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Sobre este blog

Piedras de papel es un blog en el que un grupo de sociólogos y politólogos tratamos de dar una visión rigurosa sobre las cuestiones de actualidad. Nuestras herramientas son el análisis de datos, los hechos contrastados y los argumentos abiertos a la crítica.

Autores:

Aina Gallego - @ainagallego

Alberto Penadés - @AlbertoPenades

Ferran Martínez i Coma - @fmartinezicoma

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Leire Salazar - @leire_salazar

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Héctor Cebolla - @hcebolla

La Universidad: no es el dinero, señores

Víctor Lapuente Giné

Esta mañana he tenido la oportunidad de participar en un bonito debate sobre el sistema universitario español con Clara Eugenia Núñez y Sandra León en el programa “A Vivir” dirigido por Lourdes Lancho en la Cadena SER. Al final del programa, como en casi cualquier debate sobre reforma en nuestro sector público en general y nuestras universidades en particular, la discusión se deslizó hacia cuestiones ideológicas: la necesaria reforma de un sistema rígido, burocratizado, poco competitivo, como el español es vista por muchos como una “desregulación” neoliberal. Algo que beneficiará, supuestamente, a los ricos (estudiantes o universidades) a expensas de los demás.

La ideologización de cualquier propuesta de reforma es una enorme losa sobre los pesados y esclerotizados hombros de nuestras instituciones. Gran parte de culpa se debe a que tendemos a mirar sólo a los modelos anglosajones, conocidos por sus altos niveles de desigualdad. De forma errónea asociamos una reforma del sector público con una mayor desigualdad social. Y no tiene por qué ser así, como muestra otro modelo universitario: el imperante en otros países Europeos, desde Holanda a, sobre todo, los países nórdicos. Sus universidades han experimentado cambios radicales, introduciendo mecanismos de competitividad y sus universidades, lejos de estar monopolizadas por los “intereses privados” responden a su finalidad pública en un nivel mucho más elevado que en España.

En España tendemos a fijarnos demasiado en el dinero, olvidándonos de todo lo demás. Si el dinero lo fuera todo, tendríamos que ver unas diferencias enormes entre el modelo universitario anglosajón – sobre todo el norteamericano – y el nórdico. Y sin embargo, sus resultados no son muy distintos y, desde luego, mucho mejores que el los nuestros.

El modelo anglosajón es muy “privado” y el nórdico muy “público” . El estado no solo paga la totalidad de la matrícula, sino que facilita créditos a los estudiantes, que cubren un salario de subsistencia, unos 800 euros/mes, durante 5 años – que luego devuelves, no sé, alrededor de un 3% de tu salario durante el resto de tu vida laboral. Esto permite que los jóvenes se independicen completamente a los 18 años, lo cual tiene ventajas más allá de las académicas, porque fomenta la autonomía y la responsabilidad individual. Al discutir la política universitaria, en los países del norte no se habla de la “renta de las familias de los universitarios”, allí los estudiantes son personas autónomas, en pie de igualdad unos con otros. La sombra de tu familia entra contigo en la universidad española. Y en el Norte no.

Pero, con sus diferencias, el modelo anglosajón y el nórdico se parecen en aspectos clave. Son sistemas más competitivos: las universidades compiten por estudiantes, por profesores, por obtener financiación. Además, son más flexibles, carecen de nuestras rigideces burocráticas: los profesores no son funcionarios, tienen un sistema de incentivos donde el rendimiento docente e investigador se premia, hay mayor autonomía en la gestión del día a día de los departamentos, no vives sometido a la dictadura del papeleo. Son sistemas más conectados con el mercado de trabajo (tanto privado como público): aquí la desconexión es muy marcada.

En todos los países se llama a las universidades llamadas “torres de marfil” por su relativo aislamiento del mundo real. Pero en España el aislamiento es mayor, algo que podemos ver en la difícil inserción de los licenciados en el mercado laboral, o en la escasa implicación en las universidades de las asociaciones de exalumnos, o en las pocas colaboraciones con empresas. En otros países hay fuertes nexos entre empresas y universidades. El desarrollo tecnológico de empresas como Volvo o Ericsson en Suecia debe mucho a sus universidades. Si Suecia tiene tantas empresas multinacionales – dudo que haya muchos países en el mundo con más multinacionales per capita – es en parte gracias a las universidades públicas. Y, a su vez, si la universidad nórdica es un ejemplo de un estado de bienestar que garantiza una igualdad de oportunidades real a todos los ciudadanos, ello también se debe a la implicación de las empresas. Tanto las empresas como la universidad ganan.

Pero en España las universidades no solo están aisladas en sus torres de marfil, o en sus castillos kafkianos más bien, sino que se enorgullecen de ello: de no estar contaminadas con dinero privado. Es una situación absurda, o mas bien kafkiana.

En definitiva, tanto el modelo anglosajón como el nórdico tienen una gestión universitaria más moderna: descentralizada, flexible, preocupada por los resultados y no tanto por los procedimientos. Por ejemplo, los salarios los renegociamos con nuestros decanos de forma individualizada cada año.

Me gustaría enfatizar que la autonomía no depende del dinero: en el mundo anglosajón gran parte de la financiación es privada y en Escandinavia casi toda es pública y, sin embargo, en ambos casos hay mayor autonomía. La autonomía depende de que el Ministerio suelte las riendas de la regulación y dé libertad para gestionar sus propios recursos, o, por el contrario, como en España adopte una posición “controladora”.

Me diréis que la libertad de gestión, como establecer salarios, puede llevar a abusos. No lo sé, yo desde luego, veo menos abusos, menos injusticias, en las universidades anglosajonas o nórdicas que en las españolas. Un indicador de los problemas provocados por la visión uniformadora, centralista, legalista de la universidad española es que, prácticamente cada vez que hablas con un colega español, tarde o temprano a lo largo de la conversación, acabará quejándose no tanto de que cobre poco y sus condiciones laborales son malas (que también), sino de que el sistema es injusto: aquellos que saben navegar las leyes (con sus rincones oscuros y sus trucos) y rendir la debida pleitesía a sus superiores, van bien; y los que se dedican en cuerpo alma a su vocación docente e investigadora sienten que no son recompensados justamente.

Que el modelo español es más centralizado, rígido, legalista, más preocupado por seguir los procedimientos que por los resultados es obvio para cualquier observador externo. Esta misma semana expertos de la Comisión Europea pedían “actuar de inmediato” en el terreno de los recursos humanos y alejarse de este modelo funcionarial que tiene la carrera investigadora en España. Cambiar este modelo funcionarial es barato económicamente, pero tiene costes políticos, porque tienes que enfrentarte a los intereses establecidos. Y los gobiernos, de cualquier signo, no se atreven. Y esto es lo que ha de quedar claro: si no se reforma en España no es por falta de recursos, porque cuando teníamos dinero tampoco reformamos, sino por falta de valentía política: de enfrentarse a los poderes establecidos.

La reforma de la universidad es un tabú para nuestra derecha, que siempre ha mirado más al modelo francés de sector público (burocrático, con sus cuerpos administrativos) que al modelo anglosajón (más cercano al mercado). Y también es un tabú para la izquierda, porque reforma se asocia a neoliberalismo. La izquierda ha mirado más a lo que ha ocurrido en América Latina – obviamente, reformas que hay que evitar – que a las reformas radicales del sector público llevadas a cabo por socialdemócratas en la Europa del Norte.

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