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Historia de una superviviente: las dos vidas de Cristina

Cristina sufrió maltrato durante 11 años.

Patricia Rodríguez Pagés

Cristina abre una caja imaginaria donde una vez hubo un espejo. Hace el gesto de abrir la tapa y se mira en ese espejo invisible. “Soy otra persona”, dice en un susurro mientras las lágrimas asoman en un rostro hoy sereno, sin rabia ni miedo. “Me había prometido no llorar pero, al removerlo todo, no puedo evitarlo”. Para Cristina, aquella terapia de grupo donde la psicóloga la obligó a enfrentarse a su propio rostro representó un antes y un después en su vida. Para entonces, ya había gritado un “hasta aquí hemos llegado” después de la primera paliza, había dejado su casa con su hijo pequeño y había superado el miedo para ir a denunciar. Pero seguía sin encontrarse.

Aquel día de terapia, Cristina (no es su nombre real) empezó una lucha personal contra once años de invisibilidad. Más de 4.000 días en los que transitó sola por un camino lleno de renuncias, abusos e insultos de su expareja.

Ya hace un año que volvió a encontrarse con aquella joven de 30 años que había trabajado en Barcelona, en Canarias y en Sevilla. Aquella emprendedora que no tenía miedo a los retos, que tenía amigos aquí y allá y a la que le encantaba salir y ponerse guapa. Volvió a mirarla, ya sin nostalgia, y decidió que era hora de desprenderse de aquella otra Cristina triste, a la que su marido había prohibido trabajar y relacionarse con familia y amigos durante demasiado tiempo. Aquella Cristina miedosa que sólo vivía para que él no se enfadara, que no se maquillaba ni salía sin su permiso, que aceptaba sumisa las culpas, los errores inventados, el control, las humillaciones… Para que no se enfadara.

Hasta hace un año, cuando se plantó y le dijo que no podía más. Y él se enfadó y le pegó una paliza delante de su hijo. “Cuando llegó la policía, encima les dijo que era yo la que le estaba pegando”. Era la segunda vez que le levantaba la mano. La primera, se refugió en casa de su madre, aunque a los pocos días volvió con su agresor: “Lo hice por mi hijo. Fue el mayor error”.

Después de aquella paliza, tardó una semana en denunciarlo. Tenía miedo, se sentía perdida, desorientada, pero lo hizo. Fue clave la ayuda que le prestaron en el Punto de Información a la Mujer (PIM) y los consejos de la policía. Y poco a poco, fueron desapareciendo las marcas de los golpes; de las heridas psicológicas aún se recupera despacio. Esas nunca se vieron, así que la justicia nunca le concedió una orden de alejamiento. “Mi madre se enfadó mucho y llegó a decirle a la jueza que si yo tenía que ir al juzgado con la cara morada para que me dieran la orden”. Nunca llegó después de un año y siete denuncias. Cristina cree que la justicia sigue sin estar totalmente del lado de las mujeres.

“Tuve que irme de la ciudad donde vivía a un pueblo, pero averiguó dónde estaba y vino a insultarme; cambié de teléfono, pero averiguó el nuevo y me llama con número oculto, también para insultarme”. “He tardado mucho en salir sola a la calle. Voy haciéndolo poco a poco, porque llegó un momento en que no podía privar a mi hijo de estar un ratito en el parque”. “Me costó mucho. He llegado a ir con un paraguas o con las llaves en la mano por si acaso”.

Una nueva vida

Una nueva vida

La justicia sólo reconoció a Cristina el derecho de quedarse en el piso que compartía con su expareja. Aunque cuando regresó al que había sido su hogar no encontró nada: “Se lo había llevado todo y lo que quedaba lo había destrozado… ¡Hasta el termo del gas! Aquellos momentos fueron horribles y hubo gente que se portó muy bien: la Fundación Ana Bella hizo un llamamiento por si alguien me podía ayudar y una persona que no quiso dar su nombre me dio 300 euros para que me pudiera comprar una lavadora y un microondas. Para mí, ese gesto fue y será para toda mi vida muy importante”.

Tampoco entonces funcionaron las denuncias. No pasó gran cosa, excepto que Cristina tuvo que mudarse a 45 kilómetros de la que había sido su casa, lejos de su madre, la que siempre ha estado, la que tanto ha sufrido: “Por eso prefiero no dar mi nombre real, no aparecer en la foto… Ella ya ha sufrido bastante”.

Cristina toma un sorbo de café y vuelve a sonreír. “Tengo un hijo increíble”. “Él también ha pegado un buen cambio. Cuando nos mudamos de casa, todavía se hacía pipí en la cama”. Tenía nueve años. Habla de ello con calma, sabiendo que sólo es posible la cura si se supera el rencor. Quizá por eso está empeñada en que su hijo no crezca con esa amargura y acepta que siga viendo a su padre los fines de semana que cumple con el régimen de visitas, que no son todos.

“Hoy puedo decir que soy otra mujer. Doy las gracias todos los días a tantas personas que me han ayudado en este camino”, afirma con emoción, recordando los consejos y la eterna compañía de Clara, de la Fundación Ana Bella, reviviendo su experiencia como “embajadora de Danone”, aquel primer trabajo: “Los fines de semana empecé a trabajar en degustaciones de sus productos... ¡Uf, después de tanto tiempo! Al principio estaba supertensa, pero empecé a relacionarme otra vez con gente: ¡Me encantaba! Me di cuenta de que yo valía mucho”.

Desde entonces, han llegado nuevos trabajos, nuevos amigos, una nueva vida llena de aire fresco. “¡De esto se sale, claro que se sale!”. “Ahora me levanto todas las mañanas y lo primero que hago es mirarme al espejo. Me doy muchos besos a mí misma y me digo: Tú vales mucho”.

Hasta junio de este año, 62.110 mujeres como Cristina denunciaron ser víctimas de violencia de género en España.

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