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¿Y este qué hizo? Un paseo por las calles con nombres de inventores españoles

Solemos ver su nombre en una placa o lo buscamos en Google Maps. Isaac Peral, Torres Quevedo, Juan de la Cierva, Santiago Ramón y Cajal, Rafael Guastavino, Mariano Fortuny... Son solo algunos de los ingenieros, arquitectos o científicos que tienen una calle en ciudades como Madrid, Barcelona, Gijón o Valencia. De muchos, sin embargo, sabemos bien poco. Te contamos por qué estos precursores se merecen estar en el callejero y quiénes, a pesar de sus logros, todavía faltan.

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Isaac Peral fue el inventor del primer submarino con propulsión eléctrica

Isaac Peral fue el inventor del primer submarino con propulsión eléctrica

Cuando una calle hace honor a una persona, imaginamos que contribuyó de un modo u otro a que avanzara nuestra sociedad. Más allá de esa vaga idea de que seguramente fue un personaje importante, no solemos tener mucha idea de sus logros. Puede que sepamos lo que hicieron los más famosos: Isaac Newton, Galileo Galilei, Doctor Fleming, Thomas Alva Edison, Albert Einstein… Sin embargo, lamentablemente, cuando son nombres españoles es más habitual que no sea el caso.

Hoy queremos rendir un tributo a estos prohombres de la ciencia y la tecnología para que la próxima vez que pases por sus calles sepas cuáles fueron sus inventos más destacados. Desde crear el primer submarino o el autogiro hasta realizar aportes científicos clave para el avance de la medicina. Algunos han obtenido un Premio Nobel u otros grandes reconocimientos más allá de nuestras fronteras.

Los pioneros de la navegación

Uno de los más conocidos es Isaac Peral. Con calles en Madrid, Barcelona, Salamanca, Córdoba, Ávila, Albacete, Zaragoza, Gijón y su natal Cartagena (Murcia), este ingeniero revolucionó la navegación marina a finales del siglo XIX. Aunque no fue el inventor del primer submarino navegable de la historia (eso se le atribuye al holandés  Cornelius Jacobszoon Drebbel, que lo hizo en 1620), sí lo fue del primero de propulsión eléctrica y capaz de lanzar torpedos bajo el mar.

Su nave consistía en un casco de acero de unos 22 metros de eslora y casi 3 metros de estribor a babor en su parte más ancha. En el centro tenía una escotilla que daba acceso al interior del submarino. Además, contaba con un moderno periscopio y detalles tan avanzados para la época como provisión de oxígeno o soluciones para el empañado de los cristales.

Para su construcción, Peral registró siete patentes entre 1887 y 1891. Hoy el navío se expone en Cartagena, como monumento, en el Paseo de Alfonso XII, frente al mar, y es objeto de muchas actividades educativas. Por ejemplo, en verano de 2016 un grupo de alumnos del Instituto de Educación Secundaria Politécnico de Cartagena hizo una réplica del submarino y lo sumergió en aguas del puerto de la localidad.

El sumergible no fue lo único que pergeñó este incansable inventor. También es padre de una ametralladora y un ascensor eléctrico. Incluso fue emprendedor al crear sus propias empresas, el Centro Industrial y de Consultas Electro-Mecánicas y la Electra Peral-Zaragoza en 1893.

Sin embargo, Peral tampoco fue el primer español en poner un submarino bajo el agua. Antes lo logró el catalán  Narcis Monturiol, que mantuvo bajo el agua en 1859 un prototipo conocido como el Ictineo I. Hecho casi en su totalidad de madera y concebido para observar corales, este navío estuvo durante más de 2 horas a 18 metros de profundidad.

Su siguiente modelo, ya tripulado y con motor de combustión, el Ictineo II, vio la luz cinco años después y contaba con un revolucionario sistema anaeróbico para eliminar el dióxido de carbono y reponer el oxígeno en el interior. A pesar de sus avances, Monturiol falleció arruinado y olvidado en Barcelona.

