eldiario.es

Menú

eldiarionorte Cantabria eldiarionorte Cantabria

La construcción de un paisaje

Lo que vemos cada mañana no siempre estuvo ahí…ni estará para siempre si no lo entendemos de forma adecuada.

- PUBLICIDAD -
Cabaña pasiega en La Concha. Miera (Cantabria)

Cabaña pasiega en La Concha. Miera (Cantabria) Jesús Hermosa

Dicen que fueron los románticos alemanes quienes inventaron el concepto de paisaje. Que no significa que antes no estuviera allí, sino que no era admirado. No se le tenía en cuenta. Seguramente porque la inmensa mayoría de la población tenía que dedicar todos los minutos de su vida a…bueno, a seguir viviendo y no morirse de hambre, mientras que esos románticos (como ocurre siempre con los pioneros en iniciar tendencias) eran unos niños pijos que se podían permitir el lujo de tocarse un ratito los huevos mientras miraban la magnificencia de las montañas grises y blancas. Pero en fin, esa es otra historia.

Lo que quería decir es que, al menos desde hace un par de siglos, el paisaje es uno de esos elementos inamovibles al que podemos asirnos en cada instante. El que permanece inalterable cada vez que nos asomamos a la ventana, quienes tienen la suerte de no ver solo asfalto y humo cada vez que se despiertan. Eternidad, sosiego. Lo que, mira tú por dónde, es una noción falsa. Algo que no debemos olvidar.

Lo recordaba el otro día mientras leía “El Bosque Infinito”, la última novela de Annie Proulx. Annie Proulx es una autora americana que adquirió notoriedad hace unos años por haber escrito el cuento en el que se inspira la película “Brockeback Mountain”. Desde entonces es una de las voces más respetadas de la, en ocasiones extraordinariamente snob, literatura yanqui. En este “El Bosque Infinito” presenta una bellísima historia de cómo el ser humano va modificando la naturaleza a su medida según pasan por delante generaciones y generaciones de hombres dedicados a la explotación de los bosques. Ella sitúa la acción en la Canadá francófona, pero la toponimia es, aquí, universal.

Y lo es porque, por ejemplo, en Cantabria se han vivido situaciones similares, cuando no idénticas. En otras palabras, que ese paisaje que cada día contemplamos como si fuese el colmo de la serenidad, la absoluta quietud que impone lo inamovible, ha tenido, paradójicamente, distinto aspecto a lo largo de los siglos.

Decía hace ya años José Luis Casado Soto (que sabía contar las cosas no solo para que fueran rigurosas, sino también interesantes, y eso es algo que pocas veces ocurre) que Cantabria pagó en bosques su “tributo a la Armada Española”. La verdad es que habría que añadir las fábricas de cañones que existieron en La Cavada y Liérganes a partir del siglo XVII, y que necesitaban de cantidades ingentes de madera para poder fundir el metal (un recordatorio de estas acciones aun puede observarlo el viajero atento cuando ascienda al precioso puerto de Lunada…porque la Historia surge en cada recoveco, para quien sabe mirar). De esa forma se nos fue una característica esencial del paisaje de Cantabria: la existencia de grandes masas forestales, de esos bosques autóctonos que hoy en día podemos disfrutar, por ejemplo, en la Reserva del Saja (y el hecho de que sobrevivan allí tiene también origen histórico, claro) y que no aparecen en otros lugares de la geografía, que fueron arrasados para surcar los mares y fundir cañones…

Más aun, las grandes extensiones de prados que existen hoy en día tampoco son, en su mayor parte, muy antiguas, sino que tienen apenas un siglo, y traen cuenta de la extensión de la vaca lechera como elemento económico de primer orden en esta zona. España crece demográficamente en la segunda mitad del siglo XIX y los productos lácteos están cada vez más demandados. Consecuencia: se roturan enormes extensiones de bosque para convertirlas en prados donde poder “explotar” la nueva riqueza. Esa que va apartando poco a poco, por cierto, a las razas autóctonas de vacuno, que servían para otras cosas, y eran diferentes, y, en algunos casos (afortunadamente no en todos), han acabado casi por desaparecer. ¿Quieren un último ejemplo? Los pinares de Liencres, que seguramente les parezca que llevan allí desde siempre, datan apenas de los años cuarenta del pasado siglo, y son totalmente “artificiales”: fueron plantados para fijar las dunas al terreno, imitando lo que se había hecho décadas antes en el sur de Francia, en esos bosques de las Landas que también parecen eternos a quienes transitan por allí…

Conocer la historia del paisaje, su mutabilidad (tan, aparentemente, inesperada) quizá nos permita comprender el carácter transitorio que puede tener cuando entra a trabajar la mano del hombre. Y saber, así, que lo que vemos cada mañana no siempre estuvo ahí…ni estará para siempre si no lo entendemos de forma adecuada…

- PUBLICIDAD -
- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha