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El ignorado viaje de los animales

Millones de corderos, terneros, cochinillos, cerdos y vacas llegan a diario a sus hornos y a sus platos, especialmente en Navidad. ¿Cómo han llegado hasta allí?

Los animales destinados al consumo humano de productos cárnicos y lácteos sufren numerosos y larguísimos viajes, en unas terribles condiciones que les causan miedo, ansiedad, fracturas y, en ocasiones, la muerte por hambre, asfixia y estrés antes de llegar a su fatal destino.

El Reglamento europeo sobre protección de los animales durante su transporte es insuficiente e imposible de llevar a la práctica, y se incumple de manera sistemática: animales hacinados en camiones; falta de espacio entre sus cabezas y el techo; trayectos excesivos y sin paradas; falta de agua, comida y ventilación; documentación trucada.

El autor de este post, portavoz de ANDA, hace un llamamiento urgente a la reforma del limitado objetivo de dicho Reglamento.

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Un cerdo sufriendo las terribles condiciones de su transporte al matadero. Foto: Animals' Angels / ANDA

Un cerdo sufriendo las terribles condiciones de su transporte al matadero. Foto: Animals' Angels / ANDA

Una Europa global enmarcada y garantizada por el Tratado de la Unión Europea tiene ciertas ventajas, entre las que la libre circulación de bienes y servicios se erige como bastión neurálgico e inexpugnable de un sistema que nos permite acceder a justipreciados usufructos que ensalzan nuestra vanidad de ciudadanos satisfechos en nuestro linaje paneuropeo. Las fronteras derribadas trajeron como fruto y futuro adjunto una reordenación, realineamiento y recolocación de los factores económicos por los que cada cual se especializó en lo que mejor, y más barato, sabía y podía hacer, desligándose del resto de la historia precedente o subsecuente. Es como un hilo que nace en un confín europeo, que, tejido en sus antípodas continentales, es transformado en prenda en un lugar distinto de los dos anteriores para que el natural de un cuarto país lo venda en la megalópolis de un país ajeno, país neófito e ignorante, hasta este momento, de los avatares del hilo.

Son las travesías a las que están sometidos todos los integrantes e ingredientes que forman parte de las propuestas de compra que colman nuestros caprichos, productos cárnicos y lácteos incluidos, e incluidos también los animales de los que emanan. El hilo mudado en lechón que, nacido en Dinamarca, embarca rumbo a su engorde catalán, paso previo ineludible en su currículo hacia el matadero germánico que lo convertirá en jamón italiano, que también se venderá en su Dinamarca natal, por poner un ejemplo.

Sin ánimo de ofenderlos, a los animales no les gusta viajar. Las novedades y mutaciones en sus rutinas les asustan. Las fases de carga y descarga; verse manejados por personas extrañas; saberse rodeados de nuevos compañeros, la deserción de los antiguos; la renuncia a la precaria seguridad de su entorno de granja conocida; la integración en un dominio nuevo, el del camión, donde tendrán que disputar su territorio o investigar e instruirse en los nuevos mecanismos y emplazamientos de avituallamiento de agua y comida, si los hay. Los animales se ven sujetos a sensaciones de desamparo, desarraigo, alejamiento, aislamiento o indefensión que derivan en alarma, miedo, ansiedad y estrés. Las opiniones científicas son contundentes en sus conclusiones: cuanto  menos y más cortos sean los viajes, mejor.

La realidad, tozuda, evoluciona a su propio ritmo: cada año más viajes y más largos.

En el año 2005 la Unión Europea pretende despachar esta contradicción publicando el ' Reglamento 1/2005 sobre protección de los animales durante su transporte y operaciones conexas'. En su Prólogo, este Reglamento reconoce que "conviene limitar en la medida de lo posible los viajes largos". Lamentablemente, esta declaración de buenas intenciones no se ve reflejada en el articulado inmediato que modela y sanciona un sistema de viajes de duración ilimitada que no sólo no ha servido para restringir los movimientos de los animales sino que tampoco se ha demostrado eficaz para cumplir con su objetivo: la protección de los mismos.

Son múltiples los factores que han encauzado la incapacidad del Reglamento, algunos intrínsecos y otros accidentales. Su gestación ya resultó embarazosa, demasiados intereses implicados que defender, réditos nacionales que proteger o economías de libre mercado ya configuradas que había que respetar. El Reglamento nació necesariamente confuso e ininteligible, con 25 páginas de anexos técnicos y un amplio desarrollo reglamentario posterior. En este contexto han aparecido interpretaciones dispares y en ocasiones contradictorias que han enredado la tarea tanto de los organismos encargados de aplicarlo como de los encomendados a la vigilancia de su cumplimiento, multiplicados estos últimos en España por 17.

Hay aspectos del Reglamento que, abiertamente, son de imposible cumplimiento, aun cuando se pretendan aplicar con el mejor empeño. Por ejemplo, los terneros no destetados deben ser alimentados cada 9 horas con un compuesto lácteo que succionan individualmente: ¿275 terneros, en un camión, distribuidos en varios pisos y un solo chófer? Imposible.