Hoy cuenta con calles en Madrid, Palma de Mallorca, Elche (Alicante), Paterna (Valencia), en su natal Figueres y en localidades catalanas como Lloret de Mar, Blanes o Pineda de Mar.

Una réplica del Ictineo I expuesto en el Museo Marítimo de Barcelona

Una réplica del Ictineo I expuesto en el Museo Marítimo de Barcelona

Mirando al cielo: creadores del teleférico y el autogiro

Siguiendo la ruta, otro de los nombres ilustres es el de  Leonardo Torres Quevedo. A este cántabro, inventor del teleférico, se le ha rendido tributo en Santander, Zaragoza o Burriana (Valencia). Su primera patente la registró a finales del siglo XIX, aunque su funicular aéreo y colgado de múltiples alambres capaz de transportar personas vio la luz en 1907 en el monte Ulía, en San Sebastián.

Incluso puso su sello más allá de nuestras fronteras. En 1916, Torres Quevedo inauguró un funicular aéreo, conocido como Spanish Aerocar, que aún hoy sigue atravesando las famosas  cataratas del Niágara, en la frontera entre Estados Unidos y Canadá.

Aunque no es lo único por lo que elogiar a Torres Quevedo. En 1903 presentó el Telekino, un autómata que ejecutaba órdenes transmitidas mediante ondas hertzianas, y creó el primer aparato de radiodirección del mundo. Así,  junto con el influyente Nikola Tesla, se convirtió en pionero de los mandos a distancia. Además, Torres Quevedo es el padre de la  primera calculadora digital de la historia.

Otro referente de los cielos (y ahora en las calles españolas) fue el murciano Juan de la Cierva. El inventor del primer autogiro, aparato precursor del actual helicóptero, cuenta con tributos en Madrid capital y municipios como Arroyomolinos, Arganda del Rey o Móstoles, así como en Zaragoza, Granada, Badalona y, por supuesto, su Murcia natal y alrededores.

Juan de la Cierva, con gorro y gafas de aviador, en el aeródromo de Lasarte (Gipúzcoa)

Juan de la Cierva, con gorro y gafas de aviador, en el aeródromo de Lasarte (Gipúzcoa)

Su invento, presentado en Madrid en 1920, se diferencia del de los precursores de los  hermanos Wright, pioneros en la aviación mundial, en que sus alas se fijaban a un rotor y no a la aeronave. Aunque el aparato no llegó a volar, contribuyó a crear un modelo que abrió la puerta a los actuales helicópteros. Él mismo ayudó a desarrollar, unos años más tarde, el primer helicóptero español, creado por  Federico Cantero Villamil, a quien también se recuerda en calles de Móstoles (Madrid) o en Horche (Guadalajara).

Grandes del arte

De sectores como la arquitectura o las artes escénicas también han salido inventores que tener en cuenta. El granadino  Mariano Fortuny de Madrazo fue precursor de la alta costura y de la moderna escenografía. Sin embargo, al compartir nombre con su padre, Mariano Fortuny Marsal, uno de los pintores más importantes del siglo XIX español, muchas de las calles hacen clara referencia a su progenitor al estar rodeadas por las de otros grandes del arte como Picasso, Miró o Sorolla.

No obstante, su hijo bien merece reconocimiento al ser el inventor de la iluminación escénica por luz indirecta, el sistema Fortuny, y más tarde de la llamada Cúpula Fortuny, una estructura flexible y esférica  que se colocaba en la parte posterior del escenario para reproducir de forma realista el cielo y optimizar en exteriores la acústica de las representaciones.

