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La ciudad deshabitada

Turistas en la zona centro de Sevilla, en el entorno de la Catedral

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(A quien corresponda)

Da lo mismo, porque no harán caso. Pero tienen que saber que el centro urbano de Sevilla (y de otras muchas ciudades en el mundo, supongo) será pasto del turismo de masas hasta convertirse en un “desierto temático”. Porque este modo de hacer turismo no es más que la expresión de un rebaño ávido de consumo que, como la marabunta o las plagas de langosta que asolan los cultivos, no dejará que sobreviva un solo habitante normal en el centro; esos que se solazan en las plazas o conversan con sus vecinos, sin prisas, haciendo a diario, en el espacio público, las pausas que alimentan el espíritu en el viaje de la vida.

Y tampoco quedará mucho de aquella ciudad esotérica y laberíntica, original y hermosa, en la que cada puerta era una invitación a penetrar en un mundo desconocido: a una mercería, crisol de botones e hilos; a un colmado abigarrado de “coloniales y ultramarinos” donde, además de abalorios, reinaban los recuerdos y los posos de mil esperanzas y sueños de ultramar. Puertas que daban paso a la ferretería más añeja, cargada de artilugios y hojalatas difíciles hoy de encontrar, polvo de oficios ya tan lejanos que podría llegarse a pensar que jamás existieron. No quedará ni una papelería y tampoco libros porque no habrá librerías; ni siquiera quien te arregle un zapato, una silla o alguien que tapice un sofá; será imposible encontrar a un carpintero que pueda apañarte el marco de una ventana por la que se cuelan la lluvia y el ruido; no habrá ni cristaleros ni herreros, ni la señora que traiga los tomates o los huevos del pueblo con los que se sacaba unos céntimos extra de aquellas pesetas en un bakalito improvisado a la entrada de su vivienda en la planta baja... ¡Nada! ¡No quedará nada de aquello!

Ya nunca más habrá vecinas a las que mirar y sonreír, ni vecinos por los que suspirar detrás de los visillos...

La marabunta que viene llega a todas horas desde todas partes. Acude, como moscas a la miel, con el convencimiento de que no puede perder ni un minuto de esas cuarenta y ocho horas que el negocio del capital-riesgo, hoy gurú del consumo, les vende

Tampoco habrá niñas jugando en los columpios o a la rayuela pintada con tiza sobre el enlosado de las plazas, ni niños correteando y saltando por los parterres detrás de un balón... O viceversa. No habrá gente que se pare en la esquina a preguntarte cómo va esa salud, ni ancianos contemplando las nubes desde un banco viejo, desvencijado por el uso; esos ancianos que catalogan recuerdos entre el chascarrillo y la chanza, o miran, como cuando eran niños, a ver si descubren los pájaros que entonces vivían en el arbolado del vecindario y hoy han desaparecido. No habrá abuelas tirando del carro de la compra o acompañando a los nietos al colegio. Y no volverán a oírse gritos amables del estilo: “¡Vecina, vecina... ¿Tienes un poco de sal? Anda, pásamela por la ventana!”.

¡Nada! ¡Nada volverá a ser igual!

Todo desaparecerá bajo las pisadas de esas turbas apresuradas, que van y vienen por nuestras calles a no se sabe dónde ni a qué. Ahora, como ocurrirá en el futuro, el único cantar que se oye en la deshabitada ciudad es el berrido de esos grupos desaforados que, como en la berrea de los ciervos, vienen a celebrar el apareamiento sexual de las novias y novios mientras les acompaña, como música de fondo, un turbador rodar de maletas.

Maletas que parecen estar vivas, pues ruedan desde el amanecer... y nunca se acuestan antes de las doce de la noche.

