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“Lemoiz es una metáfora de la Transición vasca”

En 1976, la Comisión de Defensa de una Costa Vasca No Nuclear convoca la primera marcha legal tras la muerte de Franco

La incertidumbre rodea el futuro de la central de Garoña, mientras que el complejo de Lemoiz se cae a pedazos

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Concentración frente a la central nuclear de Lemoiz, en 1979. Foto: Archivo personal de Jonan Zinkunegi

Concentración frente a la central nuclear de Lemoiz, en 1979. Foto: Archivo personal de Jonan Zinkunegi

La dictadura de Franco se queda atrás y los partidos políticos aún no se han legalizado, es el momento de salir a reivindicar derechos. 29 de agosto de 1976, entre Plentzia y Gorliz las calles envuelven una masa de gente descontenta reunida por una lucha común: una costa vasca limpia. Se trata del nacimiento del movimiento antinuclear en Euskadi con lemas como: ‘Por una costa vasca no nuclear’,  ‘Por un control público de nuestro medio ambiente’,  ‘Por una participación pública en el diseño de nuestro Pueblo’.

Este 2016 se cumplen cuatro décadas desde la primera manifestación antinuclear vasca: la marcha en contra de la central de Lemoiz, también conocida como la central fantasma, que nunca llegó a ser abierta. El movimiento antinuclear reivindicaba la paralización del proyecto eléctrico nacional aprobado durante la dictadura de construir cuatro centrales nucleares en las localidades de Deba (Gipuzkoa), Tudela (Navarra), Ispaster y Lemóniz (Bizkaia). Solo quedó la de Lemoiz, situada a 15 kilómetros de Bilbao, en la zona conocida como la Cala de Basordas. Iberduero (Iberdrola) se hizo cargo de la construcción de la central, que fue iniciada sin el consentimiento legal necesario.

Sabino Ormazábal, un activista que participó durante los años 70 y 80 en el movimiento por el medio ambiente, cuenta a eldiarionorte.es: “Fue muy difícil lograr que la marcha se hiciera, no concedían los permisos reglamentarios. Luego ya se creó la Comisión de Defensa de una Costa Vasca No Nuclear.” El acto fue convocado por la Comisión y fue una de las primeras protestas toleradas por las autoridades tras la muerte de Franco.

Las obras de la central de Lemoiz, en 1980. Foto: Archivo personal de Jonan Zinkunegi

Las obras de la central de Lemoiz, en 1980. Foto: Archivo personal de Jonan Zinkunegi

La marcha recogía alrededor de 50.000 personas, pero Sabino Ormazábal afirma que se trató de “una transformación”. Según cuenta el activista antinuclear el acto “derivó en una marcha por otras cuestiones ecologistas, se convirtió en muchas otras luchas”. Cada cual luchaba desde su posición: algunos por el medio ambiente, otros por política y otros por ser vecinos y no querer una central nuclear al lado, por propia seguridad. Para Raúl López Romo, historiador, escritor del libro ‘Euskadi en duelo’ (historia de la central de Lemoiz y miembro de la Fundación Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo, “Lemoiz es una metáfora de la Transición vasca”. También defiende que “la instalación de la central nuclear fue el detonante, la gente aprovechó el momento para expresar lo que antes no pudo. Sacaron ikurriñas, cantaron a la izquierda abertzale.”

ETA contamina la lucha pacífica

Lo que no se supo es lo que pasaría después. La gente no imaginó que, sobre todo desde 1978, la principal actriz de la lucha, y esta vez no pacífica, sería la organización terrorista ETA. Raúl López afirma: “El motivo por el que ETA ataca es la independencia, los atentados en Lemoiz eran adornos, no era un plan calculado.” El historiador dice también que  “a la gente cada vez le costaba más participar en las protestas cuando ETA tomaba tanto protagonismo.”

En 1978, la Comisión de Defensa convoca una segunda marcha, esta vez más abundante. Ese mismo año ETA mata a tres obreros de la central con una bomba. En febrero de 1981 secuestran y luego matan a Ryan Estrada, el director del proyecto. En 1982, Ángel Pascual, sustituto de Ryan, es asesinado al salir de su casa. Raúl López sostiene: “Los asesinatos fueron determinantes para la paralización de la construcción de la central nuclear. Produjeron terror entre los trabajadores, quienes sabotearon el proyecto desde dentro”.

Protesta en Bilbao contra la construcción de Lemoiz, en 1981. Foto: Archivo personal de Jonan Zinkunegi.

Protesta en Bilbao contra la construcción de Lemoiz, en 1981. Foto: Archivo personal de Jonan Zinkunegi.

Julen Rekondo, especialista medioambiental y ganador del Premio Nacional de Medio Ambiente de 1998, no está de acuerdo: “Muchos pensaron que fue una lucha monopolizada por ETA, pero no fue así, hubo muchos momentos liderados por los activistas pacíficos en los que no estaban ellos. En los comités de la organización había gente importante cuya denuncia y protesta tenían peso.”

¿Qué queda?

La central fue declarada en moratoria nuclear en 1984, durante la legislatura del gobierno socialista de Felipe González. El propietario sigue siendo Iberdrola, pero aún no se sabe qué pasará con el complejo. Desde su cierre se han barajado ideas, como utilizarlo de parque temático para la energía o convertirlo en una piscifactoría, pero nada a nivel legal o administrativo.

“Lemoiz es una central en ruinas, no queda nada”, confirma Carlos Alonso, abogado mediombiental y portavoz de Ekologistak Martxan, “Hace menos de un mes hicimos una marcha en Ekologistak Martxan desde Bilbao hasta Lemóiz, en homenaje a los 40 años de la primera manifestación antinuclear de 1976, y no apareció nadie. Está en un estado de total abandono”.

Marcha contra la central, en 1976. José Allende, Chillida y José Ramón Recalde entre otros, forman parte  de la Comisión de Defensa. Foto: José Allende

Marcha contra la central, en 1976. José Allende, Chillida y José Ramón Recalde entre otros, forman parte de la Comisión de Defensa. Foto: José Allende

Pero la incógnita no solo persigue al proyecto en Lemoiz, también persigue a Garoña. No se sabe que ocurrirá con la central, paralizada desde 2012. Fue inaugurada en el año 1970. “Tener eso abierto era una temeridad”, recuerda Julen Rekondo. “Garoña no suponía tanta potencia como la que hubiera supuesto Lemoiz, pero sí era muy peligrosa”.

La batalla vasca contra la energía nuclear y a favor de una costa limpia parece haber menguado hasta casi desaparecer. “Ahora la movilización es escasa. No se puede comparar aquellos tiempos a los de ahora. Entonces se mezclaba el sentimiento antinuclear con el sentimiento de lucha por las libertades democráticas, era un momento de efervescencia política en pleno franquismo”, recalca Rekondo.

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