Otro artista con pocas referencias callejeras es el arquitecto Rafael Guastavino. Solo recordado en su Valencia natal, fue el creador de edificios tan emblemáticos como la Biblioteca Pública en Boston, el  puente de Queensboro (también conocido como  el puente de la Calle 59 ) o el Oyster Bar en la Estación Gran Central de Nueva York. En 1881, con 39 años, emigró a la Gran Manzana y alcanzó el éxito gracias a sus proyectos resistentes al fuego. Tanto fue así que a su muerte, en 1908, The New York Times se refería a él como el “ arquitecto de Nueva York”. En España hubo que esperar hasta 1972 para que apareciera citado en un libro de arquitectura y hasta 2004 para que su trabajo se estudiara en una tesis universitaria.

Hombres y mujeres de ciencia (y mucho más)

La medicina también ha dado grandes nombres para nuestras calles.  Santiago Ramón y Cajal o Severo Ochoa, ambos Premio Nobel, son dos de las figuras con más placas repartidas por la geografía española, llegando incluso a dar nombre a hospitales y centros educativos y de investigación.

El primero, de Petilla de Aragón (Navarra), es conocido como el padre de la neurobiología moderna. Ramón y Cajal avanzó en el conocimiento sobre las neuronas y el sistema nervioso. Por ejemplo, explicó las células del cerebro como unidades de procesamiento de información que se conectan y forman redes cambiantes y no estáticas, al contrario de lo que se creía hasta el momento. Además, localizó por primera vez células nerviosas, situadas en la superficie del cerebro, que se denominaron células Cajal.

Con sus hallazgos dio lugar a la  ley de la polarización dinámica y a la doctrina de la neurona, que muestra a estas células como la base funcional del sistema nervioso. Por todo ello, Ramón y Cajal obtuvo en 1906 el premio Nobel compartido con el citólogo italiano  Camilo Golgi “en reconocimiento a su trabajo sobre la estructura del sistema nervioso”.

Severo Ochoa, natural de Luarca (Asturias), contribuyó a la ciencia con grandes aportes tanto para la bioquímica como para la biología molecular. Por ejemplo, fue el descubridor de dos enzimas, la  citrato-sintetasa y la piruvato-deshidrogenasa, que permitieron  completar el ciclo Krebs, una sucesión de reacciones químicas que explican el metabolismo de los seres vivos. Además, sus aportaciones fueron vitales para sintetizar el ácido ribonucleico (ARN), la molécula que posibilita la transformación del ADN en proteínas y que le hizo ganar, junto a su discípulo estadounidense Arthur Kornberg, el premio Nobel de Medicina en 1959.

Entrada del Hospital Universitario Severo Ochoa en Leganés (Madrid)

Entrada del Hospital Universitario Severo Ochoa en Leganés (Madrid)

A estos dos genios de la ciencia también se unen otros menos conocidos. Es el caso del bacteriólogo catalán Jaume Ferrán i Clua, con representación callejera en Palma de Mallorca y otras muchas localidades de su comunidad autónoma, así como un monumento en el centro de Madrid. Su principal contribución fue la vacuna contra el cólera y otras contra el tifus y la tuberculosis. Aunque no fue lo único que hizo: sus conocimientos químicos también le sirvieron para crear  un nuevo método de emulsiones fotográficas más baratas que sentaría las bases de los pioneros rollos de Kodak.

El monumento a Jaume Ferrán en la Calle de la Princesa de Madrid

El monumento a Jaume Ferrán en la Calle de la Princesa de Madrid

Otro ejemplo en el callejero catalán es el doctor barcelonés Francisco Santponç Roca. A pesar de ser uno de los médicos más destacados de la Ciudad Condal y realizar grandes aportaciones al tratamiento de la fiebre aftosa y la viruela, su principal contribución estuvo relacionada con la llegada de la Revolución Industrial a nuestro país. Fue pionero en la construcción de máquinas a vapor en España y colaboró en los primeros lanzamientos de globos aerostáticos en la Puerta del Ángel de Barcelona. Además, se le considera el iniciador de la ingeniería mecánica en Cataluña y muy probablemente en España.

