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Seis años de Rajoy. Un balance lamentable

El presidente se ha ocupado a fondo en que los más pudientes estuvieran contentos con su gestión

Las prácticas corruptas y la falta de respuesta a las mismas por parte del PP y del gobierno años han envilecido la política

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La tasa de paro baja al 25,98 por ciento al reducirse en 72.800 el número de parados

Colas en una oficina de empleo EFE

El lunes se cumplirán 6 años. Mariano Rajoy lleva ese tiempo mandando en La Moncloa. ¿Para qué? Es imposible encontrar una respuesta tajante a esa pregunta. Porque su mandato no ha producido nada sustancial que marque el devenir de España, como no sean los errores fatídicos que ha cometido en la gestión de la crisis catalana y cuyos efectos determinarán muchas de las cosas que pasarán en los años que vienen. Más allá de eso, que es la prueba más sólida de sus graves limitaciones como gobernante, lo que queda es un país con gravísimos problemas de fondo que la abrumadora propaganda oficial pretende que se ignoren y sin perspectiva alguna de que algún día vayan a abordarse. Rajoy ha gobernado al día, sin proyecto, sin ambiciones, únicamente preocupado por mantenerse en el poder y por atender, para ello, a los intereses de quienes le sostienen. Por eso España está mucho peor de lo que dicen los corifeos oficiales y su futuro es inquietante.

El 20 de noviembre de 2011 el PP ganó las elecciones generales por mayoría absoluta (186 escaños, el 44,63 % de los votos) y un mes después tomó posesión el primer gobierno Rajoy. Su mandato duraría más de los cuatro años previstos, pues estuvo en funciones durante 314 días, con dos elecciones generales de por medio, las del 20 de diciembre de 2015, en las que el PP obtuvo 123 escaños y las del 26 de junio de 2016, en las que logró 137, hasta lograr la investidura en octubre de este último año. Ese ha sido seguramente su mayor éxito político: mantenerse en el poder cuando todo parecía indicar que había llegado el momento de que lo abandonara.

Pero lo cierto es que eso no ocurrió por mérito suyo, sino porque esos 314 días los tres principales partidos de la oposición, PSOE, Unidos-Podemos y Ciudadanos, no lograron un acuerdo para gobernar juntos, a pesar de que echar a Rajoy de La Moncloa era uno de los lemas electorales de todos y cada uno de ellos. Y hoy mismo, la desunión absoluta de la izquierda, una vez que Ciudadanos se ha convertido en aliado del PP, es la gran baza política de Rajoy, lo que le permite gobernar como si dispusiera de mayoría absoluta. Y a menos que un milagro lo remedie, puede que sea también el argumento, tácito o expreso, que le dé un nuevo mandato tras las próximas elecciones.

Rajoy ganó en 2011 porque la desastrosa gestión de la crisis económica y social por parte de José Luis Rodríguez Zapatero le puso el triunfo en la mano sin hacer grandes esfuerzos ni inventar nada que ilusionara al personal. Luego, cuando la crisis arreciaba y hacía que el índice de desempleo superara el 27 % de la población, con 6 millones de parados a mediados de 2013, salió adelante. No porque se convirtiera de repente en un líder carismático en el que la gente creía a pesar de todas sus desgracias, ni porque encontrara fórmulas originales y eficaces para hacer frente al desastre. Sino porque tuvo la suerte de que España estaba en Europa, en esa Europa a la que Rajoy nunca había prestado mucha atención. Y porque Europa no podía permitir que España terminara como había terminado Grecia, porque eso habría acabado con el euro y quien sabe si también con la Unión.

Y la UE, con Angela Merkel a la cabeza cobijó a Rajoy y dirigió sus pasos. Simplemente porque no tenía más remedio. Permitió un rescate bancario que no cumplía con las reglas comunitarias porque tenía que evitar que España entrara en suspensión de pagos. Toleró que el gobierno español incumpliera sus compromisos de déficit. Y tragó con que el Banco Central Europeo abriera el grifo del dinero y proporcionara liquidez prácticamente sin límites a nuestro sistema financiero, aunque es cierto que también al italiano y al portugués, entre otros. Y en eso sigue.

