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Es necesaria esa sensatez

Pablo Iglesias tiende la mano al PSOE que quiere avanzar. Y también a la IU que quiera avanzar. No prestarle atención solo demostraría insensatez y falta de altura política

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Por streaming, para que pudieran seguirlo todos los medios y los ciudadanos. Así se dirigió Pablo Iglesias al Consejo Ciudadano de Podemos. (Es la diferencia entre él y Rajoy, el que aparece en tele de plasma: la de alguien con una valentía y un dominio, en directo, de la situación que le dotan del liderazgo que el presidente del Gobierno perdió hace mucho tiempo; la diferencia entre la gran política y la cueva de Ali Baba). Y tuvo razón Iglesias al dibujar los dos bloques políticos del momento: el del neoliberalismo inmovilista (el PP, Ciudadanos y el PSOE de Susana Díaz, todos bajo la sombra de la Corona) y el de una nueva transición (Podemos, las fuerzas de confluencia en Cataluña, Galicia y Valencia, y el PSOE socialista).

Es representativo que Susana Díaz haya reaccionado de inmediato pero solo para soltarle a Iglesias que no dé lecciones a nadie. Más allá de esta soberbia de Díaz (pecado del que, por cierto, siempre se ha acusado a Iglesias), la falta de generosidad política de la presunta socialista deja a su partido en un lugar vergonzoso, que tantos otros socialistas no deberían permitir. Encastillada en su egolatría (actitud de la que, por cierto, siempre se ha acusado a Iglesias), Susana Díaz no vela por el PSOE ni por España, sino por su propio poder. Y el PSOE sigue dando, como confesó Patxi López, "un espectáculo lamentable".

Pablo Iglesias pide diálogo y sensatez. En la situación en la que nos encontramos es más que conveniente tener en cuenta estas recomendaciones. De hecho, son las recomendaciones más sensatas que hemos oído, al menos desde el 20D. Deben darnos igual las guerras internas de las formaciones políticas, sean del PSOE o sean de IU. Que se arreglen ellas. Ni siquiera debería importarnos quién tendió los puentes entre Podemos e IU y quién los dinamitó. Lo que debe importarnos es la posibilidad de un cambio político, lo que deber primar es el interés común. No el de las siglas, no el de los partidos. Creo que con su gesto Iglesias es el primero que se aplica el cuento: está tendiendo la mano a los socialistas que puedan aún llamarse así, a los que reconozcan que la reforma del artículo 135 de la Constitución fue un terrible error, a los que, naturalmente, rechazan que vuelva a gobernar el PP, a los que no comparten ideología ni hoja de ruta con Ciudadanos. Les tiende la mano para tratar de formar un gobierno alternativo basado en la justicia social y en la lucha contra la corrupción y la desigualdad, y decidido a derogar leyes indignantes del PP, como la Reforma Laboral o la Ley Mordaza, y a impulsar la reforma del sistema electoral.

Aún cuesta creer que una gran mayoría del PSOE no apoye estas propuestas. Amigos socialistas, ha llegado el momento de repensarse, de dar un paso al frente, de olvidar todo lo que no sean esos objetivos. Lo contrario será, no ya solo un suicidio (como tanto se les ha advertido), sino un crimen político: permitir que gobierne el PP de los recortes, de los ladrones, de las tramas. Cuesta creer que llegue a estar en ese barco un socialista solo por defender la poltrona de la devota de la Virgen del Rocío. Mucho menos por rechazar que en Cataluña se ejerza el derecho a decidir y consentir que se esgriman lemas de tufillo facha como el "España se rompe": España se ha roto de corrupción y de desigualdad. Cuesta creer que los socialistas permitan el secuestro político del que son objeto por alguien así. Y si tantos escrúpulos tienen frente a Pablo Iglesias, cabe recordar que los escrúpulos deben aplicarse con quien de veras los merece. Los resultados de Podemos y del PSOE en las elecciones así lo vienen a confirmar.

Pablo Iglesias tiende la mano al PSOE que quiere avanzar. Y también a la IU que quiera avanzar. No prestarle atención solo demostraría insensatez y falta de altura política. Es lo que toca. Porque en la coyuntura actual es necesaria una gran política de unidad frente al verdadero enemigo: el malo conocido.

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