificialmente la inflación. Aprovechó el tiempo en el Ministerio de Economía para sacarse el doctorado –ya se sabe que un puesto así te sobra tiempo para estudiar– y también para sus negocios personales. Para engordarlos desde el poder.

Como ministro de Economía, Rato puso en marcha las mayores privatizaciones. Vendió las joyas de la corona: Telefónica, Repsol, Tabacalera, Gas Natural, Argentaria… Pero antes de privatizar, el PP dejó como presidentes a una serie de ejecutivos escogidos a dedo por el propio Rato y Aznar, entre selectos compañeros de pupitre, como Juan Villalonga, o amigos ideológicos, como el exgobernador civil franquista Rodolfo Martín Villa. El periodista Jesús Mota, ya en 2001, contó aquel proceso en un libro fundamental: ‘Aves de RaPPiña’.  Mota explicaba el método muy bien. Cada presidente nombrado por el PP nombraba a su vez a varios consejeros ‘independientes’. Y esos ‘independientes’, con la compañía ya privatizada, eran los que luego mantenían al presidente en el poder.

Hoy por ti, mañana por mí. Fueron esas compañías privatizadas, y también algunas otras públicas, como Paradores –donde ahora manda su exmujer– las que engordaron durante años su patrimonio oculto a través de los contratos con una empresa que el propio Rodrigo Rato fundó de forma opaca cuando ya estaba en el Gobierno, en 1997. Según el informe de la Agencia Tributaria que eldiario.es publicó hace dos meses, Rato facturó cantidades millonarias a todas estas empresas mientras era vicepresidente del Gobierno. En España no pasó nada. Nadie se enteró y estas prácticas resultaron impunes durante años. En el FMI no coló.

Rodrigo Rato salió del FMI cuando allí descubrieron que ‘el milagro español’ movía sumas millonarias a través de paraísos off shore, según ha desvelado El Mundo que cita un informe de la UCO. La auditoría del FMI le interrogó por sus empresas en paraísos fiscales. Dos días después, Rato dimitió.

Honra al FMI que fuese capaz de encontrar esas empresas off shore de Rodrigo Rato y le empujasen a salir de allí. Pero es indignante que desde el Fondo no dijeran nada cuando se le descubrió, que permitieran a Rato argumentar que había presentado su dimisión por "motivos personales". Tal vez si el FMI hubiese hecho lo que debía nos podríamos haber ahorrado una parte de la histórica factura que ‘el milagro español’ nos dejó en su última gran época como gestor, al frente de Bankia, como último responsable del rescate financiero español.

¿En qué se parece el aloe vera a Rodrigo Rato? En que cuanto más se le investiga, más propiedades aparecen. La Audiencia Nacional ha encontrado indicios muy serios de corrupción en sus años en el Gobierno, en sus años en el FMI y en sus años en Bankia. Rato era el ministro de Economía y Hacienda que pedía a los españoles que pagasen sus impuestos mientras escondía siete millones en un paraíso fiscal. Rato –siempre según la investigación judicial– mantuvo esos negocios off shore y blanqueó dinero mientras estaba en el FMI. Y Rato volvió al saqueo directo en sus años de Bankia, donde jugó a la chica y a la grande. A desvalijar la caja de poco en poco, con su tarjeta Black, y también de mucho en mucho, con los grandes contratos de publicidad de los que, según la UCO, se llevaba una enorme comisión.

Rato se comportó en el poder como un cleptócrata profesional, como el vicepresidente de una república bananera, con el descaro y la impunidad de quien se sabe por encima del bien y del mal. Hizo falta que protagonizase la quiebra de Bankia y provocase el rescate financiero español para que el foco de la justicia se fijase al fin en él. Habla muy mal de España, de sus élites económicas, de su partido, de sus compañeros de Gobierno, de quien a punto estuvo de nombrarle presidenciable por el PP, que nadie viera nada, que nadie dijese nada, que nadie denunciase nada. Como en el Lazarillo, allí habría otros que también tomaban las uvas de tres en tres.

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