12, 24 y 36
Antes, esos números pares tan sencillos, eran los límites de los recuerdos. La frontera de las vivencias que traspasaban lo efímero para convertirse en historia. Así de sencillo. Por arte de magia se convertían en la referencia de nuestras vidas vividas. Mira qué alto estás aquí, ¿ves?, ese era el abuelo, ¡qué serio! Y esta es la tía Rosalía, que no era tía, era amiga de mi madre, porque entonces ser tío o tía era otra cosa más cerca de la amistad que del parentesco involuntario.
Ya habrán descubierto que 12, 24 o 36 eran las fotos que cabían en un carrete. Carretes que había que llevar a revelar, esperar unos días a que el laboratorio hiciera su trabajo, abrir el sobre para ver cómo han salido y, ¡sorpresa!, la vida fija en nuestras manos y, al final de la ceremonia, componer un álbum. Ahí, en ese momento, es cuando la foto se convertía en un recuerdo ordenado. Incluso el negativo para hacer copias; el cliché era eso, y no un estereotipo.
Hoy las cosas no son así, qué les voy a contar. El invento original de la fotografía, como todos los inventos, se ha desarrollado a lo largo del tiempo, lo sabemos, pero me llama la atención no tanto el protocolo, sino los límites. En el mundo que vivimos nos saltamos con naturalidad los límites, incluso creemos que eso es avance colectivo.
Pasar de elegir cuidadosamente la foto que queremos hacer a aquello de “hago otra por si acaso”, tiene consecuencias que no calibramos. Llevar siempre la cámara en el bolsillo puede ser un adelanto, pero convendría recuperar el sentido común y unirlo al progreso.
Cuando Manu Sánchez (¡cómo me río con él!, aplausos) bromea reivindicando que todos tenemos derecho a tener un yate para evitar socializar la miseria, no tiene en consideración que todos esos supuestos yates deseados, sea quien sea el propietario, no caben en este planeta. Ni los yates, ni sus residuos, ni la energía que consumen, volvemos a los límites. No es lo mismo tener derecho a poseer que a utilizar.
Tener tres mil fotos en el móvil, como tenemos usted o yo, es absurdo e inútil. Hemos de diferenciar entre hacer una foto y guardarla. Ya saben, todo acaba pagándolo el planeta.
Nos han vendido la idea romántica de “la nube”, un maravilloso baúl de recuerdos sin límite alguno, eterno, inocuo, que flota en el aire. El que puso ese nombre nos engañó a todos y todas, y lo compramos. En el fondo nos gusta dejarnos engañar.
La realidad es que la nube son grandísimos edificios repartidos por el mundo, que almacenan esa foto que hacemos “por si acaso”, o el archivo que imaginamos imprescindible. Edificios que ocupan territorio, consumen energía, afectan al paisaje y crecen sin límite alguno de manera exponencial porque también crecen los datos que ansiamos almacenar.
No, no digo que volvamos al rito del carrete y la emoción de la foto inesperada, solo digo que recordemos los tres números mágicos, 12, 24 y 36, y valoremos la importancia de los límites.
¿Podemos hacer algo? Claro, podemos borrar las fotos que son casi iguales, eliminar archivos innecesarios y olvidarnos de los “por si acaso”. Incluso podemos guardar documentos en nuestra casa, con cualquier sistema y sin nube alguna. Recuerden, quitando ponemos en valor lo que se queda.
Solo entonces podremos brindar por un planeta liberado de nuestras obsesiones.
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