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Ventajas de ser retrón

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Mirando siempre el lado bueno de la vida

Mirando siempre el lado bueno de la vida

Ser retrón no mola. Ningún niño va por ahí diciendo “de mayor quiero ser como ese tipo con gafas de sol y bastón; ¡vaya perro chulo!”. No conozco a muchos motoristas que circulen sin casco con el íntimo deseo de chocar contra una señal para así no tener que caminar el resto de su vida.

Ser o convertirse en retrón, hay que dejarlo claro, es una putada. Sin embargo, una vez que se asume, es posible ver sus aspectos positivos. Como dice un amigo mío: te aprovechas de tu minusvalía.

Para empezar, es muy probable que te libres de las tareas domésticas. Yo no cocino, ni plancho, ni lavo, ni paso el aspirador, ni limpio el WC. En ese sentido, los retrones somos los nuevos nobles.

Lord Grantham

Lord Grantham

¿Habéis visto Downton Abbey? Pues igual que Lord Grantham. Me levantan, me visten, me traen el desayuno, recogen los platos... Yo sólo tengo que despejarme y leer mientras me tomo el té. Por lo visto, los bípedos tienen que dejar la comida preparada antes de ir al trabajo. Uff...

Las noches de sábado también pueden salir baratas si vas en silla de ruedas. Rara es la vez que me ha tocado pagar en una discoteca. Recuerdo una ocasión, allá por 1997, en que un tipo salió del garito, abrió las puertas de par en par y dijo: “Dejen paso al rey”. Yo pensé que se refería a algún colega suyo pero no: el rey era yo. Me ahorré la entrada y me salió un cubata gratis.

Si el gorila de la puerta no es tan receptivo, siempre caben 2 opciones: hacerte el abstemio o el loco. “¿Tengo que pagar? Es que yo no puedo beber, ¿sabe?” Suelen apiadarse (fue muy útil en un cotillón). Y si no, entras seguro de ti mismo, como si fueras el dueño, saludas con una amplia sonrisa y agradeces que te sujeten la puerta. Nunca dicen nada.

Durante varios años, mis amigos se turnaban para entrar conmigo en la discoteca (recuerdo en especial una de Salou). Aunque no era necesario, la cogían entre dos y, al vuelo y con cara de esfuerzo unos y de miedo yo, nos colábamos. Claro, nadie nos pedía el dinero de la entrada.

El último ejemplo lo viví ayer mismo. Revisaba el timeline de twitter mientras esperaba a un amigo en su portal. Tenía apoyado el iPhone en una cajita que tengo anclada en la silla (el iTaud) cuando, desde atrás, una mano me lo arrancó. Me asusté, grité y giré la silla para ver la cara al ladrón. Era un veinteañero con capucha. Lo vi indeciso. Por un instante, estuvo a punto de echar a correr. Pero cambió de opinión. A grandes rasgos, esta fue la conversación.

          - ¡¡¡¿Qué haces tío?!!!
          - ¿Esto es un iPhone?
          - Sí, claro. Mi iPhone.
          - Tranquilo hombre, que si te lo quisiera robar estaría corriendo.
          - Pero...
          - Tengo un colega como tú, que va en carro.
          - Muy bien. ¿Me das el móvil?
          - Toma, toma. Porque estás así, eh... Que si no, me lo llevo.
          - Pues...
          - Vaya cojones tienes. Gritarme y todo. Muy bien, sigue así. Te felicito, valiente

Y se fue.

La escena es bastante surrealista pero no es única. A los retrones, por la experiencia que tengo, no nos atracan: nos dan limosna (de eso hablará mi socio en breve).

Y vosotros, queridos lectores: ¿conocéis alguna otra ventaja de ser retrón?

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