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Hay que venir al sur

Cuando las mujeres toman la voz

Taller en Riohacha.

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Ser mujer ya implica enfrentar una serie de barreras estructurales en una sociedad profundamente patriarcal. Pero cuando a esa condición se suman características como ser joven, racializada o étnica, las barreras se multiplican y se vuelven más profundas. En lugares como Riohacha, La Guajira, al norte de Colombia, la presencia de mujeres en espacios donde se gestan las políticas públicas, las leyes y los planes de desarrollo sigue siendo mínima. Esto es el resultado de siglos de discriminación basada en el género, la edad y el origen étnico, siendo las mujeres históricamente excluidas de los espacios de poder.

Soy mujer, joven y racializada, y he vivido cómo se limita nuestra participación en espacios de decisión. A muchas se nos ha dicho que esos lugares no nos corresponden. Esta no es solo mi experiencia, sino una realidad estructural en mi territorio. A menudo el liderazgo político se asocia con hombres adultos con privilegios educativos y redes de poder, lo que excluye a muchas mujeres que, aunque no tengan esos privilegios, sí poseen un profundo conocimiento de sus comunidades y de los cambios que se necesitan.

Estar presentes en espacios de poder no se trata de ocupar un asiento simbólico: se trata de transformar la agenda. Las mujeres conocemos nuestras propias necesidades porque las vivimos en carne propia. Sabemos lo que significa que falten servicios de salud adecuados, que no existan iniciativas educativas sensibles a nuestras realidades culturales, que no se reconozcan las formas propias de liderazgo que surgen en nuestras comunidades. Más aún, para niñas y adolescentes, ver a mujeres que participan activamente en la construcción de políticas públicas significa romper un ciclo de invisibilización. Es construir referentes femeninos que inspiran, que muestran que la juventud y lo étnico no es un límite, sino una potencia.

En mi experiencia con la Fundación Arte Somos, hemos entendido que el cambio nace de la articulación entre comunidad, arte y acción política. Buscamos promover espacios de integración, empoderamiento y liderazgo para niñas, adolescentes, jóvenes y mujeres, desde la diversidad y la inclusión. A través de la danza fomentamos el liderazgo, el diálogo y la expresión de ideas con argumentos. Así, las mujeres y jóvenes nos reconocemos como sujetas políticas capaces de participar y decidir sobre nuestro futuro. El arte se convierte en un puente para reconocer que nuestros cuerpos, voces y saberes, nacidos de la vida y la resistencia, tienen valor.

Cuando las mujeres toman la voz.

La desigualdad social persiste porque seguimos siendo relegadas de los espacios donde se toman las decisiones que afectan directamente nuestras vidas. La participación de mujeres jóvenes y racializadas no es un lujo ni un ideal abstracto: es una necesidad urgente para que las políticas públicas respondan realmente a las necesidades de todas y todos. Es fundamental que rompamos con la idea de que la juventud y la diversidad son sinónimo de incompetencia.

Lo que necesitamos ahora es ampliar esos espacios, garantizar que niñas y adolescentes vean en nosotras un reflejo de su propio futuro, y construir estructuras donde su voz sea escuchada, valorada y tenida en cuenta en decisiones de impacto social. Porque solo cuando las mujeres, en toda nuestra diversidad, tengamos voz y voto en los lugares donde se decide, podremos avanzar hacia sociedades más justas y equitativas. Esto es un llamado a que nosotras mismas decidamos ocupar los espacios. A que no esperemos invitaciones. A que entendamos que la política no es un escenario ajeno, sino el lugar donde se define el acceso a la educación, a la salud, al empleo, a la cultura y a la dignidad.

Ser protagonistas del cambio social implica asumir que tenemos derecho a incidir, a debatir, a construir y a transformar. Implica postularnos, participar y prepararnos, organizarnos colectivamente y respaldarnos entre mujeres. Cada vez que una mujer joven, racializada o étnica levanta la voz en un espacio de decisión, abre camino para muchas más. Cada vez que una de nosotras asume un rol de liderazgo, rompe un imaginario que históricamente nos ha querido pequeñas y silenciosas. El cambio estructural que anhelamos no llegará si seguimos siendo espectadoras. Llegará cuando decidamos ser actrices protagónicas. Cuando transformemos el miedo en acción y la exclusión en organización colectiva.

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