Porque la marabunta que viene llega a todas horas desde todas partes. Acude, como moscas a la miel, con el convencimiento de que no puede perder ni un minuto de esas cuarenta y ocho horas que el negocio del capital-riesgo, hoy gurú del consumo, les vende como si fuera un regalo. Por eso no pueden permitirse dormir. Viven la ciudad como si no hubiera un mañana; ese día siguiente en el que vuelven somnolientos a la rutina del tajo en los astilleros de Hamburgo, a los polígonos industriales de Turín o a cualquier otro lugar donde el sol y la luz escasean y el trabajo les agota. Por eso, cuando regresan, a altas horas de la noche de la calle, a esas viviendas de las que antes fueron expulsados los vecinos de toda a vida, ellos van a continuar con la juerga hasta el amanecer, enajenados con chorros de humo y alcohol, mientras practican el juego de quitarse a cada alarido una prenda. Una actividad que los señores del dinero les aplauden pues es la mejor estrategia para expulsar, ¡ya, ya!, a los últimos supervivientes que quedan aún en la vecindad.

Las terrazas abigarradas de mesas y sillas nos roban el espacio en el que se cultivó siempre la vida... ¡El espacio público: las calles!

Sí; los que nos gobiernan tienen que saber que pavonearse de que la ciudad es feliz (¿?) porque ha regalado sus plazas y calles a los fondos buitre para que siembren de franquicias y consumo alienante cada rincón, hurtándole a los vecinos la posibilidad de convivir en armonía y en paz, es una fechoría de tal magnitud que merece el desprecio.

Pavonearse, insisto, de que los hoteles proliferan como hongos o de que la ciudad se esté convirtiendo en un espacio alienado y vulgar porque ofrece lo mismo que en todas partes al haber eliminado lo antiguo o la estética que la hacía diferente para cultivar boberías o esa felicidad y sonrisa de valla publicitaria que propicia el consumo, es, a la larga, una propuesta de destrucción que deben saber. ¡Los votantes tenemos que decírselo!

Las terrazas abigarradas de mesas y sillas nos roban el espacio en el que se cultivó siempre la vida... ¡El espacio público: las calles! Ese espacio por el que hemos transitado durante cientos, miles de años, los humanos; exactamente desde que aparecieron los primeros núcleos de población.

¡Ahora solo hay obstáculos! Algo tan simple como caminar por el centro con un niño o acompañando a un anciano puede antojarse una heroicidad; tal es la invasión que sufrimos... Y si no podemos caminar, ¿qué pintamos aquí?

Si bien antes fueron los carruajes y luego los automóviles, ahora, cuando parecía que todo estaba camino de arreglarse con una agenda política más sensible con el medio ambiente, cuando parecía que se estaba enmendando el agravio a quienes, no se olvide, somos los hacedores de ciudad, llegan los señores del dinero e incautan, con la aquiescencia de los gobernantes, el espacio público. ¡Ahora solo hay obstáculos! Algo tan simple como caminar por el centro con un niño o acompañando a un anciano puede antojarse una heroicidad; tal es la invasión que sufrimos... Y si no podemos caminar, ¿qué pintamos aquí?  Por eso entendemos que lo que está ocurriendo es un abuso, un atentado contra la salud física y mental de las personas, que debería considerarse delito.

Quienes ejercen la acción de gobierno tienen que entender que la venta que están haciendo del centro de Sevilla a ese liberalismo económico especulativo, al comercio (muchas veces absurdo) y sin control, un día acabará convirtiendo sus edificios y calles en el decorado de un desierto, en el que solo habrá ruinas sin almas para poderlas llorar.

Porque hasta las almas, precisamente en Sevilla, donde proliferan como en ninguna otra parte, se han convertido también en almas de cartón, sin vida, en puro espectáculo y en reclamo y objeto de mercadeo para que vengan aún más y más turistas. Masas ingentes de depredadores, insensibles y dispuestas a colaborar para terminar de expulsar extramuros a quienes aún se resisten –¡las pocas vecinas y vecinos que quedan!– a abandonar la hermosa ciudad que, a este paso, dejará de ser el centro de Sevilla.

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