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Tribulaciones de un mal catalán ante el 27S

Los argumentos de la lista del sí son tan imbatibles que no es extraño que los que no comulgamos con ella sin vacilar seamos marcados con una letra, una cruz o algún símbolo externo que nos identifique ante el resto como malos catalanes, traidores, apátridas, judas, somniatruites o marcianos, tanto da. En síntesis: no puede ser que ames a Catalunya y no la quieras rica y plena. Y la independencia es la única vía para lograr no sólo librarse de una vez por todas de la ofensa permanente, del trato culturalmente uniformista y vejatorio, sino que, además, abre la oportunidad de construir un país socialmente justo y económicamente líder. ¿Quién no ha de querer esto? ¡Yo lo quiero!

Además, la campaña del sí es la más ecológica. Nos ahorran tener que hacer reproches a los actuales gobernantes. Aquellos que estén revisado con lupa la acción de gobierno de los últimos cuatro años ya pueden dejarlo correr. No les servirá de nada. Primero, porque no se presentan, hasta el número cuatro nadie de la lista del sí tendrá ninguna necesidad de rendir cuentas de nada. Segundo, porque la convocatoria según la entienden no les ha de evaluar a ellos, o sea que el número cuatro y sucesivos tampoco se sentirán llamados a justificar nada. Y tercero, porque todos sabemos que si algo no se ha podido hacer o no se ha hecho lo bastante bien, si alguna promesa no se ha cumplido, si algún servicio público se ha deteriorado, si alguien lo ha pasado mal... la culpa tiene forma de altiplano y nombre de capital. Busquen un poco por internet y encontrarán datos sobre ello para parar un AVE.

Algunos, sin embargo, tenemos un grave problema de falta de fe. Por mucho que lo intento, yo no consigo creerme el llamado esta vez sí. Será, supongo, por mi obsesión enfermiza con el partido hegemónico, para la que, consciente del riesgo de transmitirla a mis descendientes, estoy buscando algún tipo de cura o vacuna (de momento sin éxito, aprovecho para lanzar un SOS desde aquí). El ateísmo sacrílego que me domina desde hace veinte años me dice que los del sí ganarán, incluso es posible que obtengan la mitad más uno de los votos, y que en cambio no habrá independencia, sino una nueva pirueta (o una nueva piruleta), un nuevo escenario, una nueva patada a seguir, más negociaciones, llamadas ignotas, encuentros furtivos, declaraciones, contradeclaraciones, momentos solemnes, días históricos y memoriales de agravios por un tubo. Porque los partidos hegemónicos del puente aéreo se retroalimentan y necesitan mutuamente tanto como lo hacen el Barça y el Madrid.

Sin duda estas elecciones son diferentes de las otras. El baile de nombres y siglas es la mejor prueba. Pero hay cosas que son inmutables. El mensaje ganador, por ejemplo. Durante años les votamos porque sólo ellos podían hacer que Catalunya fuera decisiva, respetada y admirada. O eso nos aseguraban. Erigirse en los defensores de la tierra da muchos más réditos que en los defensores de los débiles. Este es un mensaje perdedor, llorica y lamentable. Al otro lado de la trinchera pasa exactamente lo mismo. En el momento de más descrédito del partido del capital, la insurrección catalana le insufla oxígeno, le inyecta adrenalina enriquecida y le permite excitar a la parroquia con su argumento favorito: ellos son los salvadores de la patria, que en su caso es la defensa de la unidad, la raza y la lengua de Cervantes.

Yo mismo me sentía un defensor de la tierra en un tiempo remoto en que esta defensa se podía hacer envuelto sólo con la senyera. Hasta que, como digo, fui perdiendo la fe sin remedio. Poco a poco fui dándome cuenta de que la envoltura tapaba actuaciones vergonzosas, consolidaba privilegios de clase, llenaba unos pocos bolsillos y amparaba el abuso y la injusticia. Ya me quedaba muy poca fe en la reserva cuando los defensores fueron capaces de pactar con los agresores de los que nos habían jurado proteger. Y de tanto utilizar la senyera la terminaron decolorando y rasgando, ya no tapaba casi nada, y algunos pensaron que podían pedir prestada aquella otra bandera con el triángulo y la estrella que años atrás se miraban con incomodidad o aires de suficiencia.

