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Ocho cuestiones de salud invisibilizadas por el machismo

Alma Méijome, Eugenia Gil, Dolores García y Elisa Vizuete.

Ramiro Navarro

Pese a que no lo parezca, medicina no se escribe en femenino. Su práctica, su estudio y perspectiva siguen hechas a la medida del hombre. Eso abarca todo, desde la estructura del propio sistema sanitario y su planificación, hasta la propia percepción de la salud y como se somatiza y medicaliza. Cuatro mujeres relacionadas con el ámbito sanitario y expertas en cuestiones de género analizan esta perspectiva y explican algunos de los aspectos clave entre el sexismo y la salud que siguen manteniendo o agrandando la brecha.

El patriarcado médico de ayer y hoy

El androcentrismo científico existe y se perpetúa, según explica Alma Méijome, pertenciente al colectivo de Setas Feministas. Su desarrollo profesional como antropóloga le ha llevado a estudiar de cerca algunos aspectos claves de la fibromialgia y a rebuscar entre las inercias machistas que blindan los anales de la ciencia. En su opinión, “de siempre fueron los cuerpos de los hombres los que se han estudiado clínicamente y de ahí se ha definido qué es enfermedad y qué no lo es”. Lo que se sacaba de esas observaciones “se ha aplicado igual en el cuerpo de la mujer” y siempre han sido “las otras”. Ese patriarcado científico se ha extendido hoy día. Muchos fármacos se ensayan más en población masculina y se administran igual en hombres y mujeres. Los comités y presidencias de las sociedades científicas siguen teniendo cuotas mayoritariamente masculinas.

Como muestra, de los ocho Colegios Oficiales de Médicos de Andalucía ninguno está presidido por una mujer. Estas cotas machistas en espacios de poder de la biomedicina no son una cuestión baladí. “Los discursos de la práctica médica son los que tienen más carga a la hora de expresar cualquier proceso de salud y enfermedad. Las experiencias de las mujeres en primera persona sólo tienen relevancia en cuanto se ajustan a esos cánones, que ya se han definido en los discursos, se han aplicado en las consultas y que hemos asumido personalmente como mujeres”, asevera.

Opiniones silenciadas y psicomatización

María Dolores García, es diplomada de salud pública y género por la Escuela de Salud Carlos III, y aúna el activismo feminista en el colectivo Mujeres de Negro con su labor profesional técnica en el ámbito sanitario. Según explica es ahí, en el sistema de atención sanitaria, donde en su opinión las quejas de las mujeres desde siempre han sido silenciadas. “Siempre se nos ha considerado más vulnerables; más dadas a la histeria, a la depresión, y eso ha llevado a que el 85% de los psicofármacos que se recetan se prescriban a mujeres”. Según sus datos, en un 25% de los casos se psicomatizan las quejas de las mujeres, se invisibilizan. “Se nos ha hecho más vulnerables y se nos ha hecho siempre pensar que somos más débiles y más propensas a enfermar”, apostilla.

Las mujeres viven más, pero lo hacen peor

Las mujeres tienen más esperanza de vida, pero no más años de vida libre de enfermedad o cronicidad. “Eso quiere decir que muchas mujeres padecen enfermedades musculo esqueléticas y están medicalizadas en ese último tramo final de la vida, que es donde está el mayor peso de consumo de fármacos”, indica Eugenia Gil, profesora de Enfermería en la Universidad de Sevilla. En su opinión, a la hora de estudiar el fondo de esas enfermedades más prevalentes entre la población femenina, se trata de ver de qué manera el proceso de socialización diferencial hace que las personas con un sexo determinado (el proceso se encarga de sexo y género sea uno) tengan formas distintas de percibir de creer y de afrontar la enfermedad. “Ese es el gran valor de la perspectiva de género. Nuestros procesos para ver y afrontar la enfermedad tienen que ver con el género. No con el sexo. Tienen que ver con cómo nos construimos como mujeres y hombres”. Por eso, la perspectiva de género pretende “encontrar una falla en todo el proceso médico”.

Distintas formas de sufrir, manifestar y expresar la enfermedad

Hay una diferencia entre decir un tanto por ciento del cáncer afecta a los hombres y un tanto por ciento afecta a las mujeres, si no se analiza las causa y componentes culturales que están llevando a eso, sino que además “se ignora que los cuerpos de los hombres y las mujeres son diferentes y los síntomas no solo se reflejan de modo distinto sino que se expresan de modo distinto”, subraya Alma Méijome. Según indica, si hay un problema de corazón y va un hombre o una mujer a una consulta; su manera de expresar qué es lo que le está pasando va a ser diferente y se va a seguir invisibilizando y menospreciando las quejas de las mujeres. “Por ejemplo, los ataques al corazón los tenemos asociados a un fenómenos más habitual en los hombres; y se está viendo que mueren más mujeres en un primer ataque al corazón que hombres (que puede llegar a padecer más infartos) porque los síntomas se expresan de manera distinta. Ocurre que a lo mejor a la mujer no le duele el brazo y le entra fatiga; pero lo que está recogido es que estos son los síntomas”, expone. He ahí la aplicación práctica de esa mirada androcéntrica omnipresente.

