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Veinte años es mucho

No será fácil que se supere este terrorismo difuso en nuestra sociedad europea relativamente plácida, segura, alimentada. Pero cuando el terror se hace presente y concreto en lugares mediáticos, ciudades ricas, densidades de poblaciones diversas... Nos resulta insoportable. Muertos y heridos, víctimas sin otra culpa que vivir en nuestros ambientes ciudadanos, originarios por lo menos de 35 países en la Rambla de Barcelona, en apenas 300 metros. Familias destrozadas, ciudadanía inocente aterrorizada, pero también gobiernos manipuladores que exaltan la unidad para subirse a la ola del temor. Los gobiernos de proximidad son más prácticos y más en sintonía con la gente de la calle, y saben que no es suficiente ni con la prevención ni con la represión. Los medios quizás tienen sentimientos pero en muchos casos utilizan la truculencia y en bastantes casos claman sangre vengadora contra los "terroristas inhumanos", como los define un reportaje de un prestigioso diario catalán. Afortunadamente, los barceloneses encontraron las palabras afortunadas, ni odio ni miedo.

Los jóvenes terroristas son criminales. Si es posible, se les detiene y se les aplica la ley. Y se les reprime con firmeza si pasan a la acción. No se discute. Pero los expertos nos dicen que hoy el terror yihadista puede durar 20 años. Puede ser. Quizás podría reducirse mucho, el terror. Hay que hacer algo más que vigilar los colectivos sospechosos o de riesgo. ¿Cómo puede ser que en algunos meses o pocos años jóvenes integrados en su medio local, incluso con buena formación escolar y trabajo, como en Catalunya, o de clase media y de familias autóctonas como en Francia, que no son psicópatas, o no lo eran antes, se conviertan en una secta religiosa criminal? Poco después del atentado de Bataclan estuve en París, y algunos amigos expertos me decían que no son suficientes las políticas propias de los aparatos estatales de seguridad para acabar con el terrorismo, más aun cuando los protagonistas están dispuestos a morir. Las condiciones de marginación social y espacial de la población de origen musulmana, que no es la única, o la crisis económica, generan sentimiento de marginación, pero no llevan a matar directamente a decenas o centenares de personas inocentes.

La influencia de imanes formadores de futuros terroristas es importante y proceden en muchos casos de Arabia Saudí, aliada de Estados Unidos. Pero, ¿por qué resulta tan fácil convencer en un año a estos jóvenes sin indicios que les llevaran a una criminalidad masiva? Les ofrecen un proyecto de vida, aunque sea de muerte, por una causa de venganza o que consideran de justicia y con la gracia divina. Todas las condiciones circunstanciales pueden influir, pero hay algo más decisivo. Afirman su identidad, sus orígenes, su historia. Y son conscientes. Aprenden que sus países fueron sometidos y fragmentados a partir de 1945 –acuerdos de 1948– por las potencias occidentales e imponen emiratos artificiosos, clanes mafiosos y señores propietarios del petróleo aliados con Estados Unidos. Se expulsa y se dispersa gran parte de los palestinos. Israel ejerce de policía al servicio de los norteamericanos. Se multiplican los golpes de Estado y las guerras en Palestina, Irán, Irak, Afganistán, Libia, Siria. Se destruyen las ciudades y el patrimonio histórico-cultural. Millones en campos de refugiados durante décadas. Hasta hoy los gobiernos occidentales practican la violencia directa o indirecta contra los países árabes con el apoyo de gobernantes como los saudíes. Las guerras de Irak iniciadas en los 90 y desarrolladas con trampa en nuestro siglo por Bush y Blair con la participación activa de Aznar y su gobierno. Luego Siria, para controlar un futuro conductor de energía. Mueren millones.

Todo ello ha estimulado a minorías jóvenes, no inmigrantes sino residentes y en muchos casos de segunda o tercera generación, debidamente adoctrinados por una versión fanática y violenta de la religión. Con mis colegas franceses convenimos que solo podremos atajar esta epopeya desesperada si las poblaciones musulmanas, que viven en nuestros países, son las que estén en primera línea para acabar con esta perversa épica criminal. La inmensa mayoría son pacíficas, pero tampoco encuentran apoyos de las sociedades y gobiernos europeos. No están ni estarán del lado del yihadismo, pero para que lo combatan con determinación y argumentos deben percibir que son reconocidos en su dignidad acá y también en sus países originarios.

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Publicado el
27 de agosto de 2017 - 07:00 h

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