Si no me hubiera dedicado a lo que me dediqué quizás con un poco de tiempo y buenos alimentos habría reencontrado la fe perdida. La fe en los míos. Pero la memoria juega malas pasadas, y en mi caso no me permite borrar la impunidad con que los hegemónicos se estuvieron saltando las reglas del juego durante años y años. Capitalismo de amiguetes, lo bautizó Ekáizer. Sector negocios, lo había llamado hace un cuarto de siglo Miquel Sellarès. Es lo mismo.

Para que la fórmula ganadora se pudiera seguir perpetuando a pesar de las evidencias de juego sucio se necesitaban dos cosas. La primera es que continuara la hostilidad enemiga, ya que los catalanes necesitamos la dosis adecuada de Werts, Roucos, Losantos y compañía tanto como los españoles esnifan dosis indecentes de insolidaridad catalana y de persecución del castellano en las escuelas. ¿Quién dice que el fútbol es hoy el opio del pueblo? ¡La política-espectáculo es una substancia mucho más adictiva y dopante!

El segundo componente de la fórmula ganadora era (es) el estricto control de todos los resortes sociales internos; y por eso los hegemónicos distribuyeron alfiles y peones por todo el tablero de la sociedad civil, arrinconaron a las voces díscolas y utilizaron los recursos públicos que administraban para introducirse en los reductos que no dominaban, para promocionar a los guardianes afectos y marginar a los disidentes, y para premiar a los propagandistas que demostraran mayor responsabilidad y buena conducta. Pregunten a cualquiera de los diputados de la comisión Pujol si han usado mucho los medios de información catalanes más prestigiados para documentarse. Pregúnteles si de la treintena de casos de corrupción que fueron saliendo a lo largo de las sesiones y que, bien explicados, habrían interferido en la retórica hegemónica, si hay alguno que fuera primicia del diario más influyente del país, que es también el más subvencionado. Para ir rápidos ya les avanzo yo las respuestas. No a las dos.

Yo ya quisiera recuperar la fe, pero entonces pienso que si finalmente está aflorando la verdad sobre las prácticas familiares del padre de la patria moderna y fundador del partido de las quince sedes embargadas es gracias a la presencia de las fuerzas del mal (también llamadas aparato judicial y medios de comunicación del Estado) que nunca pudieron controlar. Me confieso culpable de haberme alegrado, en algún momento de debilidad, de la presencia del invasor. Espero que me disculpen mis ancestros.

Esto es el pasado, me han dicho algunos, ahora miramos hacia el futuro ya que esta vez será que sí. Lo sé. Personas que habían combatido el poder de los hegemónicos con mucha más energía y efectividad que yo ahora se suman a ellos entusiásticamente, porque ahora es el momento de estar unidos. Som i serem, y al contrario que a mí, no les asusta que los hegemónicos sean y tengan toda la intención y muchas posibilidades de seguir siendo. Están dispuestos a hacer tabla rasa, pero en cambio opinan que no hay la más mínima posibilidad de entendimiento con los otros pueblos ibéricos, y a esta conclusión han llegado también por todas las ofensas y desprecios que ciertamente arrastramos del pasado. No creen, no quieren y no aceptan que se puedan hacer distinciones entre un Rajoy y un (Alberto) Garzón, entre un Guerra y un Iglesias. Endarrere aquesta gent. Y entonces te citan a Josep Pla, que siempre queda bonito, para sentenciar que lo más parecido a un español de derechas es un español de izquierdas.

Yo no voy a caer en este simplismo. Un Alavedra Moner no es lo mismo que un Rato Figaredo, ni un Fernández Díaz igual que un Puig Godes, o una Ana Mato igual que un Boi Ruiz. Y lo digo sin sorna. Allí siempre será cien veces peor... para acercarnos a eso necesitaríamos al menos tener un Estado propio. Aquí tenemos nuestras singularidades. Lo más parecido a una tertulia radiofónica o televisiva de un medio catalán privado es una tertulia radiofónica o televisiva de un medio catalán público.

Evidentemente, puedo estar equivocado, en realidad es probable. 50 millones de fans no pueden estar equivocados, que decía con acierto aquel mítico LP de Elvis. Y si lo estoy, si el 27-S nos liberamos de este yugo, y si resulta que éste era el yugo del que nos teníamos que liberar para hacer esta Cataluña rica, plena y justa que todos anhelamos, renegaré de todas mis convicciones, me someteré a una cura de desintoxicación en el convento de sor Lucía Caram, abrazaré el masianismo y dedicaré toda mi jornada laboral a insultar por twitter a todos los traidores españolistas aunque pidan que prioricemos la justicia social y la defensa de los débiles.

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12 de agosto de 2015 - 23:06 h

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