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Una reflexión sobre el succionador de clítoris

Dentro de nuestro silencio, sonaban atronadoras las conversaciones de ellos sobre pollas, pajas, correrse, semen... Ya sabíamos cómo funcionaban sus masturbaciones antes de descubrir cómo eran las nuestras

La masculinidad es muy frágil, y a poco que los señoros se sienten apartados (o completamente innecesarios), notan que se les empieza a resquebrajar, lo que los hace aullar a unos niveles ridículos

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Satisfyer

Satisfyer

Al igual que cualquier mujer que me esté leyendo ahora mismo, yo también he crecido viendo pintadas de penes erectos en fachadas y paredes, algunos adornados con gotitas como si eyacularon y otros sin ellas.

En mi casa éramos dos niñas, una madre y un padre, por lo que yo sólo había visto un pene, el de él. En mi casa nunca ha habido esta cultura del taparse, de que las mujeres no podían ver a los hombres desnudos y viceversa. De hecho, con quien nos duchábamos mi hermana y yo cuando aún éramos demasiado pequeñas para hacerlo solas era con él.

Sin embargo, pasé mucho tiempo sin saber qué eran esas pintadas que estaban por todos lados (pupitres, paredes, vallas...). El único pene que había visto no se parecía en nada a aquellos dibujos porque nadie dibujaba penes colgando flácidos, sino duros, completamente tiesos y con el glande fuera del prepucio mirando en dirección opuesta a los testículos. Irreconocible para quien no ha visto uno en ese estado.

Un día, en nuestro camino al cole, pregunté a mi mejor amiga qué era aquello. Bajábamos la calle que separaba nuestro portal de la entrada del edificio. Ella miró la pintada enorme que ocupaba toda la puerta de un garaje y me dijo: creo que un gato. Yo no veía un gato por ninguna parte, pero tampoco veía ninguna otra cosa, así que lo di por bueno.

Tiempo después, un niño de la plazoleta se rió de mí por repetir que aquello era un gato y me sacó de mi error. Sin embargo, aquello me parecía menos un pene que un gato. Ya no sabía qué creer.

No sabría decir exactamente qué edades tenía yo, por el barrio donde vivía y los protagonistas de esta historia, puede que yo tuviera entre 8 y 10 años. Sí puedo decir con seguridad que aprendí antes a identificar un pene que mi propia vulva. De hecho, cuando me bajó la regla por primera vez, con 12 años, pensé que aquella sangre venía del mismo agujerito que el pipí. Cuando mis padres me explicaron que eran dos canales diferentes, fui la primera del barrio en saberlo. No sólo siendo adolescente he explicado esto a otras compañeras, sino que siendo adulta lo he seguido haciendo a amigas. Hay muchísimas, muchísimas mujeres que no conocen su propio cuerpo. Probablemente yo tampoco lo sabría si en mi casa se hubieran seguido las normas sociales de que no debemos vernos desnudos los unos a las otras, mucho menos preguntar o hablar del tema.

Esto no obedece a una falta de cultura por parte de nadie, sino a una presión brutal e invisible para que no exploráramos nuestros cuerpos. A mi abuela, las monjas del colegio le decían que las chicas no podía una dormir a pierna suelta, sino que debían mantenerlas siempre cerradas. A mi madre jamás le hablaron de que las mujeres pudieran masturbarse, por supuesto, ¿cómo iba a hablar de masturbación alguien que creció controlando su cuerpo hasta dormida? En mi infancia y adolescencia, mis amigas y yo tampoco hablábamos de masturbación femenina. Sabíamos que existía, probablemente todas la habíamos descubierto y la practicábamos, pero era un tema tabú. Jamás se nos hubiera ocurrido decirlo en voz alta.

En este silencio, sonaban atronadoras las conversaciones de ellos sobre pollas, pajas, correrse y semen. Ya sabíamos cómo funcionaban sus masturbaciones antes de descubrir cómo eran las nuestras. Sabíamos hasta cómo eran sus trucos para limpiarse sin tener que levantarse de la cama, que tampoco voy a reproducir porque no es el caso. Pero todos pasaban por nosotras pensando: "pobre tu madre, que es la que lo limpiará luego".

Hace poco empezamos a escuchar hablar masivamente del Satisfyer, que no es otra cosa que un objeto que hace un pequeño efecto ventosa cuando lo colocas sobre el clítoris. Un juguete sexual exclusivo para nosotras que no se introduce en ningún sitio, sino que da placer sólo colocándolo sobre la zona que más placer da a las mujeres. Por supuesto, esto de que no sea con forma de pene y de que nos tenga a todas hablando de nuestro sexo ha levantado muchas ampollas: los señoros no están felices precisamente. La masculinidad es muy frágil, y a poco que muchos se sienten apartados o completamente innecesarios para algo, se les empieza a resquebrajar, y los hace aullar a unos niveles ridículos.

Sin embargo el Satisfyer no es un objeto nuevo, lleva varios años en el mercado, lo que empieza a ser novedoso es que hablemos abierta y públicamente de nuestro clítoris, de nuestro placer, de qué nos gusta y con qué nos masturbamos. Y hablar de ello sin tapujos ha sido lo que ha disparado sus ventas. Estamos haciendo ni más ni menos que lo que ellos han hecho toda la vida.

A ellos los ha estado alzando el patriarcado toda la vida, y a nosotras nos empodera ahora el feminismo. Sin feminismo, nuestras vidas y nuestros cuerpos permanecen en la penumbra, en los rincones. Abrazar esta lucha es avanzar desde nuestros escondites y mostrarnos a plena luz sin vergüenza ni culpa.

Y aún nos queda tanto por sacar y airear como mujeres... Parafraseando a Amelia Valcárcel diré que el feminismo es una cadena, y una cadena es tan resistente como lo es su eslabón mas débil. Hay mujeres repartidas a lo ancho y largo del mundo que ni sueñan todavía con la posibilidad de mirar qué hay entre sus piernas, y es precisamente porque son mujeres. Por eso es importante que pongamos en valor al feminismo y lo tengamos presente: hablamos de algo tan natural como nuestro clítoris porque muchas mujeres lo han peleado por nosotras en el pasado, y porque nosotras hemos tomado su relevo. Pero no podemos olvidar que mientras haya eslabones que no pueden resistir, esta cadena no puede tomarse por cosa hecha. Porque no lo está.

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