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¿Por qué una miss sí puede liderar una revolución feminista?

Me gustó la acción feminista de Miss Perú, aunque estuviera premeditada por la organización. Me quedo con la idea de que millones de niñas y mujeres peruanas han visto (al menos) las mismas imágenes que yo vi

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Mis Perú

Bajo el hashtag #MisMedidasSon se viralizó hace una semana el vídeo de las 23 aspirantes a Miss Perú respondiendo a la pregunta de cuáles eran sus medidas con las cifras del feminicidio en su país.

La sorpresa fue monumental. El público del certamen rompió a aplaudir, las redes sociales se volcaron en muestras de apoyo e indignación y la prensa peruana se apropió del vídeo, las cifras y la denuncia que estas reflejan. Mientras, aquí, en España, a una parte del feminismo le ha resultado insuficiente el mensaje y resta legitimidad a la acción al tener lugar en un concurso de belleza.

A raíz de esta paradoja, me pregunto si sabemos suficiente de los entresijos en los se cocinó esta puesta en escena como para deslegitimarla, y si más allá de la viralidad del vídeo sabemos cuáles están siendo sus efectos en la sociedad peruana.

Las principales críticas a la acción feminista de Miss Perú 2018 se centraron en la incoherencia que, presumiblemente, conlleva lanzar un mensaje contra los feminicidios en un concurso de belleza, pero si hablamos de incoherencia ¿hay gran diferencia entre el machismo de un evento como ese y el que se da en la Universidad, un espacio fundamentalmente controlado por hombres blancos y en el que  más silenciados están los casos de acoso sexual? ¿Debería valer este argumento para desacreditar un congreso feminista que tenga lugar en su Campus, por ejemplo? ¿No es una forma más de tutelar a las mujeres (algo contra lo que lucha el feminismo) pensar que una mujer que se desnuda para una portada de una revista no puede tener un discurso feminista?

No plantearse estas cuestiones entraña algunos peligros, sobre todo cuando hablamos de opinar sobre las acciones emancipadoras de grupos ajenos a nuestra experiencia personal y cultural. Decía June Fernández en  un artículo publicado en la sección que Píkara tiene en este medio: “no me gustan las certezas porque nos alejan de las personas, porque la realidad siempre es más compleja y enriquecedora que nuestros dogmas”. Y añado: sobre todo cuando ni siquiera estamos hablando desde y en nuestra realidad cercana.

A mí me gustó la acción feminista de Miss Perú, aunque estuviera premeditada por la organización. Me quedo con la idea de que millones de niñas y mujeres peruanas han visto (al menos) las mismas imágenes que yo vi. Reconozcámoslo, descolocan, impactan. Por lo salvaje de los datos y por la escenografía. Precisamente porque un concurso de belleza agolpa todos los estereotipos sexistas que combatimos día a día, es necesario tratar de trascender del debate de su legitimidad para entreverlo como un escenario privilegiado para lanzar un mensaje que ni silencia ni menosprecia a las mujeres.

No me parece una acción desdeñable si sirve para hacer ruido mediático y a la vez llegar a gente que, quizás, nunca se ha planteado nada sobre la violencia que sufren las mujeres. Personas que, no siendo conscientes de muchas cosas, estén empezando a dar sus primeros pasos en un camino que todas, de una u otra forma, vamos recorriendo: desaprender y deconstruir, autonombrarnos como feministas.

Si partimos de la interseccionalidad que existe en el feminismo (y otros movimientos y luchas sociales) es necesario tener presente que nosotras a título individual no representamos a todas y cada una de las mujeres. Muchas, desde su contexto, sus lugares y sus trayectorias, hacen por la lucha de las mujeres lo suficiente como para que se den avances en el respeto de sus derechos y en sus vidas.

Reconocer la no homogeneidad del feminismo es fundamental a la hora de hablar de opresión y revolución, de lo contrario nosotras mismas estamos cayendo en los mismos clichés y puntos ciegos de quienes nos quieren callar. No basta el enfoque de género si no hay una mirada interseccional. En el hecho de ser mujer se entrecruzan otras características individuales que unas veces nos colocan el lugar de las oprimidas y otras en el de quienes gozan de los privilegios de la raza, la clase, la sexualidad, etc. dentro de su género. Ninguna persona por sí sola encaja de manera nítida en ninguna categoría. Por eso no me convencen las críticas que, desde nuestro contexto de privilegios, hacemos a quienes no alcanzan nuestros patrones de feminismo. ¿Quiénes somos nosotras para validar, desde tan lejos, si su acción es suficientemente revolucionaria o no? Yo no.

Creo que es importante abrir esta reflexión desde la sororidad porque a veces tengo la impresión de que nos precipitamos a tirar piedras contra nuestro propio tejado. Creando distancias aún mayores entre quienes, desde distintos lugares y distintas formas, reman en la misma dirección, aunque no en nuestra misma barca. No es que todo valga, pero lo que vale para unas no es lo que vale para otras, y no por ello es mejor ni mejorable.

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