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Creando Oportunidades

Cuando gritas no lideras…

Rafael López

El liderazgo, y la falta del mismo, se observan en el día a día, en situaciones cotidianas de la vida de las oficinas y de las relaciones interpersonales. Hoy he estado desayunando con un amigo que me contaba que tuvo una reunión con su jefe para hablar de su desarrollo personal y se encontró con una reprimenda con argumentos como:

“¿Quién te has creído que eres?

“Te crees muy bueno y no lo eres tanto”

“Aquí todo el mundo piensa que puede opinar y me tenéis harto”

Además del contenido del mensaje que cada uno puede valorar a su manera, el tono y la emocionalidad del mensaje era muy agresivo.

Me encontré con un amigo decepcionado con su empresa, molesto con la reunión, un profesional que se sintió agredido por su jefe y que pasados unos días relativizaba la situación pero que desde ahora también ha aprendido a relativizar su compromiso con la empresa.

Hace una semana, en una cena, otro amigo me decía que la forma de dialogar en su empresa tenía ciertos aires de “zoológico”. Pues eso, que los jefes se encerraban en una sala y de allí salía el que más pelo tenía en el pecho, el que más golpes se daba en el ya citado pecho y el que gritaba más.

Algunos directivos con los que he hablado de este tema me dicen que cada uno tiene su estilo, que yo soy más pausado y tengo más paciencia. Que cuando ven que se han pasado llaman y piden disculpas y ya está, hasta la siguiente. A lo que yo le suelo contestar: “te agradezco la disculpa, pero puesto a elegir prefiero que no me grites”.

Otros dicen que si no gritan no les entienden o que hay que ponerse duro para sacar las cosas adelante.

Todas son valoraciones y no pretendo cambiar a nadie que no quiera cambiar, sin embargo me gustaría hacerles unas preguntas a quienes tengan el grito como una herramienta para relacionarse con las personas que le rodean (ya sean colaboradores, jefes, clientes, hijos, cónyuge, familiares, amigos…):

¿Qué ganas con esta manera de relacionarte?

¿Qué imagen crees que transmites a los demás cuando les gritas?

¿En qué te ayuda a cumplir tus objetivos relacionarte de esta manera? ¿En qué te dificulta?

¿Cómo crees que se siente tu interlocutor?

¿Cómo te sientes tú cuando te gritan? ¿Y cuando el que grita eres tú?

¿Qué sentirías si le gritaran de este modo a un ser querido?

¿Qué te pierdes al relacionarte de esta manera?

¿Cómo te gustaría relacionarte de otra manera?

Utilizar el grito como hábito a la hora de relacionarme con otras personas demuestra una falta de autocontrol y de autogestión emocional. En este contexto, detrás del grito está a menudo la emoción de la ira, una ira que nos ciega, que apela a nuestro mecanismo de defensa más instintivo y que nos lleva a “atacar” verbalmente a nuestro interlocutor para que éste retroceda y desista.

La respuesta al grito puede ser otro grito, y otro, y otro, y así hasta que haya un vencedor y un vencido. Con una relación de poder de por medio (jefes, clientes, proveedores etc…) generada por una situación de dependencia económica, puede que se quede en un grito, con una ira encubierta por el miedo generado por la dependencia económica como única respuesta, pero aún así, habrá un vencedor y un vencido.

En este caso, la gran perjudicada es la relación, ya que a menudo las consecuencias de estas pequeñas guerras cotidianas son rencor, desmotivación, falta de confianza, mal ambiente. Y no todo se borra con un “lo siento, antes me pasé un poco pero sabes que me caes de p--- madre, es que estoy sometido a mucha presión, espero que me entiendas”.

Somos seres emocionales y racionales, un líder (directivos, emprendedores, padres, amigos…) capaz de autogestionar sus emociones utiliza otro tipos de herramientas conversacionales con sus colaboradores como la asertividad, el feedback o la comunicación no violenta. Esto implica un mayor nivel de conciencia ya que pasar de la ira que genera el grito a un comportamiento racional para poder expresarse de manera asertiva requiere un esfuerzo y un trabajo personal importante.

Que cada uno decida si merece la pena.

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