Contra la tiranía del grito
Este domingo pasado a las 18.00 horas se concretaba una concentración que llevaba siendo un rum rum desde que se supo que la llegada a Cartes de 20 niños y/o adolescentes migrantes —menores solos, en cualquier caso— había desatado todo el racismo indisimulado de representantes políticos tanto del PP como del PSOE. La idea de que “los vecinos” habían “abarrotado” la sala consistorial corrió como la pólvora, incluso en algunos medios estatales de esos que jamás tienen a Cantabria en el radar… pero parece que nadie se percató de que se trata de una sala minúscula, en la que apenas cabía una treintena de personas, probablemente los más exaltados del pueblo. Con esas mimbres, daba un poco de reparo, pero un grupo de gente nos acercamos a una concentración en el pueblo, contestando a la petición de apoyo de personas de Cartes y Torrelavega que querían hacer algo para mostrar su desacuerdo e indignación: gente que sí quiere acoger en su pueblo a esos menores migrantes solos.
A la concentración asistió más de un centenar de personas que quisieron dejar claro que en Cantabria somos acogedoras, algo nada desdeñable teniendo en cuenta que el ambiente no era el ideal. La actitud violenta de algunos vecinos en el pleno que habíamos visto en videos echaba para atrás. Tampoco acompañaba el saber que el día anterior había habido en la sala Black Bird de Santander —que de un tiempo a esta parte es la sala nazi-fascista de moda— un ‘encuentro’ sobre “remigración”, aunque hasta la fecha sus organizadores parece ser que han tenido que importar fascistas incluso de Italia para poder sumar unos cuantos asistentes. Por todo un poco, en las redes se percibían reparos y hasta cierto miedo: señal de que lo que está ocurriendo en Cartes va de algo más que de veinte niños/as migrantes solos.
La concentración fue en el Torreón, un lugar a unos metros de donde se alojará a los chicos y, por tanto, a escasos metros del lugar en el que a las 19.00 horas se concentrarían quienes se está denominando en medios y redes “los vecinos de Cartes”, con artículo determinado y generalizador, para injusticia de la mucha gente no racista que sin duda hay en el pueblo. Llegada la hora, mientras algunas salíamos de la zona conflictiva, pues nada más lejos de nuestra intención que generar crispación, pudimos comprobar que, al menos este domingo, día previo a la presunta apertura del centro, serían menos de 30 personas las concentradas —y al menos dos eran agitadores de Vox con cartelería de imprenta preparada—, cuando Cartes tiene una población de 6.000 personas. Pudimos oír correr bulos sobre la presencia de personas que contradecíamos su discurso racista como “esa gente que está subvencionada”… cuando pagados estarían probablemente los enviados por Vox que tenían puesto de merchandising fascista, incluidos carteles de “zona peligrosa” o similar —no recuerdo bien— para colocar en la calle donde habitarán los pobres chicos.
Lo que está ocurriendo en Cartes recuerda a puntos esenciales de Los orígenes del totalitarismo, una obra de Arendt mucho más extensa y pormenorizada que Eichmann en Jerusalén y una referencia esencial en el estudio de los mecanismos que caracterizan el racismo y el totalitarismo que, tristemente, no es ni mucho menos tan citada, por no hablar de visitada. Arendt muestra que para sembrar el fascismo o el racismo no hacen falta mayorías: el clima importa tanto o más que el número, por lo que es esencial cuidar el ambiente que generamos si no queremos darle alas al fascismo.
El problema no estriba en cuántos son los que claman contra la llegada de los jóvenes migrantes, sino qué tipo de mundo producen. Una treintena de vecinos fachas y chillones pueden no representar a nadie, pero reconfigurar el espacio común, porque el efecto que producen no es la adhesión a su mensaje, sino la retirada del espacio público, el silencio del resto de los 6.000 habitantes del pueblo que, por tanto, no es que sean racistas, sino que se vuelven silenciosos. Arendt habla del aislamiento y la soledad que caracterizan a los regímenes totalitarios, que significan la destrucción del mundo común.