En cuanto a las mujeres científicas, que tristemente tienen una representación mucho menor, la química francesa  Marie Curie, primera en ganar un Nobel, se lleva las principales atribuciones en el callejero español. Sin embargo, si buscamos nombres patrios, la cosa se pone cuesta arriba.

Solo Granada rinde homenaje a la ginecóloga valenciana  Concepción Aleixandre Ballester, nacida en 1862. Fue una de las primeras mujeres en licenciarse en Medicina en la Universidad de Valencia y pasó a la historia por crear un sistema de pesas para corregir el prolapso vaginal o descenso de la matriz en las mujeres, algo semejante a la aplicación médica de las bolas chinas.

Otro ejemplo de científica con calle es la asturiana Margarita Salas. A esta bioquímica nacida en 1938 se le atribuye la invención de la patente más rentable de nuestro país. Discípula del también asturiano Severo Ochoa, descubrió la ADN polimerasa, una proteína que participa en la amplificación de los genes del virus y con la que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el CSIC, ha ingresado cerca de 4 millones de euros. Su nombre aparece en placas de Gijón, Algeciras, Valencia o Mérida, entre otras.

¿Dónde están el resto de inventoras españolas?

Empezando por las pioneras, no hay rastro en los callejeros españoles de Fermina Orduña, la primera mujer que consiguió una patente en nuestro país. Residente en Madrid, en 1865 registraba un peculiar carruaje para vender leche a domicilio.

Tampoco hay mención a las mujeres que siguieron su iniciativa emprendedora. Ni la canaria Candelaria Pérez —creadora en 1889 de un curioso mueble 'todo en uno' que incluía tocador, lavabo, bidé, mesilla de noche y un par de mesas—, ni la barcelonesa Carmen Fábregas madre de un artilugio para “educar los dedos” en la enseñanza del piano en 1878—, aparecen en las placas de nuestras calles. 

También están ausentes la valenciana Elia Garci-Lara,  diseñadora en 1890 de una especie de lavandería con máquinas para planchar y lavar, o la monja de la Casa de Caridad de Barcelona  María del Carmen Ortiz, más conocida como Sor Peibore, inventora de un aparato que permitía a las personas ciegas escribir en sistemas Braille y Llorens que patentó en 1909.

Siguiendo con las patentes de mujeres, tampoco hay referencias callejeras (aunque sí peticiones) sobre la maestra ferrolana Ángela Ruiz Robles, llamada Doña Angelita, que registró en 1949 un artilugio al que denominó la Enciclopedia Mecánica y que fue el precursor del actual libro electrónico. Con él se podían formar palabras, frases, lecciones académicas y cualquier otro tipo de texto que luego se podía leer en el propio dispositivo.

La ausencia de reconocimiento también se da en el caso de dos avilesinas,  Julia Montoussé y Julina Rodríguez-Maribona, que registraron en 1953 un sistema de escurridor formado por un cubo, un palo y un trapo acoplable muy semejante a nuestra fregona actual. Tal es su relevancia que el riojano Manuel Jalón Corominas, considerado el padre de la fregona, se inspiró en el invento de esta madre e hija. Hoy las calles no se acuerdan de ellas, mientras que Jalón, también creador de la jeringuilla desechable, aparece en los callejeros de Guillena (Sevilla) y las localidades malagueñas de Estepona o Álora.

Aunque ellas no son las únicas. Tampoco aparecen el almeriense José Salvador Ropero, inventor d el cinéfono, un pionero procedimiento para producir cine sonoro en 1910, o el barcelonés   Isidoro Cabanyes, que  patentó generadores de vapor y acumuladores de energía a finales del siglo XIX¿Cuánto habrá que esperar para ver sus nombres en las placas de las localidades españolas?

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Las imágenes son propiedad, por orden de aparición, de Aroa Fernández, Till F. Teenck/Wikimedia, Pascual Marín/Wikimedia, Mister Crujiente/Wikimedia y  Luis García/Wikimedia

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