Las vacas deben ser ordeñadas cada 12 horas: ¿cómo viajar de Alemania a Portugal si el último puesto oficial de ordeño se localiza en Burdeos? Imposible.

En el caso de viajes de más de 8 horas, los animales tienen que descargarse, descansar, abrevar y comer durante 24 horas según unos intervalos que difieren en función de especies, pero que en ningún caso coinciden con los intervalos de descanso obligatorio para camioneros contemplados en la legislación laboral y sobre circulación vial. ¿Preferirá el chófer cumplir con los requisitos laborales y viales o con los correspondientes al bienestar animal?

Las inspecciones en ruta las realizan los agentes de tráfico que ante una sospecha de deficiencia alertan a los servicios veterinarios oficiales, quienes realizan la inspección e inician el expediente. ¿Habrá un veterinario oficial disponible un sábado a las 3 de la madrugada? El veterinario puede decidir enviar el camión a un puesto de control oficial para su descarga. En España hay un puesto en Alicante, otro en Vitoria y un tercero en Miranda de Ebro. ¿Qué ocurre si la inspección veterinaria tiene lugar en Cádiz?

Demasiadas preguntas sin respuesta. O con respuestas que siempre juegan en contra del eslabón más débil.

Tendríamos que añadir los incumplimientos del Reglamento que no son debidos a contradicciones del mismo o a falta de recursos humanos o de infraestructura sino que derivan directamente de la mala fe, de la desobediencia voluntaria: exceder las densidades de carga, obviar los aspectos referentes a la distribución de los animales en el camión, quebrar los tiempos de viaje y de parada obligatoria, documentación trucada o que no se corresponde a la realidad ni del cargo de animales ni del viaje previsto, aceptación de animales que no son aptos para el transporte, distribuidores de agua que no existen, están vacíos o no se adaptan a la especie animal transportada, ventiladores desconectados, prescindir de la yacija cuando es exigible, GPS, indicadores de temperaturas… La lista puede ser interminable, tan amplia como la voracidad humana.

Dado que el viaje se autoriza desde una unidad administrativa veterinaria que firma a buena fe la propuesta presentada y no suele estar presente en el momento de la carga, ni durante el viaje, ni en la descarga, las oportunidades para la golfería son muy variadas y si hay plata por medio, muy peligrosas. Algunos ejemplos obtenidos de los seguimientos de camiones realizados por las ONG  Animals´Angels (Alemania) y  ANDA (España) lo evidencian.

Un camión es detectado en La Jonquera (Girona). En una parada que realiza en una gasolinera de Cannes (Francia) el equipo observa que las densidades de carga no se han respetado, por lo que, una vez que se encuentran en Italia, alertan a la policía de tráfico italiana, que recaba la presencia de los inspectores veterinarios, quienes deciden enviar el camión a un punto de control para su descarga. Los documentos estaban trucados (aparecía constatado un viaje de menos de 24 horas cuando la duración real era de 36) y no había alimento para los animales. Al realizar la descarga, uno de los cerdos, que no había podido superar las extremas condiciones del viaje, ya estaba muerto. Nunca llegaría a Cerdeña, destino del camión.

En otra inspección, el equipo revisa un camión con ovejas que se dirigía desde Medina del Campo hacia Grecia, a través del puerto de Bari (Italia). El camión es detenido en Fano. En su interior hay 270 ovejas en tres pisos. La altura entre pisos era muy baja, de tal forma que no había espacio suficiente entre la cabeza de los animales y el techo. Esta circunstancia impedía una adecuada circulación de aire. Cuando el camión fue obligado a descargar, tres ovejas ya habían muerto.

Estos y otros casos pueden consultarse aquí. Pero no es tan solo la opinión de las ONG. El resultado de las  inspecciones oficiales realizadas entre el SEPRONA y los equipos veterinarios autonómicos no son más reconfortantes.

El sistema no funciona. En realidad nunca funcionó. El objetivo era garantizar el bienestar de los animales durante el transporte para mitigar así su sufrimiento. Para ello es urgente una reforma del Reglamento, una simplificación que facilite su aplicación, una adaptación a las circunstancias reales que estimule su cumplimiento, y una limitación clara y efectiva de la duración y número de viajes. Lo menos malo, para lograr ese objetivo marcado en la legislación europea, sería que los animales fueran sacrificados en su lugar de origen y transportar los productos ya elaborados. Volver a las producciones locales.

Otra cosa, otro objeto de debate, es asumir que ese objetivo es limitado, dado que se pretende mitigar el sufrimiento de los animales, no erradicarlo. Quien quisiera cordero de Aranda tendría más garantías de que el cordero es de Aranda, no de la otra punta de Europa, y el cordero se habría ahorrado las terribles condiciones de su transporte, un factor menos en la interminable lista de motivos de sufrimiento en su corta vida, concebida únicamente para ser carne.

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