Lo primero que generan la treintena de vecinos que vocifera que no quieren que los menores sean acogidos en su pueblo es que la gente deje de hablar en público, deje de posicionarse para evitar problemas: el espacio común es percibido, así, como hostil. Y cuando la esfera pública se percibe como peligrosa, la acción se repliega. No hay aún totalitarismo, pero la política —actuar y hablar con otros en un espacio público compartido— empieza a desaparecer y queda solo ruido y miedo difuso. Y hay un paso entre esta retirada a la soledad que tanto conviene a la proliferación de estas ideologías venenosas a la incapacidad para la incidencia en los asuntos comunes: es cuando ya resulta mejor no decir nada y la gente con valores solidarios empieza a sentir que está sola. Objetivamente no es verdad, y probablemente en Cartes haya muchísima gente que quiera acoger o simplemente no tenga temor ninguno a una veintena de menores, pero la soledad no describe una situación, produce una percepción que rompe la confianza, desactiva el juicio y hace que quien disiente dude de sí. No se ha ganado el consenso, se ha destruido el mundo común.
El grito, así, es una tecnología política. Lo que hace una treintena de egoístas y racistas exaltados no es argumentar: les basta con gritar, repetirse, ocupar espacio sonoro y visual. No consiguen convencer pero sí saturar, expulsar, convertir el espacio compartido en el que se debería construir una opinión pública diversa en inhabitable a la palabra de cualquier otro. Es la antesala del dominio: impulsar el aislamiento y la desorientación.
Y aquí entramos en la cuestión de fondo, porque no se trata solo, tal como están las cosas hoy día, de los niños y niñas migrantes. Estas criaturas no son el “problema”, son el pretexto empleado para producir soledad política. Por eso estaba Vox en Cartes. Se usa a los niños para dividir y forzar alineamientos y el resultado es una comunidad con un espacio público inquietante, en el que no se puede hablar con libertad. El resto del pueblo recuerdan a los niños y niñas que callan ante el bullying, que no están de acuerdo pero se retraen: la “víctima” inmediata son los niños migrantes pero la víctima estructural es la comunidad entera. Políticamente es dramático que gente que no es racista acabe defendiendo mantenerse al margen como forma de prudencia, es una forma de muerte de la democracia.
Por eso, quienes creemos en los valores solidarios de acogida, quienes creemos que los derechos de niñas y niños están por encima de todo, quienes sentimos que una sociedad no merece ser considerada tal si deja atrás a los más débiles, debemos usar la palabra en el espacio público, en cualquiera de ellos: colegios, trabajos, tiendas, parques, medios... Dar contenido a la democracia. Y usarla, también, para analizar los datos y no consentir que el fascismo se engrandezca artificialmente. Prudencia, sí, pero hay que combatir el miedo que paraliza y aísla.
Y para protegerse de estos mecanismos endiablados hacen falta gestos colectivos. Un clima así no se rompe simplemente convenciendo con argumentos ni datos: no, si se trata de un debate público con gritones que se alimentan de centralidad, no de razones. No se trata de callarles, sino de que el resto del pueblo deje de sentirse solo, tenga espacio para opinar. Porque cuando dos o tres se encuentran en la calle defendiendo otra postura el clima cambia: el miedo baja y el grito deja de sonar mayoritario para mostrarse como lo que es, estruendo, alboroto, ruido. No es tan importante ser muchas como conseguir una visibilidad compartida que muestre la diversidad que alimenta la democracia y combate esa vía estrecha que es el fascismo.
Ayer fue una concentración y confío en que habrá otros gestos, y quizá algunos ni los veamos en los medios que tanto gustan del sensacionalismo. Y los y las vecinas de Cartes son protagonistas, están en la primera línea, pero esto no es solo una cuestión suya, sino, como poco, de toda nuestra comunidad autónoma, en la que muchas/os queremos ser acogedores… y que no se extienda el silencio atronador que provoca el fascismo.
Sobre este blog
Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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