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CV Opinión cintillo

El planeta rojo

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No hay problema. Si hay sequía proponemos restricciones; consumir lo justo y, si acaso, rezar con algún sortilegio. Si vienen lluvias, en el mejor de los casos, avisos para que nos subamos al ático, en el peor, refugiarnos en el Ventorro. Si llegan incendios, confinación o acabar en un polideportivo con bocadillos solidarios. Si hace calor, no salir de casa, beber mucho y llevar gorra. ¿A quién se le ocurre pasear a esas horas? Si no puedes respirar, siempre hay algún inhalador de falsas esperanzas; aspira hondo. Está todo resuelto. Mientras, nuestro planeta pasa de ser azul a rojo. Y no es una transformación ideológica, no crean, es el cambio climático. Ya no hará falta ir a Marte porque nos estamos convirtiendo en Marte, y a eso le llamamos progreso. ¿Hay vida en Marte?, pues aquí tampoco.

Quiero imaginar que hay algo mejor que subirse al piso de arriba, no regar las plantas o ponerse gorra. La palabra clave es “antes”. Estábamos avisados, los expertos decían que subía la marea, y nosotros preferimos convocar conferencias internacionales vacías y seguir con el progreso criminal devastando un planeta maravilloso que no sabemos habitar. Nos falta una asignatura clave: cómo vivir sin destruir.

Dicen que la bondad es un escalón superior a la inteligencia, pero la hemos caricaturizado identificándola con necedad. Es el momento de reivindicar esa bondad colectiva y planificar nuestros pasos de la mano del planeta y todo lo que representa. Con él, no contra él.

Hay algo que podríamos llamar Urbanismo bondadoso que apunta al raciocinio, al bien común, a la capacidad de reflexionar acerca de lo que hacemos. Ese urbanismo no tiene escuela propia, no es cosa solo de arquitectos, ni economistas, ni abogados, ni ingenieros, hablamos de la cultura del bienestar colectivo en la que todos estamos implicados. Todos juntos.

No se trata de subir a la terraza para no ahogarse, antes hay que respetar las ramblas y los barrancos. No basta con apagar el fuego, antes hay que cuidar el bosque en invierno. No es suficiente racionalizar el consumo de agua cuando hay sequía, lo inteligente es hacerlo antes, cuando hay agua que almacenar. El despilfarro siempre es nocivo, y el planeta nos acusa.

Hoy, con los antecedentes penales que tenemos, ya no caben más tubos de escape, más pavimentos, más crecimiento desbocado, más falso progreso con el escaparate tuneado y la trastienda hecha unos zorros; antes hay que reflexionar. Los dramas de hoy son el resultado de los abusos de ayer. Si seguimos así (cada año más) no quiero imaginar el verano que viene; será todavía más caluroso que este que vivimos ahora, y el aire acondicionado no es la solución; es absurdo enfriar lo de dentro (de algunos) calentando lo de fuera (de todos).

Dicen los expertos que no hay que alarmar, y tienen razón. Asustar no es el método, puede llevarnos a pensar “no hay nada que hacer”, pero no encuentro otra manera de expresar esta miopía que me indigna. Seremos la generación del 27 pero sin poesía. Solo con dolor.

¿No tenemos alternativa? Claro que la tenemos, y no está en la bocamanga escondida, está encima del tapete. Es la cautela convencida, el urbanismo bondadoso, la convivencia solidaria, la ciudad de los cuidados, el progreso de los límites, entender lo que es un ecosistema (suma de conexiones que no debemos romper nunca), y saber que podemos actuar.

Ojalá salgamos todas y todos a la calle, con banderitas verdes, vitoreando y bailando porque el planeta azul le ha ganado el mundial al planeta rojo.

Pero no iremos en autobuses, iremos caminando.

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