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Matad al youtuber

El fenómeno youtuber, como toda expresión cultural más o menos iconoclasta, tiene entre los viejos a sus mayores detractores

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Cartel del show del 'youtuber' Wismichu

Cartel del show del 'youtuber' Wismichu

Los youtubers son idiotas. Postadolescentes con dinero cuyo único talento es el manejo de Final Cut (variante moderadamente idiota) o iMovie (variante decididamente imbécil). Es probable que te suenen estos argumentos ya que son compartidos por la práctica totalidad de los mayores de treinta años. 

Decían los sesentayochistas que no se debe confiar en nadie de más de treinta años, lo cual es un eslogan estupendo hasta que cumples treinta y uno y, sin comerlo ni beberlo, te ves empujado al bando enemigo. El fenómeno youtuber, como toda expresión cultural más o menos iconoclasta, tiene entre los viejos a sus mayores detractores. Incluso entre los viejos progresistas. Las críticas no son muy distintas de las que sufrieran en su día los representantes de eso que ahora llamamos la Movida madrileña: insustanciales, vacuos o sencillamente gilipollas.

Hagamos un experimento imaginario. Aquí tienes la letra de Voy a ser mamá, de Pedro Almodóvar y Fabio McNamara:

"Voy a ser mamá / voy a tener un bebé / lo vestiré de mujer / lo incrustaré en la pared / le llamaré Lucifer / le enseñaré a criticar / le enseñaré a vivir de la prostitución / le enseñaré a matar / sí, voy a ser mamá".

Eso se cantaba en 1983. Ahora imagina que a Elrubius o a Wismichu se les ocurriese componer y cantar algo parecido.

Lo cierto es que no lo necesitan para meterse en líos. Estos días, ya lo sabrás, Wismichu anda con el aliento de la Fiscalía de Menores resoplando en su nuca. Extrañamente, son muy pocos los columnistas que han salido en su defensa, como sí salieron en pro de los titiriteros o del rapero Pablo Hasél. Será, supongo, porque los columnistas tienen (tenemos) más de treinta años.

Wismichu, de nombre real Ismael Prego, es un veinteañero gallego con casi cuatro millones de suscriptores y una audiencia media superior a la del programa de Bertín Osborne o el de Jordi Évole. Además, tiene el honor de haber protagonizado la anécdota censora más alucinógena de los últimos años. Ocurrió la semana pasada, cuando EH Bildu solicitó al ayuntamiento de Bilbao la suspensión del espectáculo que el youtuber tenía programado en un teatro vasco (de titularidad municipal y gestión privada). En un giro de trama no previsto siquiera por Vaya Semanita, los abertzales justificaron su postura en el hecho de que Wismichu hace apología de "diferentes violencias" (sic). Admitían entender que el chaval es humorista, pero "por encima del pretexto del humor se desprende un lenguaje claramente machista, despectivo y denigrante".

Mi parte favorita del comunicado es esta:

"EH Bildu defiende el respeto escrupuloso a todos los derechos de todas las personas, incluido por supuesto el de la libertad de expresión, de carácter fundamental para el desarrollo de una sociedad libre y democrática. Sin embargo…"

El párrafo continúa después del "sin embargo", pero es en esa locución adverbial donde radica la fuerza del texto, que lo mismo podría estar firmado por EH Bildu que por Manos Limpias o por su cuñado de usted. Tiene mérito provocar, a base de chistes groseros, que una formación de izquierdísimas llegue a entrar en semejante colapso ideológico.

Entiendo, por supuesto, que a los padres y madres de bien les preocupe que sus vástagos consuman un contenido claramente inadecuado para su edad. También a mí me preocupa. Lo que no acabo de ver claro es que la mejor manera de controlar lo que hacen tus hijos sea censurando a los hijos de los demás.

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