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17 y medio

La economía española tiene una tasa de paro estructural que incluso en los momentos de su máximo esplendor ha sido el doble de la europea.

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Playas de Cádiz

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Hablemos de coyuntura. Estamos a mediados del ejercicio y es hora de hacer balance. Parece, y así coinciden todos los analistas, que la economía española va bien. Otros pueden sospechar –con motivos más que justificados-  que economistas y gobierno nos están escondiendo, como buenos tahúres, las cartas. Veamos.

La economía española creció en el primer trimestre del año a una tasa del 0,8 % y en el segundo trimestre – a expensas que lo confirme la Contabilidad Nacional Trimestral del INE-  al 0,9 %. La tasa de crecimiento anual se encuentra en el entorno del 3 %, por encima de las previsiones iniciales del gobierno y de todos los pronósticos de los gabinetes de análisis de la OCDE, el FMI, la UE o el propio Banco de España. Este crecimiento de la economía se puede analizar desde dos ópticas diferentes. Desde el lado de la demanda y de la oferta.

Desde la perspectiva de la demanda, el consumo y la inversión – la demanda nacional- aportan 2,2 puntos porcentuales al crecimiento del PIB y la demanda exterior aporta 0,8 p.p.  Este crecimiento tiene su origen en el incremento –ahora algo ralentizado- del consumo de los hogares (bajos tipos de interés, crecimiento del empleo y recuperación del consumo aplazado durante la crisis) y del consumo público, pero también de la inversión en equipos y maquinaria de las empresas. Los negocios empresariales marchan bien.

En el apartado exterior, la buena noticia es que la aportación positiva del sector no procede solo del turismo sino también de las exportaciones de bienes y otros servicios (empresariales, de telecomunicaciones o tecnológicos). Ambas tasas de exportación (bienes y servicios no turísticos) arrastran crecimientos superiores al 8%. Se ha ampliado la base empresarial exportadora y el número de empresas regularmente exportadoras (las que exportan consecutivamente los últimos 4 años). Una buena noticia.

Parece pues un modelo de crecimiento saludable y más equilibrado que en otras ocasiones. El crecimiento del PIB, el superávit de la balanza por cuenta corriente y la exportación de ahorro de los hogares y las empresas (como consecuencia de un largo proceso de desendeudamiento) marcan un círculo virtuoso rara vez visto en la economía española.

Además, la recuperación de la economía internacional (especialmente Alemania, Francia e Italia, con las dudas de EE.UU.) seguirá empujando nuestra economía gracias a la mejora de nuestra competitividad, esencialmente debida al ajuste salarial, que no a la mejora de la productividad, lo que se ha venido llamando eufemísticamente devaluación interna. Los indicadores adelantados de la economía –aquellos que actúan como predictores de la evolución próxima a corto plazo- parecen corroborar esta idea.

El análisis del crecimiento del PIB desde la oferta sectorial nos proporciona otra perspectiva no tan alentadora. El crecimiento se debe esencialmente al comportamiento del sector servicios y la construcción. La industria crece por debajo de la media como consecuencia de su baja productividad, un mal endémico de la economía española, y de la falta de una decidida política de apoyo a la competitividad a la misma.

Los derroteros que lleva la economía española no nos permiten ser muy optimistas. Parece que volvemos a las andadas y seguimos apostando por playa y ladrillo

Dicho todo esto, la economía española sigue siendo vulnerable. La tasa de paro se encuentra por encima en el 18%, prácticamente el doble de la tasa de la zona euro. El mercado de trabajo sigue conviviendo con problemas no resueltos. Una tasa de temporalidad superior al 25%, una tasa de parcialidad próxima al 17% y unos altísimos porcentajes de parados de larga duración en todos los tramos de edades. A pesar de la mejoría económica seguimos con el mismo modelo de mercado de trabajo. La economía española tiene una tasa de paro estructural que incluso en los momentos de su máximo esplendor ha sido el doble de la europea. Siempre he creído que los problemas del mercado de trabajo no tienen su origen ni en la legislación laboral, ni en la maldad intrínseca de los empresarios. Más bien pienso que estos problemas se deben a los desajustes entre las necesidades de las empresas y la formación que ofrece el sistema educativo, además de otros problemas estructurales específicos de la economía española (pequeña dimensión de las empresas, falta de apuesta por la innovación, etc.).

¿Es este crecimiento sostenible?                       

 Algunas nubes enturbian el panorama internacional y pueden poner en riesgo la sostenibilidad del proceso de crecimiento. Los riesgos de un incremento del proteccionismo como consecuencia de las políticas de Trump, la presión social de los sectores partidarios de no firmar los tratados comerciales actualmente en negociación y las dudas generadas por el Brexit empañan estas previsiones optimistas. En el ámbito interno, mantenemos un déficit y deuda pública excesivos (por encima del 3% de déficit público y cercanos al 100% de deuda pública) que en un escenario muy probable de subida de tipos de interés pueden dificultar el control de la economía a corto plazo. Parece también relegadas al olvido las reformas fiscales, de la administración pública, del sistema educativo, de las instituciones y de la ciencia y tecnología. Necesitamos mejorar la productividad de las empresas (tamaño, innovación, gestión) para aumentar lo que los economistas denominamos crecimiento potencial de la economía, aún muy bajo.

Por otra parte, la economía española sigue siendo muy vulnerable a aspectos estructurales que pueden tener impactos negativos sobre el devenir de la misma a corto plazo. Especialmente dos: el envejecimiento de la población y los riesgos del sistema bancario.

Los problemas ocasionados por el envejecimiento de la población no se van a resolver ni con los retrasos en la edad de la jubilación (que tienen un límite), ni con la incorporación de algunos colectivos ahora fuera del mercado (parados de la larga duración).  Aquí, además del impulso de las políticas de conciliación familiar (guarderías, flexibilidad horarios laborales, teletrabajo, …), que pueden ayudar a incorporar a estos colectivos al mercado de trabajo, nos tendremos que encomendar a una política inteligente de inmigración, algo de lo que no hemos estado precisamente sobrados. No se me escapa que se trata de una paradoja en un contexto de altísimo desempleo. Esto nos llevaría una vez más a insistir en la necesidad de reorientar a importantes segmentos de la población hacia procesos de readaptación laboral. No debiera ser una tarea tan difícil en un momento de trasnformación digital.

En relación a las crisis bancarias, nos hemos salvado (excepto por el momento sus accionistas) de la bancarrota del Banco Popular. Al menos se ha demostrado que la crisis bancaria española no era solo un problema de las cajas de ahorro y de la mala gestión de los políticos. Parece que también en el sector privado se dan conductas de irresponsabilidad y de oscura gestión profesional. Quizás no vuelva a producirse una quiebra tan sistémica como la de Bankia, pero muy probablemente asistamos a un nuevo proceso de concentración bancaria en un entorno de reducida rentabilidad bancaria y de dudosas valoraciones de activos supuestamente saneados. No son buenas noticias para la competencia.

No podemos echar las campanas al vuelo. Todavía queda mucho camino por recorrer. Asistiremos a una subida de los precios y de los tipos de interés a la que no debemos tener miedo.  Estamos en  niveles excepcionalmente bajos. Es, sin embargo, el momento de definir modelos. ¿Queremos una economía basada en el turismo, sus servicios conexos y la construcción? ¿O queremos una economía serviindustrial, tecnológica y moderna? Los derroteros que lleva la economía española no nos permiten ser muy optimistas. Parece que volvemos a las andadas y seguimos apostando por playa y ladrillo.

Juan Miguel Sans es experto en política económica y estrategia

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