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La auténtica traición y felonía es más bien esto

La estrategia de algunos dirigentes de la nueva derecha -deslegitimar por sistema al adversario y mentir reiteradamente y "sin complejos"- envenena el debate público, rompe la convivencia, fracciona a la sociedad y, en definitiva, debilita la democracia

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Pablo Casado: "Quien quiera un Gobierno responsable, que meta la bola azul"

Pablo Casado EFE

Felón, traidor, mentiroso compulsivo, irresponsable, incapaz, desleal, incompetente, mediocre... De toda la larga lista de calificativos descalificadores que la semana pasada soltó de una tacada Pablo Casado, presidente del PP, contra Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, ninguno tan revelador ni tan preocupante sobre los modos y la estrategia política del nuevo líder del Partido Popular como dos que agregó a los arriba transcritos: el de "ilegítimo" y el de "okupa".

Estamos ante una preocupante regresión política. Para Casado y para otros dirigentes de su formación, Sánchez es desde el primer día de su mandato un presidente ilegítimo pese a que llegó a la Moncloa cumpliendo escrupulosamente todo lo que dispone la Constitución en sus artículos 113 y 114, que regulan la moción de censura. El éxito de la moción de censura y el consiguiente desalojo del poder de Mariano Rajoy y del PP han dejado a la vista la escasa convicción democrática de algunos dirigentes políticos. Sólo respetan las normas y su aplicación si favorecen sus intereses. Sólo aceptan la legitimidad de los votos de los ciudadanos y su transformación en escaños que tiran o ponen Gobiernos si el saldo final es a su favor.

Si los votos de "los separatistas" -otra vieja expresión revivida ahora- ERC y PDeCAT ayudan a tumbar a Rajoy y a llevar a Sánchez a la Moncloa, son para la derecha votos espurios, de rendición, vergonzantes, ilegítimos. Si los votos del extremista, antieuropeísta, antiautonomista, machista y xenófobo Vox ayudan a PP y a Ciudadanos a acceder al Gobierno de Andalucía, son para ellos unos votos tan buenos como el que más: nobles, respetables, legítimos a carta cabal. Aquellos votos manchan, estos abrillantan. Juan Manuel Moreno Bonilla, del PP, puede ser presidente andaluz con 26 diputados propios, el 23,8% del total del Parlamento de Andalucía, pero Pedro Sánchez (PSOE) no puede ser presidente español con 84 diputados propios, el 24% del total del Congreso.

Por enésima vez en los últimos siete meses, todos los que lleva en la presidencia del Partido Popular, Pablo Casado "exigía" este domingo, tras la en parte fallida manifestación en Madrid de toda la derecha contra el presidente del Gobierno, que éste convocara elecciones generales. "¡Elecciones ya!" proclamaba además el lema de la concentración, a la que Casado invitaba a asistir a los "españoles de bien". "Exigir" es, según el Diccionario de la Real Academia Española, "pedir imperiosamente algo a lo que se tiene derecho". Pero el derecho y la facultad de convocar elecciones, según la Constitución (en su artículo 115, el siguiente a los de la moción de censura, por cierto), corresponde exclusivamente al presidente del Gobierno. Tal como está la situación política, es posible que en breve Sánchez lo ejerza, que disuelva las Cámaras y convoque elecciones generales, especialmente si como parece su proyecto de Presupuestos Generales del Estado es tumbado a las primeras de cambio en el Congreso, esta misma semana. Pero si lo hace será ejerciendo un derecho propio, no del jefe de la oposición. 

Lo que subyace en el fondo de estos planteamientos de la nueva derecha es la ningún tolerancia con el diferente, con el que no piensa igual. Con el que tiene otra idea de España. No se reconoce legitimidad no sólo a los representantes políticos que no son afines, sino incluso a los ciudadanos de a pie que les han dado sus votos en las urnas. Esta pulsión autocrática, casi de pensamiento único y de partido único -el de los "españoles de bien" según los parámetros morales del que reparte los carnets-, es una de las peores noticias que se han cernido sobre la sociedad española en los últimos meses. Es una pulsión que siempre ha estado ahí, en una parte de nuestra derecha en la que aún anidan muchas añoranzas franquistas y pocas convicciones democráticas sólidas. La moción de censura de mayo pasado las ha hecho aún más evidentes.

La exclusión y deslegitimación del adversario ha llegado tan lejos que su más encumbrado teórico y representante, José María Aznar López, el hombre que apadrina y adoctrina a Casado, impulsa y apoya a Albert Rivera y justifica y blanquea a Santiago Abascal, se ha autonombrado hace algunas semanas algo así como la Autoridad Suprema Constitucional y va dando a diestra y quitando a siniestra carnets de constitucionalismo. Vox sí, PSOE no. Es el mismo Aznar López que cuando se elaboró y promulgó la Constitución se mostró contrario a ella y que cuando fue presidente del Gobierno más pisoteó ese espíritu de igualdad, pluralidad y convivencia de nuestra Carta Magna.

Además de la deslegitimación del adversario, la nueva derecha ha llegado con otra práctica política muy preocupante. Algunos -y entre ellos el propio Casado- mienten sin sonrojo y con asiduidad. Mienten sin inmutarse. Sea en los datos de violencia machista, en los números de la inmigración, en las estadísticas del aborto, en lo ya sentenciado sobre la corrupción de Gürtel, en las supuestas cesiones y rendiciones de Sánchez a los independentistas, en los manifiestos que se leen en sus concentraciones... Niegan, contra toda evidencia, que el Gobierno de Mariano Rajoy (PP) usó mediadores en Cataluña o que el de José María Aznar negoció en su día con la banda terrorista ETA... Mienten y tergiversan "sin complejos". Hasta hace muy poco, en todas las democracias occidentales, mentir era junto con corromperse lo más grave que podía hacer un político. Ahora, quizás alentados por lo bien que le fue en las urnas al mentiroso compulsivo Donald Trump, hay políticos que han convertido el pecado en virtud. ¡Qué tiempos aquellos -septiembre de 2008- en que un jovencísimo Pablo Casado alardeaba de decir verdad y proclamaba, admirado, en un acto público del PP: "En Estados Unidos la mentira no se tolera!"

Estas dos modas recientes de nuestra vida pública, la deslegitimación constante del adversario político y la mentira generalizada como unas de las principales prácticas de la comunicación política, traen consecuencias terribles: envenenan el debate público, rompen la convivencia, fraccionan a la sociedad y, en definitiva, debilitan la democracia. Y esto, esto sí es una auténtica traición y felonía a los españoles, a la patria, a la Constitución y al Estado.

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