María Dolores García trae a colación un estudio realizado por la Sociedad Española de Cardiología a petición del Observatorio de Salud de la Mujer en el que, sin hablar específicamente de perspectiva de género, se demostraba que a un hombre y a una mujer con una cardiopatía isquémica no se les ofertan los mismo servicios sanitarios. Y que sólo el 15% de las mujeres están bien manejadas frente al 50% de los hombres.

Embarazo y menopausia, convertir lo natural en enfermedad

Elisa Vizuete, médica técnica en el Servicio Andaluz de Salud, subraya que antes “se entendía que la menopausia nos llevaba a tener más hipertensión, más ansiedad, peor salud cardiovascular”. De este modo, nos querían medicalizar la vida de manera que todos los síntomas que tuviera una mujer que tuviera cierta edad se atribuía a un efecto de la menopausia“. Se convierte así un proceso natural asociado al envejecimiento en una enfermedad. En esta tendencia también tiene su responsabilidad la industria farmacéutica. ”Existía evidencia de que el tratamiento hormonal sustitutorio podía tener efectos perjudiciales y sin embargo no se hicieron públicos porque la industria farmacéutica tiene su interés. Existen intereses económicos muy potentes. Y el nicho de la vida evolutiva de la mujer desde la anticoncepcion a la menopausia se ha marcado como un nicho de mercado importantísimo para la industria farmacéutica“, subraya María Dolores García, quien recuerda que ”aún lo tienen“.

Como antropóloga, Alma Méijome pone de relevancia que “desde mucho tiempo antes te bombardean con los síntomas, antes de llegar a una edad ya te están alertando y estresando con que si sofocos, que si dolores… en Asia, el síndrome menopáusico no existe. Las mujeres tienen su primer periodo y llega un momento en que se retira”. Elisa Vizuete sitúa esa visió en un perfil occidental actual que antes no existía. “Porque aantes la menopausia era una etapa a la que llegabas con optimismo; nuestras abuelas llegaban encantadas a la menopausia; porque con la ausencia de regla ellas se liberaban de una pesada carga que era el control de la natalidad. La salud de la mujer, otra vez, ligada a embarazarse y a tener hijos”, resume.

La planificación sanitaria responde a un único patrón

Según explica Elisa Vizuete, las enfermedades de alta prevalencia se presentan de forma distinta en hombres y en mujeres, “responden a hábitos y estilos de vida distintos, como ocurre por ejemplo con el hábito tabáquico o la obesidad infantil”. Por eso, “los planes de salud deberían tenerlo en cuenta para evitar sesgos”. En ese aspecto, María Dolores García trae al caso su experiencia con en el Plan Integral de Salud Mental, que incluye una estrategia de género. “Estamos analizando el sexismo en la práctica clínica de los profesionales en salud mental. La mujer hace más uso de la Atención Primaria y las derivaciones y hay más protocolos de las depresiones, de la carga emotiva de la propia percepción de la salud y su medicalización. Estamos estudiando el sexismo en salud mental, para desvelar algunas hipótesis del sesgo que puede tener el sector sanitario”.

Inercia machista en la investigación

Por su parte Eugenia Gil subraya que, hasta hace poco, desagregar datos por sexos era una práctica marginal. “Al menos ahora van existiendo más estadísticas diferenciadas por sexos. Ha habido cambios en datos de salud y económicos; pero aun queda mucho”. Como prueba de ello, comenta una experiencia reciente en un proyecto sobre uso de drogas en Bilbao: “Nos presentan un estudio sobre consumo de éxtasis en la juventud, para analizar consecuencias y efecto del éxtasis en el organismo. Cuando estábamos en el workshop inicial nos llamó la atención el diseño de la muestra. No había chicas. Preguntamos el porqué. La explicación fue que las chicas distorsionan los resultados porque tienen trastornos hormonales”. Ese episodio no es de hace 40 años, es de hace cuatro.

Los recortes afectan más a las mujeres

Un análisis realizado el pasado año por la Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidad Pública analizó la repercusión del copago. “Se ha estudiado que la medida no es disuasoria; es discriminatoria. La gente que está dejando de consumir fármacos son los que tienen la renta más baja. Ahí hay un tramo importante de mujeres por eso de que viven más años de cronicidad. Es importante subrayar el efecto que tienen algunas políticas en la población y sabemos que afecta a los más vulnerables, y fundamentalmente a las mujeres”, concluye María Dolores García.

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