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Andalucía no es Turingia

Thomas Kemmerich, el líder político de Turingia que dimitió tras ser elegido con el apoyo de la extrema derecha.

Andalucía no es Turingia, que ni en las redacciones de los periódicos sabía nadie dónde estaba. Pero vino bien cuando se supieron las primeras noticias: los alemanes del este, de una región –pregonaba algún medio de la corte centralista– se habían marcado un Moreno. Es decir, que habían aceptado los liberales (sic), con la derecha de siempre, gobernar con los votos de la extrema derecha. Cayó bien porque, en el fondo, los periodistas (en la pública y en las privadas), medios de todo pelaje, merodeadores del poder, saben que lo que pasa en Andalucía es lo que pudo haber pasado en Turingia y lavaría estéticas como el OMO, que siempre lava más blanco.

Los mencionados han pasado de cómplices del statu quo permanente con el socialismo eterno a colaboradores necesarios del actual Gobierno de Moreno y Marín, apuntalado sin otra opción por la extrema derecha; tan extrema como la alemana de AfD. Si antes fueron susanistas de bata de cola –como antes fervientes griñanistas y chavistas, de Cai, se entiende–, ahora son morenistas, marinistas y, como proclamaba un afamado profesor penalista de la hispalense, en tiempos febreros, camisas viejas de lo que venga.

Pues sí, venía bien para quedar bien, que algo de vergüenza especular queda. Pero no ha podido ser y lejos de lecturas y luego escrituras comparativas por la evolución de estos asuntos germanos, el silencio se ha impuesto, no sea que la gente compare.

Demócratas antes que nada

El acuerdo con la extrema derecha se ha malogrado, y ello por la reacción fulgurante de personas, asociaciones, periódicos y periodistas, demócratas alemanes que, por su experiencia, saben que a la extrema derecha no se le pueden dejar resquicios y menos puertas a las instituciones. Sin duda saben que la complacencia de la derecha, católicos, protestantes, liberales, monárquicos, jueces, intelectuales, periodistas y otros, fue el caldo necesario para que la República de Weimar cayera y abriera la puerta a la mayor expresión de fascismo, el nazismo, que se ha producido en Europa y el mundo.

La pesadilla pasó, no solo por la respuesta patriótica de los alemanes, sino porque hay una señora de derechas como Angela Merkel, también un señor de derechas (mucho) como el presidente del Bundestag, Wolfang Schäuble –que tantos malos ratos nos hizo pasar aunque más a los griegos–, que son demócratas; sobre todo, demócratas, antes que de derechas o incluso alemanes.

Andalucía no es Turingia, ni España es Alemania

Esto es otra cosa. Aquí, en Andalucía, no hubo una insurrección de barones regionales, como en Alemania. Los barones regionales esperaron sin rechistar que los jefes de Madrid llegaran a un acuerdo; uno, complacido a las claras; el otro, detrás de la cortina; aceptaron sin rechistar y rezando sabiendo que los sillones los ocuparían ellos. Andalucía no es Turingia, ni España es Alemania, ni los partidos de derechas alemanes son PP y Ciudadanos, ni los medios y periodistas alemanes son los que resisten como pueden al sur de Despeñaperros, en la región (sic), para quedarse o para acabar en Madrid de lo mismo.

En las redacciones, después de la coartada fallida, la respuesta fue el silencio. Por eso de que después hay que tratar las supervivencias con San Telmo.

El azar ha querido que, en las mismas fechas, llegara extraditado a Madrid Carlos García Juliá, el asesino de ultraderecha de los abogados de Atocha: sí, de ultraderecha. También que se cumpliera el aniversario de la Desbandá, la gran escapada del fascismo, del franquismo y de Queipo de Llano –el de la Macarena y San Gonzalo– en la carretera de Málaga a Almería. Más de 5.000 asesinados.

Poco pío, nada de parapapío, no sea que a la gente le dé por asociar asesinatos de Atocha, asesinatos franquistas sin penar, la ultraderecha frustrada en Turingia y la consentida en San Telmo.

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Publicado el
9 de febrero de 2020 - 20:38 h

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