Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

¿Qué quiere ser de mayor Pablo Iglesias?

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias.

Carlos Hernández

Millones de votantes progresistas se quedaron huérfanos el pasado domingo. Aunque estaba cantado desde el asesinato político de Pedro Sánchez, algunos se resistían a creerlo. Pero sí, el PSOE decidió traicionar a su electorado permitiendo que vuelva a gobernar el partido de los recortes, la injusticia social, la prepotencia y la corrupción. Esos simpatizantes y militantes que llevan más de un año enfrentándose a quienes vaticinaban la llegada de 'la Gran Coalición' e indignándose cuando veían el término PPSOE… acaban de quedarse sin argumentos.

Son muchos de ellos quienes, en estas horas de zozobra, miran hacia Pablo Iglesias buscando un proyecto con el que sentirse medianamente identificados. Miran y miran pero, de momento, no encuentran nada. Desde el golpe de Estado perpetrado en Ferraz, Podemos ha eclipsado sus iniciativas políticas con un rosario de peleas internas y no pocas ocurrencias. Mientras los socialistas se desangraban y la antigua cúpula del PP desfilaba por la Audiencia Nacional, Iglesias y Errejón se enfrentaban en Twitter sobre si era más guay levantar el puño o hacer la “V” de victoria. Mientras miles de ciudadanos buscaba un timonel comprometido pero también responsable, el líder de la formación morada apoyaba por activa y por pasiva una protesta estudiantil que, por muy legítima que fuera, había quedado marcada por la violencia y las pancartas de apoyo a los presos de ETA.

Es más que evidente que numerosos medios de comunicación, la mayoría, tratan de demonizar a Podemos. Pero es igualmente obvio que son sus propios dirigentes los que se encargan de darles la munición. Iglesias tendría que hacer caso a su número dos: “El problema no es que los golfos nos tengan miedo, sino que lo tenga nuestra vecina”. Esa vecina a la que aludía Errejón no vive en la Moraleja; esa mujer está en paro, friega escaleras o trabaja en el campo. Si Iglesias no es consciente de ello, debería dar un paseo por los barrios obreros de Madrid o Sevilla; visitar pueblos de las dos Castillas, Extremadura o Andalucía; y reflexionar sobre las razones que provocan ese temor en una parte de sus potenciales votantes.

Podemos empezó a perder el rumbo a finales de 2014. El partido encabezaba por primera vez las encuestas. Iglesias y Errejón se vieron ya en la Moncloa y la ansiedad les hizo equivocarse, una y otra vez. Abandonaron, de la noche a la mañana, el discurso combativo para “ocupar la centralidad del tablero” y no ser “ni de derechas ni de izquierdas”. “Que se queden con la bandera roja, yo quiero ganar”, decía el candidato Iglesias en las entrevistas, a la vez que rechazaba una coalición con Izquierda Unida. Esa línea política podía ser o no acertada, pero al menos habría sido una línea… si no hubiera estado salpicada de calentones en los que se defendía a Maduro, se coqueteaba con la izquierda abertzale o se jugaba al fútbol luciendo una camiseta republicana.

Fue una estrategia errática que no atrajo ni a un solo votante de centro, espantó a muchos izquierdistas convencidos y animó a los simpatizantes socialistas a no cambiar el original por un mal e impredecible imitador. El 20 de diciembre Podemos no ganó 69 escaños, perdió 40.

Desde ese día todo fue a peor. La misma noche electoral, Pablo Iglesias, aún sin digerir que no había logrado el sorpasso, eligió el referéndum en Cataluña como principal condición para apoyar un Gobierno del PSOE. Después llegó la patética rueda de prensa en la que pidió una Vicepresidencia, el CNI, RTVE… Fueron meses dedicados a forzar unas segundas elecciones utilizando la inédita estrategia política del zigzag: hoy echo cal sobre Felipe González, al día siguiente le doy amor a Pedro Sánchez, después llamo hombre de paz a Otegi, luego insisto en que no hay izquierdas ni derechas pero termino pactando con Alberto Garzón porque así lograré el sorpasso. El trilerismo político no funcionó y en junio Unidos Podemos perdió más de un millón de votos.

Hoy la formación morada sigue sin rumbo, dividida y con un líder decidido a dar otro giro al timón. Ahora parece que vuelve a tocar ser muy de izquierdas y que lo anterior ha sido un profundo error. Así lo reconocía el pasado jueves en una gran entrevista que le hizo Gonzo para El Intermedio: “Dijimos una cosa que era verdad: nuestro programa es socialdemócrata… Pero mucha gente dijo, ¡uy!, se están disfrazando… La experiencia me lleva a pensar que la gente aprecia la sinceridad”. Aparte de la contradicción del razonamiento (si su programa es socialdemócrata ¿dónde está la falta de sinceridad?), Iglesias tachaba de errónea la estrategia pasada y anunciaba una nueva línea política “sin disfraces”. Ya renegó de haberse definido como comunista, ahora se avergonzaba del término socialdemócrata… y hoy seguimos sin saber qué quiere ser de mayor Pablo Iglesias.

El reto para Podemos es demostrar que tiene una idea de país y algo más: una ideología común. No se es más de izquierdas por levantar el puño ni por meterse en todos los charcos que sacuden, durante unos breves minutos, los cimientos de ese mundo paralelo que es Twitter. Una buena parte de los votantes progresistas estaría encantada de reencontrarse con aquel Podemos de 2014 que solo daba miedo a los poderosos y que centraba su discurso en la desigualdad social, la lucha contra la corrupción y defendía, en definitiva, los valores tradicionales de la izquierda.

No tienen mucho tiempo para hacerlo. Se equivocan si piensan que el PSOE está muerto; su resurrección dependerá, eso sí, de lo que hagan Iglesias y los suyos. Si en uno o dos años la formación morada sigue con su estrategia del zigzag y con sus peleas infantiles, se encontrará con un partido socialista reconstruido que tendrá opciones de volver a disputarle la ansiada hegemonía de la izquierda.

Etiquetas
stats