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¿Comienza el fin del franquismo?

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Juan Carlos Monedero, ideólogo y número dos de Podemos, escribió un libro titulado La Transición contada a nuestros padres (Catarata, 2013), en el que explica cómo toda nuestra presunta democracia procede de la componenda, más o menos justificable en su contexto, que conllevó la muerte de Franco, y cómo la sombra del dictador se proyectó sobre todas aquellas decisiones y todos aquellos pactos que vinieron a llamarse Transición.

Aquel supuesto, e imposible, borrón y cuenta nueva de la memoria histórica reciente hizo posible que se esparcieran los polvos posfranquistas y se desarrollaran los lodos del presente. En muchos casos, con los mismos protagonistas o con sus descendientes. En todo caso, con rémoras de un sistema de valores que ha llegado a nuestros días y a cuya descomposición, ojalá final, asistimos hoy. Una ojeada a la actualidad nos da noticia de que, acaso, lo que estamos viviendo sea el principio del fin del franquismo. Y, en consecuencia, el nacimiento de una verdadera transición, que conduciría hacia una auténtica (real) democracia.

La burbuja inmobiliaria de los 90 y las inversiones de carácter especulativo procedían directamente de un mejunje entre la cultura del pelotazo de los 80 y los planes desarrollistas de los 60, que produjeron enormes fortunas aún vigentes y, de paso, se llevaron por delante lo mejor de nuestras costas. Pero, sobre todo, normalizaron una forma mafiosa de hacer los negocios y una manera gansteril de relacionar el capital con el poder político, germen de las famosas tramas de corrupción que hoy se trata de desmontar. En la mayoría de esas tramas aún resuenan nombres y apellidos de las grandes familias del franquismo, que ahora ocupan listas, escaños y ayuntamientos del PP. Desvelar los privilegios de esas familias y perseguir sus delitos, económicos y políticos, implica también impulsar el final del franquismo.

Tampoco en la Transición se liberó al Estado de los privilegios franquistas de la Iglesia católica y de las relaciones de su jerarquía con el poder, como ha venido demostrando el intervencionismo de la Conferencia Episcopal en las decisiones de los sucesivos Gobiernos de la presunta democracia. De su poder fáctico proceden, entre otros, los escándalos de las inmatriculaciones y la impunidad de sus masivos delitos pederastas. Pero el fracaso de sus presiones al Gobierno en lo referente a la reforma del aborto y el aval del papa Francisco en la persecución de los curas violadores les ponen las cosas más feas de lo que ellos mismos las imaginan. Acabar de una vez por todas con sus privilegios sería, entonces sí, una pieza esencial en el puzle del final del franquismo.

La orden de detención por torturas durante el franquismo de, entre otros, Rodolfo Martín Villa y José Utrera Molina, suegro de Gallardón, dictada por una jueza argentina, representa, quizás como ningún otro, un símbolo de la recuperación de la memoria histórica. Es posible que ni el Ministerio de Justicia (véase parentesco entre presuntas torturas y presuntas carteras) ni el Consejo de Ministros permitan que la causa llegue nunca hasta la Audiencia Nacional; y, aun en el caso de llegar, que nunca se extradite a los presuntos culpables.

Pero algo ha cambiando ya: sea juzgado o no, y por muy gallito que se haya puesto (precisamente a través de un comunicado publicado en la web de la Fundación Francisco Franco), es poco probable que Utrera Molina se atreva a lanzar soflamas de corte franquista, como las que soltó en 2013 sobre el proceso catalán en un libelo titulado ‘La Legión está de guardia’: “Si alguna vez alguien pretendiese romper la unidad de España, el espíritu de la Legión estará siempre contra la tribu, manteniendo en alto el sueño de una España unida y digna”. Lo que ha cambiado ya es el significado de la dignidad.

Y, bueno, luego está la justicia poética, que escoge un 20N para llevarse para siempre a Cayetana de Alba con Cristo el de los gitanos. La duquesa que se casó con un progresista y a la que los socialistas sevillanos consideraron hija predilecta, pero que no pagaba impuestos por el 90% de su casi incalculable patrimonio. La duquesa adalid de la España maltratadora de animales, que se pasó su soleada vida promoviendo toreros, una vida a la sombra del dolor y la muerte de los toros. La duquesa terrateniente a la que le ha importado un rizo que a Andalucía le duelan las manos y los olivos. La duquesa que, a pesar de mostrarse tan preocupada con el futuro del legado de la Casa de Alba, ha permitido que se venda fuera de España parte de ese patrimonio nacional. La aristócrata que sonreía en la bodas de oro de Franco.

Con su muerte no muere el latifundio, porque no mueren sus herederos, ni muere la tauromaquia, ni nos devuelven el patrimonio, pero algo de franquismo se va con ella: el de la herencia monárquica, el de Juanito (como se refirió ella misma a Juan Carlos de Borbón). Nos quedan Felipito y el tiempo por delante para consultar por el modelo de Estado.

En fin, la irrupción de Podemos, el relevo de IU en Alberto Garzón y hasta el fin de la era Aguirre nos hacen vislumbrar, al fin, el final del franquismo. Si hasta la tonadillera torera ha entrado en la cárcel (aunque, eso sí, nada ha impedido que enviara una corona de flores para la duquesa).

Bien podemos soñar que ha comenzado la Transición que contarán nuestros hijos.

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