Como los precios del petróleo, que se mantienen en niveles muy soportables, y sobre todo que no crecen, desde hace unos cuantos años. Ese ha sido otro gran aliado de Rajoy, otra de las claves del crecimiento del PIB que se registra desde principios de 2014. También la crisis política de buena parte de nuestros competidores mediterráneos, que ha dado alas a nuestra industria turística. Pero por delante de todas ellas algo que nunca figura en un lugar destacado de los análisis oficiales y que ocultan sistemáticamente los medios de comunicación fieles al presidente y sus estrellas: el formidable empobrecimiento de una parte sustancial de la población española, el descenso sistemático de los salarios, la ruina personal y social de millones de jóvenes, postergados por la falta de oportunidades para insertarse en condiciones en el mercado laboral. El crecimiento del PIB se ha producido también gracias a eso.

La crisis golpeó a los más débiles, aunque sectores no despreciables de las clases medias también se vieron muy golpeados por ella. Rajoy ha hecho algo por estos últimos, pero nada por los primeros, salvo agravar su situación mediante extraordinarios recortes del gasto en servicios sociales que tienen toda la pinta de seguir ahí todo el tiempo que haga falta. Por el contrario, el presidente del gobierno se ha ocupado a fondo en que los más pudientes estuvieran contentos con su gestión. Recortándoles los impuestos, concediéndoles una amnistía fiscal y sobre todo protegiendo sin límites los intereses de los bancos y de las grandes empresas, manteniendo todo tipo de apoyos fiscales y subvenciones, tolerando prácticas oligopólicas y haciendo todo lo que podía, entre otras cosas poner mucho dinero, para que no se marcharan las multinacionales, que hoy por hoy controlan lo sustancial de nuestra industria.

El balance la economía de Rajoy no es por tanto precisamente ejemplar. El político, tampoco. El ridículo que hizo con la ley Wert para la educación y con la de la reforma del aborto de Ruiz Gallardón, desastres que se atribuyeron a esos dos personajes, pero que Rajoy autorizó, son algunos ejemplos de las meteduras de pata de estos seis años pasados.

Hay unos cuantos más. Pero Catalunya se lleva la palma a la hora de enumerar sus errores. Ningún gobernante podía haberlo hecho peor. Primero provocó la radicalización del nacionalismo, presentando y manteniendo el recurso ante el constitucional sobre el Estatut. Luego se negó estólidamente a negociar. Ni siquiera en el último minuto, cuando era evidente que era eso lo que querían los independentistas. ¿Sólo por motivos ideológicos y por la presión de su derecha y del nacionalismo español? ¿O también porque él no sabe negociar, porque nunca lo hecho, porque él se ha movido en política únicamente colocándose a la espera de las oportunidades, nunca provocándolas con un mínimo de coraje?

Ahora el mal está hecho y no va a tener remedio en mucho tiempo. Y veremos hasta qué punto la crisis catalana afecta a todo el conjunto del entramado económico e institucional de España, que puede ser mucho. Por el momento, se puede decir que los independentistas han demostrado ser unos políticos de muy baja calidad y que su causa, que emocionalmente hasta puede ser entendida, estuvo siempre mal planteada. Pero la culpa de un desastre la tiene siempre el que detenta más poder para evitarlo o para paliarlo. Y en este caso esa persona se llama Mariano Rajoy.

Es seguro que para muchos españoles nada de lo anterior marca la de nuestro presidente del gobierno, sino que el signo indeleble de su gestión es su comportamiento ante la corrupción de su partido, y puede que hasta de él mismo. Y es posible que tengan razón. Por varios motivos. Pero sobre todo por uno. Porque las prácticas corruptas y la falta de respuesta a las mismas por parte del PP y del gobierno a lo largo de demasiados años han envilecido la política y la vida pública española hasta el punto de que ya parece imposible que vuelvan a un mínimo aceptable. Eso también está en el balance de estos seis años de Rajoy.

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